jueves, abril 01, 2010

Documental






Una lámpara scialitica se enciende con un ruido metálico en medio del negro absoluto de la pantalla. La película abre con un aire de misterio, lo que se ve no es evidente. Una ambulancia sale lenta de su estacionamiento, hay un plano del interior de la cabina y del chofer distorsionado por la luz infrarroja.
Me calzo los pequeños auriculares, elevo el volumen y “Nothing else matter” suena, suena en la noche que ya es la dueña del último viernes de enero. Camino por los pasillos, de Guardia.
Sobre la misma toma se suma una sirena lejana y no escucho las voces en off de los familiares de internados que esperan junto de las puertas de las salas, parados, apoyados contra la pared impecable, blanca. Me deslizo siguiendo el brillo de las luces en los pisos con la música de Metallica.
Uno tiene que trabajar con cámara en mano, usar solamente la luz natural disponible y quedarse tan afuera de la película como sea posible. Teóricamente pienso. Las luces disponibles penetran por las ventanas y son el contorno nocturno de la ciudad, con algunos destellos y el cielo azul detrás.
Algunos moradores de los pasillos están en cuclillas, se tapan los ojos con la palma de una mano abierta, se consultan entre sí, miran fijamente a la cámara y murmuran, acompañan a que el tiempo pase, que la angustia termine rápidamente, se quieren ir.
Algo en la música hace crecer una sensación dramática en esos rostros. La toma ahora se hace en primeros planos.
En un banco alejado dos ancianas beben mates en silencio y ablandan, con las encías y saliva, trozos de galletitas que rítmicamente se introducen en la boca.
Una de ellas mira directamente al espectador y dice: -Buenas noches, doctor-.Vestido de verde contesto con una imperceptible reverencia y, camino, huyo. El día lo tengo ganado y la viola puntea (la viola de Kirk Hammett). Se suman imágenes intercaladas del chofer que gira el volante, que mira hacia un costado y hacia el otro, en infrarrojo es casi un fantasma.

La cabeza me pide no hacer mas nada, que ya es bastante, solo sentarme y dedicarme a la contemplación.
Un cura, - en la época que iba a patear todas las tardes a la canchita de la iglesia -, en los años que las cosas las fijaba para siempre (ahora me olvido de todo rápidamente), me dijo, que la contemplación no solo consiste en tratar de conocer el rostro de Jesús o su resplandor divino, sino en entregar el alma al pensamiento de Cristo y los misterios de la religión.
Era italiano, gordito y de anteojos. No me atrapaba nada de lo que decía, - no se porque - , pero respetuosamente lo escuchaba, - me caía bien -. Después salía disparado, a donde el fulbito gobernaba. Ahora la contemplación que necesito es otra. Tumbarme a no ver nada, a no pensar nada.
Con la música todavía sonando en aumento la imagen siguiente es fugaz y de alarma, son las luces azules de la ambulancia que giran, lo que muestra es como se iluminan los edificios cuando pasa, no el vehículo.

Una mosca me roza el brazo, la espanto sin tocarla con el dorso de los dedos. El aire fresco que trae la noche comenzó a aliviar los interiores filtrándose por donde puede. Me paso la mano por el cuello y el sudor es un brillo húmedo que se impregna en los dedos. Pegajoso. Los seco en el pantalón del equipo. Es la hora de tener hambre. El único indicio de amenaza hasta ahora es la suave música de Lars Ulrich.

- ¡Por favor vení a la Guardia..., me avisaron que traen un herido de escopeta... creo que en el tórax...! - Dijo el teléfono.

- ¡Ya voy...! - Escupo.

De repente aparece la toma de una reconstrucción, la ambulancia lanzada en velocidad con toda su parafernalia de luces y sonidos en acción ingresa al playón que desemboca en el Servicio de Emergencias. La escena que se inicia sobre el reflejo espejado de un charco de agua junto al cordón de la vereda, luego se hace aérea suavemente, y finaliza sobre los techos mostrando la ciudad a oscuras.
Primer plano con cámara en mano girando hasta el perfil de un gesto de fastidio en mi rostro. Era lo último que quería hacer en ese momento.
Me quedo sin reflexión contemplativa y salgo, camino con la mente en blanco. Sin mirar. Esto transcurre con imagen y música únicamente. Un pie aprieta un pedal de freno y se escucha el sonido de los neumáticos clavándose en el asfalto (infrarrojo).

Por que no estaré atendiendo una verdulería. (Mi voz en off.) Pero estoy acá, de guardia. A partir de ese momento se acelera la edición.
Inspiro profundamente y me observo en el reflejo de los vidrios, afuera la oscuridad es absoluta. El reflejo de los vidrios siempre mejora mi aspecto.

- ¡Ya veo que no es un carajo...! - (Off)

Cruzo pasillos vacíos. Ahora abro puertas hacia la zona que ingresan las urgencias.

-¡Y si se muere..., se muere! - Me conformo, y me pongo guantes de látex en las manos. La cámara me sigue, me persigue.
Advierto sobre las cabezas el alboroto que ya armó la noticia. Varios curiosos se asoman hacia afuera, miran en dirección a la calle.

Había aprendido que las batallas morales se libran a solas, secretamente e involuntariamente, desde que era practicante repetía los mismos ejercicios de autocontrol.
Las puertas vaivén que dan al estacionamiento de ambulancias estaban abiertas, y trabadas.

En los brazos de un hombre joven, conmovido, asustado y dantescamente ensangrentado, ingresa una mujer. Él no se deja ayudar por los camilleros. Plano abierto. Todos corren.
Veo la palidez de la muerte en la piel de su rostro entre el pelo negro. La cámara se acerca hasta esa transparencia azulada. La boca abierta busca aire. No le descubro ningún movimiento.
Los brazos sin ofrecer resistencia cuelgan péndulos, chocan con todo lo que se les interpone en su ir y venir, son los torpes meneos de un muñeco. La edición se detiene a una cámara lenta que se repite dos veces, dos golpes de los brazos sin control.
La veo sola en el tumulto. Tan sola como yo, navegando por el mismo sonido. La banda de sonido solo ofrece silencio, lo que es perturbador. El montaje de una fotografía muestra el rostro congelado de quien la ingresó en sus brazos.
La dejan sobre la camilla en medio de gritos, apuro y torpeza.

El pecho de la mujer es una explosión de sangre, de ropa manchada, quemada con pólvora, de coágulos que se deslizan y caen al suelo.
Alguien los pisa, pisa la sangre, un zapato de gruesa suela blanca se apoya sobre el charco de sangre y resbala.
Todo es rojo. El aliento es fétido y rojo. Vomita ahogando una queja, un gemido también rojo. Las gotas salpican y la imagen se funde al rojo hasta que me saco los anteojos y alguien los limpia y me los vuelve a colocar.
La aspiro. Introduzco la cánula del aspirador en la boca. Tose. El olor de la sangre inunda el aire. Vuelan gotas rojas que se editan muy lentamente. La examino. Una tijera corta la tela empapada y roja.
Mis guantes están rojos y húmedos. Van cesando los gritos. La cámara se aleja hacia el cenit. Se encuadra el rostro del hombre que la trajo, en otro ambiente, la luz azul que gira sobre la ambulancia se le refleja en los ojos. Dice que fue un accidente. Luego mira hacia el suelo. Es el marido, dice alguien.

Plano a pantalla completa que se aleja de un orificio de cinco centímetros de diámetro en el lado derecho del tórax sobre la mama, rodeado de piel quemada y pequeñas heridas puntiformes, sopla sincrónicamente y un borbotón de sangre espumosa sale en cada inspiración. Es el orificio de entrada del disparo.
Aprieto contra él un apósito de gasas y algodón, dejándolo tapado. Desaparece el ruido.
Mis dedos registran un débil pulso radial y el aire solo entra en el lado izquierdo del tórax. Del otro lado no escucho nada.

- ¡Le ponemos dos buenas vías... a chorro...!, la vamos agrupando, pasamos por rayos, quiero una placa de tórax y la llevamos...¡rápido a quirófano...!

El punteo de Metallica ahora sube, sube. Tapa todo los sonidos.



La mujer mueve la cabeza hacia los costados, como diciendo que no. La camilla corre por los pasillos perseguida por la cámara en mano que sube y baja. Las ruedas de goma dejan una marca roja en cada giro y la cámara lo ve, y se fija en una de las manchas.

- El que disparo el arma fue el marido. – En off.

- Era el flaco que la traía alzada, él jura que era un cartucho cargado con sal gruesa. – Ahora la voz es más lejana. Casi inaudible.

El murmullo del ingreso a la Guardia quedó atrás. En los quirófanos el aire acondicionado funciona. Una buena. El silencio nuevamente acompaña el ritual.
Termino de cambiarme.

- ¡Con sal las pelotas!

En la placa radiográfica, que miro a trasluz contra los fluorescentes del techo se ven los perdigones metálicos amontonados en la base del hemitorax derecho.
El diafragma, de ese lado, está exageradamente elevado.

- Le dió en la base del pulmón y al hígado, ¿no se si no toca el pedículo?

Suspiro mirando hacia el quirófano “A”. La paciente ya está adentro. Me apuro.

- No le tiró errar, ni quiso hacerle una joda... (Una voz en off se queja de que los pantalones que le dieron no le entran.)

- ¡Chicos está muy hipotensa! - Grita la petisa, embarazada de seis meses.

- ¡Por que no apuramos el trámite...!

La tenía intubada. El tubo endotraqueal transparente, ahora es rojo, manchado por la sangre. La cámara sigue el tubo hasta su conexión con el respirador.

El apósito que cubre el chumbazo es blanco solo en los bordes. Unas manos rápidas le colocan otro arriba que fijan con una cinta adhesiva. Al nuevo apósito lentamente le crece una escarapela roja en el centro.
La ceremonia de vestirse dura segundos. Cuando ya está en posición de toracotomía, asegurada a la camilla y con los campos quirúrgicos puestos, escucho:

- ¡Che...!, la tengo sin presión, no le encuentro pulso ... ¿fijate vos si hay latido...?

Se descubre en el ambiente y en el plano de los rostros, ahora tapados por los barbijos el rumor inequívoco, de la parca volando.
Todos lo perciben. La luz de la scialitica brilla y de vez en cuando se deja ver algún detalle, imágenes intercaladas.

- ¡Plata o mierda...! – Pienso en off.

La pared que no sangra al abordarla. El humo del electrobituri. No sé si operamos bien, pero operamos rápido. Digo y queda dentro del barbijo. El separador que abre sus dientes plateados, las costillas que se separan. Los coágulos recién formados en la cavidad pleural.

- ¡Aspiramos...!¡ aspiramos...!

Un clamps vascular se cierra en la zona inferior del pedículo pulmonar y para un chorro de sangre grueso como un dedo. Aprieto varias compresas de gasa sobre el diafragma que es un colador.

- Lavamos...,¡ ligadura...!

La cara superior del hígado es un puré de coágulos y perdigones. Encuentro el taco del cartucho entre ese paté sangrante, lo saco entre los dedos. La cámara sigue la acción.

- ¿Y como estamos...?

- ¡Igual...! – Suena del otro lado, fuera de campo y el silencio es ahora molesto.

- ¡Pero latido tiene...!

Me conformo y la cámara me busca. Veía al bobo moverse locamente, siguiendo la vida.

- Creo que paramos la canilla, por lo menos… lo más importante, ¿o no...?

- Si, ... sangrado activo no veo...

Dice Esteban, apretando la punta del aspirador contra una compresa de gasa y son los ojos de él los que aparecen en todo el tamaño del monitor. Los ojos casi transparentes y las patillas blancas de mi ayudante. La sangre y el Haemacel, se intercalan goteando a mil en un plano primerísimo.
Seguimos.

- ¡Aunque no lo puedas creer...! estamos con una presión hermosa...

Grita ahora la Petisa, todavía con la pera de goma del tensiómetro apretada en una mano y sacándose el estetoscopio con la otra. Buena escena dice alguien al editar, acá se reinicia la música, justo cuando termina de hablar la anestesista. Okey poné “wind of change” muy suave.
La unidad de filmación son dos personas y no usan luces, esto les da la gran movilidad. Deben usar la apertura siempre al máximo. Comentan.


(Escena en consultorio médico sin ventanas, con un escritorio con dos sillas y una camilla tapizada de cuerina negra como únicos muebles.)

Junio avanza con su color de frío y de barro sobre la Comarca. Para variar todavía no habíamos cobrado el sueldo. En el consultorio se huele el paso de dieciséis pacientes. Y en mi cabeza también.

- Queda una señora solamente, ¡no hay nadie más...! - Dice la enfermera, con una sonrisa como para aliviarme.

Cámara fija detrás de mí, por la puerta abierta aparece una mujer. Humildemente vestida de oscuro, el pelo casi blanco acomodado en un rodete. Con un monedero de plástico agarrado en las dos manos y apoyado sobre el abdomen. Mira hacia el piso al caminar.
Cuando llega frente al escritorio, saca una de las manos del monedero y la tiende hacia donde yo estoy sentado. Me alargo sin dejar la silla y le alcanzo la mano. Me parece pequeña y helada.
Se sienta lentamente y nos quedamos mirando. En la edición se usa solo un plano largo del rostro de ella, con muy buena definición de sus facciones.

- Yo soy la mamá de Rosa... - Me dice.

- De Rosita, usted la operó de un tiro que le pegó el marido, ¡en el verano...! – Agrega, cuando le pongo cara de no saber de quien habla.

- Siii..., anda muy bien,¡ la vi hace unos días...!

Me relajo. Era la última paciente del consultorio, y mis ganas de rajarme más que evidentes.

- Vino a hacerse un control hace unos días..., por suerte tubo una muy buena evolución...! - Asiento.

- ¡No..., por suerte no! – Me corta terminante.

Usted a mi no me conoce..., por que yo en ese momento no quise venir al hospital...- Dice y suspira.

- Cuando ella estaba en Terapia..., usted habló solo con las hermanas..., mis otras hijas, que son las más grandes..., ¡Rosita es la más chica...! - No deja de mirarme a los ojos, ni suelta el monedero.

- Yo cuando esto pasó..., no estaba acá, con mi marido somos pastores de la iglesia Evangélica y habíamos viajado a una reunión a Valcheta.

Continúa mirándome como sin verme. Dos cámaras fijas muestran plano a plano mi rostro y el de ella siguiendo el dialogo.

- Nos avisaron por teléfono..., no me dijeron bien que había pasado..., pero yo sabia que a mi hija le pasaba algo muy grave, ...que estaba en un momento muy difícil, ...nos vinimos en el colectivo de la noche, ...y en el viaje presentí que no la iba ver más viva... - Levanta apenas el mentón en un suspiro.

- ¡Créame doctor, presentí la muerte...!

La escucho sin hacer un gesto.

- Bueno..., sin dudas fue un momento muy difícil..., por suerte llegó a tiempo..., la trajeron rápido...! , y también por suerte tenemos un equipo quirúrgico muy bien entrenado...!

Agrego como para decir algo.

- ¡No doctor...!, y perdóneme por lo que le voy a decir..., pero no fue por suerte...

Se la ve conmovida.

- ¡En ese momento... ! - Se hace un silencio.

- Cuando tubo que decidir y...hacer lo que tubo que hacer con mi hija, ... ¡usted no estaba solo...!

No imagino la expresión de mi cara. Me quedo esperando lo que sigue.

- ¿Sabe una cosa doctor...?, yo no se si usted es creyente..., le voy a estar eternamente agradecido, pero no se si cree en cosas superiores... que no son milagros, pero ocurren...

Del otro lado del escritorio la sigo con las manos apoyadas en los labios, frotándolos.

- ¡Pero en ese momento...! - Continua.

- Cuando tubo que actuar para operar a mi hija..., ¡cuando hizo lo que usted dice que tenia que hacer...!

Suspira enérgicamente.

- ¡Justo en ese momento...!, ni antes, ni después..., en sus manos, para traerla de nuevo a la vida..., ¡ estaba... Dios!

No me sale decir una palabra, me apoyo con fuerza en el respaldo de la silla y siento que me corre una caricia fría por la espalda y que sube hasta el cuello, hasta la nuca, y me aprieta, y a ojos en un plano primerísimo me los cubre una lágrima, una gota transparente, repentina, que me hace parpadear.
La cámara se eleva y se aleja desde el plano de la anciana, pasa sobre mi y sigue hacia atrás por la puerta que se abre, recorre los pasillos hasta las puertas abiertas de la Guardia y pasa entre gente en movimiento, supera volando los canteros con césped, y sube, pasa los árboles, los techos y desde muy alto la imagen se congela mostrando el hospital que se lo ve muy pequeño y a lo lejos el río.

(2010)

martes, febrero 10, 2009

Aullidos













Aullidos

De mi viejo tengo un solo recuerdo y es como una visión, como la parte de una película ¿como una escena se dice?.
Saco cuentas comparando la altura de mi hermana –que es a quien tengo más nítida en ese sueño- y debo tener cuatro años, por que vivíamos en esa habitación con dos camas y la mesa grande de fórmica con patas de caño estaba junto a la puerta de entrada que daba a la galería, adonde daban también las puertas de las otras piezas, y donde vivía otra gente. Gente grande, en ese caserón que compartíamos el baño y la cocina eran todos grandes, salvo mi hermana y yo.
Sí, yo era el más chiquito y me metía por todos lados. Algunos me querían un poco y me ofrecían una torta frita, un caramelo o un pedazo de pan mojado en una olla donde hervía una salsa, sobre todo las mujeres que se quedaban solas durante el día y cocinaban.
Que ojazos que tenés guachito, me decía la vieja gorda del frente –siempre vestida de negro- la dueña de la casa y aprovechaba para darme un beso. Otros me sacaban cagando apenas me asomaba por las puertas de las habitaciones, les molestaba, y más si les abría la del baño cuando estaban adentro. Rajá pendejo de mierda me decían, y yo rajaba y me escondía en el fondo del pasillo para verlos si asomaban la cabeza asegurándose que no me quedaba tras la puerta escuchando.
El baño siempre estaba mojado y yo saltaba salpicando sobre el charco que le quedaba al piso. Cuando me acercaba al balde que tiran los papeles arrugados al lado del inodoro, era mamá la que me decía rajá. Eso no se toca.
No iba a la escuela por eso también creo que andaba por los cuatro y mi hermana ocho años, justo el doble que yo.

Mi viejo era una sombra oscura que entraba por la puerta y tapaba la luz de la galería. Todos nos quedábamos en silencio cuando llegaba, hasta mamá que bajaba la cabeza terminaba de planchar apurada y ponía el mantel y los platos en la mesa, mientras él se sacaba la gorra enorme del uniforme, el cinturón con la reglamentaria –a la pistola le decía la reglamentaria- y la chaqueta azul y lo iba acomodando lentamente arriba del ropero.
Cuando entraba la habitación se inundaba de olor a tabaco, era el olor de él. Yo lo miraba desde atrás de la mesa que me llegaba justo a la altura de los ojos, así que me escondía con la mesa y lo miraba.
Él no hablaba, así que nadie hablaba. Después salía al baño y cuando volvía la comida ya estaba servida y nosotros sentados frente al plato. Comíamos, se enojaba con mi vieja si no le alcanzaba el vino o si el guiso estaba frío y se acostaba, al ratito ya roncaba. Daba miedo como roncaba, parecía que iba a reventar.

Eso es todo lo que recuerdo de esos años, y de él. Después ya me veo solo con mamá y mi hermana en la época de ir a la escuela. De entrar al baño que siempre tuvo el piso inundado, siempre, siempre que lo recuerdo, y en invierno era escarcha lo que cubría el cemento del piso junto a la rejilla pero yo ya alcanzaba la altura del espejo, me veía aunque en puntas de pie y me peinaba para atrás, con jopo. De jugar a la pelota con guardapolvo en los recreos, de la nieve mezclada con barro, de los pies helados. De las peleas por que me gritaban: ¡hijo de milico chorro! De mi vieja llorando, de mi hermana con panza - vas a tener un sobrinito me decía la gorda del frente- y que comíamos solo de noche. Después la noche era una desesperación de perros aullando y de viento escapando por las calles, con ese rumor a fantasmas que tiene el viento y que para asustarme se mete entre los postigos y los hace golpear, y les crece un zumbido como una voz finita que quiere entrar y meterse en mi cama.

A veces cuando decido contar a alguien esta parte de mi historia siento que me toca una mano invisible, una mano que quiere cerrarme la boca, callarme, algo que me frena en ese momento cuando me detengo en el piso mojado del baño. Esa noche helada.
Esa noche que encontré a la dueña de la casa, a la del frente, vestida de negro y a oscuras sentada en el inodoro, inmóvil, en silencio. Y sin encender la luz le veía las carnes blancas colgando, cubriendo el asiento, sus carnes gordas gastadas chorreando y la cabeza tirada hacia atrás, apoyada en la pared y el tanque del depósito de agua del inodoro goteando sobre ella.
Cuando lo cuento también me aparece la desesperación de aullidos de los mismos perros de siempre. Y la veo ahí a oscuras, con los ojos abiertos. Y me veo yo, que intento abrir la boca para gritar o para decir algo y que no puedo, y el miedo es la oscuridad del baño y el frío de la noche que entra por la puerta abierta pegado a los aullidos, a esos perros lejanos. Y estoy parado en el charco del baño mirando el bulto oscuro, vestido de negro y con los ojos fijos que miran el techo.

Después regreso a la pieza entre las penumbras dejando la marca de mis pisadas con el agua del baño en las baldosas de la galería, regreso y soy un ciego que se guía por los olores tibios de la habitación y no voy a mi cama, el miedo no me deja entrar en mi cama, si en la de mamá que se da cuenta que soy yo y me ofrece un lugar junto a ella, sin despertarse.

(2007)


martes, septiembre 16, 2008

Los malos






No había pasado mucho más tiempo que el que se siente en la piel de la cara cuando la toca una ráfaga de viento, cuando la acaricia el viento que atropella y abre y cierra la puerta que da a la playa.
Así entraron.

Merecieron solo la mirada perdida del dueño cuando cruzaron el umbral. La mirada de esos ojos que ya no se sorprenden, ni dicen nada. Esos ojos de pez.
De pez tirado en la arena.
Y los dos hombres avanzan y acarrean sus huesos y su escasa carne en cada paso. Caminan sobre las tablas desparejas, titubean al adelantar cada pie y un olor extraño se desprende de los harapos que visten.
Se sientan sin mediar rodeos en los bancos altos de la barra.
Se sientan en silencio, con el mismo silencio que entraron al boliche, luego acomodan sus brazos -solo ropa y esqueleto- sobre la superficie de madera del mostrador.
El Flaco solícito se apura en limpiar la madera, con un trapo que se va humedeciendo a medida que carga lo restos de bebida de los vasos al apoyarse.

El de la nariz afilada junta la poca piel de sus manos y entrelaza dedos trasparentes que terminan en uñas largas y sucias, y apura un parpadeo, molesto.
Después queda tan inmóvil como un muerto.
El del ojo desviado y cejas espesas gira la cabeza en forma circular, explora el lugar con mirada brillante y desenfocada.

- Usted atiende este antro, o solo limpia la baba de los ebrios que se duermen en la barra? –dice al dueño, los separa solo la distancia del mostrador.

-Que desean tomar? –pregunta el Flaco, y todos los gestos de su rostro chorreante, insomne, se clavan en los forasteros.

Desde las sombras, como un aparecido, El Uruguayo hace sonar una cuerda de la guitarra que duerme entre sus manos, y el aire del bar se ilumina y vibra.
La oscuridad se esconden un poco y la luz del farol gana en fuerza con el sonido, en brillo.
El recién llegado que habló se encabrita en el asiento al romperse el silencio y deja ver la culata de un arma bajo el abrigo.
El sonido de la cuerda perdura, y el hombre que busca mirando, entre el sonido encuentra al guitarrero sentado cerca de la estufa. Abre desmesuradamente sus ojos desalineados para verlo, de no ser por la guitarra El Uruguayo es una sombra más en un rincón.

-¡Comer, queremos algo de comer! –contesta y añade preguntando a quien lo acompaña-: -¿Harry, tu quieres comer también?
La cabeza del hombre que aún no habló fue cayendo hacia delante hasta apoyarse en el mostrador entre sus brazos que las manos anudan.

-Él es Harry Dean Stanton, mi socio. –dice el hambriento, y le acomoda la cabeza en posición erguida tirando desde la solapa del saco hacia atrás, hasta que el forastero de nariz afilada sin despertarse abre los ojos. –¡Y quiere comer!, comer y beber, como yo.

El Uruguayo acomoda un tono de milonga en sus dedos, los aprieta contra el traste de la viola y comienza un punteo. Una música lenta aparece, aparece y se repite, y suena llenando el espacio de la casucha tirada en la playa, que el Flaco le escribió BAR sobre la puerta.
Y en cada acorde las cuerdas van vistiendo, rellenando, ese tiempo aburrido, insoportable que encierran las paredes, ese espacio separado por las noches que la estufa calienta y el viento del mar insiste en taparlo con su frío.

-¿Que tienes de comer?, caracolgando!

-Tengo un poco de queso.., galletas y puedo fritar pejerrey –el Flaco habla y busca algún movimiento en las manos del forastero del ojo ido.

-Trae de todo…y whisky!

-No, whisky no tengo.., tengo caña.., caña o ginebra.

-¿En este antro de ebrios no tienes un poco de whisky?, que clase de antro tienes caracolgando? –abre exageradamente la boca, cierra los ojos y niega con la cabeza.

-¿Puedes creerlo Harry?, en este antro infame no hay whisky?, deberíamos quemarlo!

El guitarrero al escuchar la amenaza puntea con más fuerza y cambia el tono, el hombre que entró en silencio y no habla duerme sentado.

-Trae… ginebra y algo de comer, lo que sea, pero rápido!-gira luego todo su cuerpo en el asiento y mira hacia las sombras donde solo se mueven los dedos sobre la guitarra.

-Rápido!, estamos hambrientos!-grita casi y mira a su socio que duerme, y parece un muerto.

-Este es Harry!, y es mi amigo, y así como lo ven ya tuvo dos esposas.., las dos están muertas!, él las mató…!-dice y golpea con su mano abierta la espalda del dormido que vuelve a inclinar la cabeza hasta apoyar la frente en el mostrador con un leve golpe.

-Deja la botella caracolgando…, déjala!, o crees que no tenemos dinero!

El dueño del bar había apoyado dos vasos en la barra y se decidía a servir con una botella de vidrio oscuro, color caramelo.
Al escucharlo dejo la botella de ginebra junto a los vasos y se perdió tras la cortina de la puerta que da a la cocina.

-Bebe Harry!, bebe!.., -con su mala mirada llena los vasos hasta que la bebida desborda y se derrama sobre la madera-Nadie como tu se merece un trago…, después de cruzar este infierno!

-Y tú toca algo más alegre o te las verás con mi mal humor…!-le dice a la sombra que puntea sobre cuerdas con tonos de milongas.
Y empina el vaso.

El Flaco y su rostro derramado, -ese montón de gestos que le caen de la cara- aparecen al moverse nuevamente la cortina con queso y galletas en un plato, en la otra mano trae una jarra de cerveza.
Sin que lo vean acomoda el hacha, con el cabo junto a sus piernas, tras la barra.

-Ah!, no eres tan inútil…camarero, cerveza tienes en esta pocilga además de ratas.-desde la cocina avanzó mezclado con el tufo de los hombres el olor del pescado al fritarse.
El norteamericano bebió la cerveza empinando la jarra.

-Harry,¿ no bebes?..., demuéstrale a estos latinos como bebe un hombre de Kentucky!

-El es de Kentucky…, y es mi amigo y feroz compañero!, yo soy de Arizona…United State of America!, comprenden?

Debajo del forastero que parece un muerto colgado de la barra crece lento y silencioso un charco de líquido humeante, que cae desde su pantalón y le moja las botas sucias por la arena, antes de llegar al piso.

*****

De los labios del Uruguayo brota su voz grave, su voz acompasada y varonil que habla de una mujer, y respeta una dulce melodía que marca la guitarra. Habla de una mujer brasilera que conoció. El guitarrero habla al cantar, habla y sufre.

Stefanie, yo ayer estaba solo y hoy también,
pero en mi casa ha quedado el perfume de tu piel.
Te veo salir, correr por el pasillo del hotel,
la vida es cruel, Stefanie…


-¡Eh! ¡caracolgando!-gritó el que dijo era de Arizona- , quien le dijo a este que puede cantar?-grita nuevamente, mientras mastica.

El cantor entona la canción, esa dulce canción que habla de una mujer brasilera, la entona y sueña y sigue hasta terminarla. Luego sonríe, pensando en ella. El ahora es como cualquier otro poeta, se enamora de sus mujeres, se enamora quizá demasiado.
El Flaco trae un plato con pejerrey frito, oloroso, y la gaviota que duerme sobre el tonel abre los ojos y estira el cuello. Luego sigue durmiendo o cierra solo los ojos como el guitarrero, para soñar mejor.

-Buscamos a un marino…, venimos tras él hace largo tiempo y lo encontraremos a ese matón ¿no Harry?, nadie se escapa de nosotros!-come y bebe usando ambas manos.

-Un marino Maltés, que ahora huye como una prostituta, ya daremos con él…, de Harry y Jack nadie puede escapar, nadie!

Harry ya no emite algún sonido. El Flaco le pone el máximo de expresión que puede a sus ojos, pero sigue mirando como un pez. El Uruguayo prende un faso y acaricia la viola y observa al bravucón que habla.

-Tráenos más bebida…!, que esperas, que te ruegue caracolgando!-y ríe estúpidamente, ríe.

-No hay más señores…-dice el dueño del Bar, y niega con la cabeza.

El rostro se le mueve y su cabellera blanca flota en las sombras que se dibujan en el techo.

-Como has dicho? Que no tiene más para beber en este antro?-dice acercando su rostro de ojos desviados a la cara derramada del Flaco por sobre el mostrador.

-Eso fue lo que dije!

Y el dueño toma el hacha que tiene junto a sus piernas, la toma con las dos manos y la apoya sobre el mostrador.

-Bueno, hombre…, no es para que lo tomes así.-habla especulando Jack, el de Arizona y ve como el Uruguayo ahora tiene entre sus manos una escopeta dieciséis de dos caños.
El Flaco en un rápido movimiento lo toma de las solapas y lo desarma. Lleva un antiguo Colt descargado.

-Vamos amigo cantinero!, solo buscamos a un hombre…, no tengo nada contigo!-dice y sonríe- Soy Jack, Jack Elam…, de Arizona!

-Te pagaré…, te pagaré lo que comimos y la bebida…! Vamos buenhombre, te lo creíste?-y amplió aun más la sonrisa que ahora rodeaba casi toda la circunferencia de su cabeza.

-¡No somos más que dos pobres actores en bancarrota…perdidos en estas interminables playas!, fue solo una interpretación…

Harry levanta la cabeza y revive al abrir los ojos. Entones por primera vez habla.

-¡Oh Jack, fue muy bueno tu monologo bocón…, juro que pensé que el patrón te partía en dos con el hacha, lo juro!

Trata de formar una sonrisa en su rostro pero solo llega a una mueca.

-Somos actores señor, y también bebemos…si, por eso sabemos que el mundo está tres tragos más atrás de lo que debería…, de no ser así…, si todos bebiéramos tres tragos más,… no tendríamos problemas…

-No le hagan caso a Jack, el siempre fue solo el malo de las películas…, el malo de las peores películas que he visto…!

Ahora sí una sonrisa se le dibuja en la cara.

(2008)

martes, septiembre 02, 2008

De vacaciones con Jane Birkin




Si, si me decís el nombre así de golpe, me partís la cabeza y la veo. La veo en la escena de una película y te juro que la imagino y la siento jadeando, cantando ese tema que solo se entendía algo cuando dice je t’aime.
Ahí la conocí, en esa película, después de los títulos cuando aparece en minifaldas, mostrando sus patas espectaculares y se agarra de una reja. Naranja la mini, para más detalles.
Veo la escena, y por mi vieja, la llevo grabada en el hueso.

Yo tendría dieciocho años o veinte, eran los setenta y por las venas me corría testosterona pura, espesa y afiebrada. Con ella me imaginé que mi vida iba a ser como la del Corto Maltés, no me lo imaginaba, estaba seguro. Solo aventuras y putas.
El nombre de la película la verdad, ni idea, si que hacia de atorranta y le salía bárbaro.
Lo que tengo más vivo es el rostro de ella, la mirabas y no podías creer que existiera.
En una secuencia el flaco le mete dos sopapos, ida y vuelta, palma y dorso a mano abierta y ella no llora, con los bifes se pone más mimosa y se desnuda. Y lo besa con el labio sangrando.

Pendeja divina, de carita angelical y la diosa del desparpajo, desfachatada diríamos en el barrio.
En otra parte de esa película está solo vestida con una musculosa blanca, cortita, tipo pupera, y para abajo no tiene nada puesto, esta desnuda y sentada sobre una cama con las gambas cruzadas como haciendo yoga, mortal.
Juega al dominó con Trintignant, sí, con Jean Louis.
El hace de un tipo medio boludo, o boludo completo que le agarra un ataque de culearse a todas las que laburan en la peli o algo así, esas historias francesas raras.
La otra mina que se cepilla el quía es Romy Schneider, diosa también, pero otro estilo, más seria y un poquito más jovata, creo que hacia de la esposa del francés, creo.

Tengo otra imagen plantada en la memoria que es el rostro de ella en primer plano, cubriendo toda la pantalla con esos ojos de pícara chupando una ficha de dominó, metiéndose entre esos labios una fichita que la hace dar vuelta dentro de la boca con un dedo, y te perfora con la sonrisa. Que tiene un toque de tristeza, pero mucho de puta.
Después él que le pregunta por la ficha, la interroga con un gesto acerca de donde está la pieza de dominó que falta, y ella se acuesta en la cama y la cámara la recorre, lentamente la recorre y muestra la cadera y las gamba para que no queden dudas que está en bolas, bien en bolas.
Que gambas tenia la diosa.
La escena sigue con un salto a un primer plano y la turra que se mira entre las piernas y hace un gesto de “no sé” estirando el cuello y negando imperceptiblemente con la cabeza mientras entrecierra los ojos. Después sonríe y le aparecen todos los dientes.
Trintignant le mira el sexo, adivina, y también sonríe.

Levanto la cabeza y me llevo las dos manos a la nuca, y estiro los brazos hacia atrás, cruje la silla y cruje mi espalda, mientras disfruto del recuerdo de esa escena.
Que buena que estaba la inglecita, por que es inglesa no francesa, igual que Jacqueline Bisset, y que pendejos nosotros.

Un señor que ocupa la mesa vecina responde al sonido de una musiquita insoportable abriendo su teléfono móvil e invadiéndome con su charla, da detalles de donde se encuentra y que come a alguien que lo monitorea por el aparatejo.
La joven que lo acompaña le saca fotos con una cámara digital mientras él habla, grita, que el paisaje es hermoso y que sacaron miles de fotos, que ya vas a ver, tenemos todo documentado, sí, es caro pero vale la pena!.
El flash de la camarita me pega en los ojos, quieren llevarse todo dentro del aparato, la mina escracha la picada de queso y la panera adornada con flores que tiene en la mesa.
No miran, sacan fotos.
Le hago una señal de que baje el volumen, cortos movimientos de mano abierta con la palma hacia abajo, y un gesto en la cara de lo que a él le ocurra me importa un carajo, y el tipo se fastidia y gira la cabeza para seguir su dialogo ahora refiriéndose a mi, cuchichiando con cara de odio.
Hoy termino a las piñas, pienso en medio de mi silencio usurpado. Un mozo se acerca solícito y engominado, y me calmo.

Ahora si, mis ojos tienen un registro objetivo de todo el restaurante, de todas las mesas. Un registro puro y simple de la gente que está en ellas, sin selección subjetiva.
Sin ver a nadie.
Salvo el forro del celular, que no deja de mirarme pero no le doy pelota y me busca con los ojos. Me mide, se saca su campera Columbia y se acomoda una bincha también de marca. Tiene calzados modernos borceguíes que le incomodan para moverse en el piso desparejo del bolichón.
Este es de los que destapó champán cuando el Cleto dijo: - Mi voto es…, no positivo..! Pienso.

No pasa un segundo y el tipo se levanta de su silla y sin dejar de mirarme camina hacia donde estoy sentado, y en la espalda, en los músculos que me rodean la escápula aumenta el tono de las miofibrillas y comienza desde ahí a nacer un sopapo, que rápidamente llega al hombro y avanza por el brazo y se cierra en el puño. Y queda así, cuando el personaje pasa desafiante hacia el baño sin mirarme.
Entonces me aflojo y leo la carta del menú. Levanto los ojos sin mirar y veo el salón.
Tengo una imagen estática, una mirada que evita el encuadre de algo en particular, y todo se mueve.
Hasta que mis ojos en el paneo la captan, y ella aparece en ese instante donde las neuronas titubean, buscan lograr la identificación, y el subconsciente manipula el momento.
Y el encuadre que logra el relojeo se congela, se impregnan receptores con algún neurotransmisor, noradrenalina activada por Cabernet Souvignón seguro, y en ese fragmento de tiempo obtengo la imagen.
Y ya es lo único que enfoco.

Cuanto hace que no la veo, que lo parió. Cuento con los dedos. Treinta y dos años.
Treinta y dos años y en un segundo de registro subjetivo la identifico y las manos en la nuca se me cierran sobre el pelo y tiro hasta que el dolor me dice que es cierto.
Y es cierto, y como observa a quien está frente a ella, como deja fija la cámara de sus ojos me asegura que es ella.
Y ya no se de que hablo, la tengo encuadrada en primer plano y es una de las películas que más prolijamente llevo editada.
Era igualita a Jane Birkin. Pero nunca me dio bola. Turra.

- Ya ordenaste algo? Digo.

Igual que Jane Birkin nunca tuvo tetas, ni tiene. Me consuelo.


(2008)

miércoles, abril 02, 2008

Ibarrita






El mar es una bestia temblorosa y marrón que late y se enfurece. A veces se calma y es una línea dormida.
Esto pasa en los días celestes del verano.
Ellos, los pocos pescadores que se sientan a mirarlo presienten que puede estallar. Lo imaginan.
Solo yo se el secreto de esos movimientos, de ese giro que hace el agua y del esqueleto negro de la barcaza que aparece en ese pozo, en ese hueco que forman la olas al girar evitando el agua verde del río que sale.


Me siento al reparo de la primera duna, la más alta. Busco desolación, sonido de viento, y estar solo y reseco. Busco intemperie.
El esqueleto negro del casco de madera aparece unos segundos, el tiempo suficiente para que una gaviota lo sobrevuele y lo toque con las patas (o el pico), trate de pararse sobre él, y luego la bestia marrón del mar temblando lo cubra.

Y la gaviota aletea con fuerza y sale del abismo de agua que revienta al cerrarse.


Algunas lanchas que entran al río cuando cae la tarde pasan sobre los restos del naufragio pero no ven nada. Ningún cambio en el agua.
Y yo se que es hora de dejar mi lugar en la duna y caminar enterrándome en la arena floja hasta el boliche.
Con el mar planchado y luna nueva espero un rato más, lo que dura un cigarro (o dos) con los ojos clavados en la línea donde el brillo del agua se ondula y me dice que es mar y que es cielo.
Espero ver el cadáver negro de madera y la bestia que tiembla a su alrededor y se traga a los ahogados.


El boliche me ampara del viento, pero igual lo siento golpear y correr por la playa.
El Flaco le da bomba al Petromax, la luz crece y la mugre resalta entre las sombras. Me sirve en silencio y el líquido transparente brilla en el vaso.

– Encontré huellas en la playa que vienen desde el mar, marcas de pasos, de rodillas y de manos. Como si alguien se arrastrara...

El Flaco se sirve. El pucho armado es como un dedo más de su mano, es un dedo humeante. Y toma de un sorbo.
Tiene el pelo largo y blanco a no ser por unos mechones amarillentos, del color de la nicotina.
Está tocado por el insomnio y al que lo toca –dicen- siente que el mundo es irreal, que es difícil acariciar algo, sentir y uno cree que las cosas lo esquivan. Solo busca dormir y el rostro mientras busca le va reventando en arrugas y párpados caídos. Pero no habla del sueño.

– Por donde? En la desembocadura?

Acerca un plato con galletas y acarrea un grupo de migas con el canto de la mano sobre el mostrador, hasta hacer una pequeña pila. Una bocanada de humo le esconde la cara.

– Serán los ahogados que siguen saliendo?

Va hasta la estufa y abre la tapa con un palo que juntó del suelo, revuelve las brasas y deja el palo de leña entre ellas. Mantiene el pucho en la boca pegado a los labios.

***

Del mar solo aparece la cascada blanca del romper, lo demás es la lluvia que cae. No se ve el cielo.
El agua caída y la marea alta tapan los rastros. Ahora el choque de las aguas en la barra se adivina por el ruido. Un ruido alejado –de tormenta- o de guerra.
El Flaco vencido ronca cerca de la estufa, yo salgo a mojarme.
Camino descalzo y arremangado hasta la curva del pescadero, entre el rumor de las gotas que pegan en la arena y la bestia tranquila, rugiendo en cada avance y el soplido de mi aliento.
Mi aliento que sale en bocanadas al caminar.


Terminó de amanecer en bajante.
Cuando entro empapado al boliche el dueño bosteza y seba un mate.

– Sacáte eso!, estás calado!

Me dice, y me tiende la mano con un dedo recién encendido y el mate en la palma.

-Nunca vas a encontrar a un ahogado, solo pasan por la playa huyendo del mar. Después se los tragan las dunas.

El agua del mate me quema en la boca, hasta que trago. Afuera la lluvia suena en las chapas, adentro el Flaco le agrega kerosén al farol y habla.

- Cuentan que uno, ya hace años, se fue con un circo que pasaba.


Tose, se le inflan las arrugas y pone la tapita del tanque al Petromax. Aprieta la rosca con fuerza.

- A trabajar de jinete fantasma.

Le devuelvo el mate y el lo recibe alargando el brazo, sin mirarme. Después prende la radio, pero entre las descargas solo se escucha una voz grave que sube y baja y chillidos. La apaga soltando los cables que van a la batería.

La puerta se abre de golpe y entra Ibarrita chorreando agua –Esto no para!- dice y grita, sacándose un encerado que le cubre la cabeza y brilla mojado, después se agacha para limpiarse las alpargatas contra el marco de la puerta.

– Cerrá…, limpiate adentro!- , le grita el bolichero, puteando.

Para afuera no se veía nada.
Ibarrita se acerca a la estufa con las manos juntas y las palmas hacia abajo hasta tocar la hornalla, las gotas que le caen del pelo y explotan en pequeñas nubes de vapor al pegar contra el hierro caliente.
Estallan haciendo chissss!.
No se mueve y al rato una tenue capa de vapor lo va rodeando como un aura y se siente el olor que larga.
Una arpillera lo cubre desde los hombros a las rodillas, se la había cerrado en el cuello con un gancho hecho de alambre.

- Sacáte la arpillera hermano, no matas con el olor a pescado!

Ibarrita tiene la cabeza pequeña, muy pequeña y los ojos saltones como un muñeco que no parpadea. Más abajo alguien le clavó una sonrisa en la cara y le quedó para siempre.
Tiró la bolsa afuera, bajo el alero y nos dijo.

- Sale pejerrey eh!, mucho! Ahí nomás a la orillita!

Con su voz de payaso.
Estaba parado adentro de un charco y temblaba, el Flaco le acercó un vaso que apoyó en la salamandra y le dejo caer un poco de caña adentro, después señalo con la cabeza como diciendo –Tomá- .
Ibarrita lo empinó agrandando su sonrisa clavada.

- Me voy un rato hasta la escollera, a probar suerte en los pozones, queda algo de carnada, no?

Chupa el mate y sin largar la bombilla apretada por los dientes mueve el mentón hacia delante, mostrándome un balde.

- Si este lo dice, tiene que haber pejerrey…

Hasta tronaba cuando salí.
Fui saltando de piedra en piedra, o buscando algún grupo de conchillas para pisar y no meter las patas en los charcos o la arena hecha barro. Cerca de la orilla donde hay arena gruesa estaba firme y no me enterraba.
Al rato, mientras encarno agachado y entre la bruma el agua seguía cayendo, pasó un jinete, -una sombra-, la imagen del mancarrón y la monta eran del color de la arena mojada.
Después se perdió entre tamariscos, con rumbo al faro.



II


Entrando por esa huella que esquiva los médanos y a veces desaparece después de un viento sur, ahí nomás para el lado del mar, antes que termine el asfalto que va al caserío, se puede ver la construcción.
Es un refugio rectangular y gris hecho de bloques que en el frente dice BAR -escrito con cal- sobre agujero negro de la puerta.
Solo bar.

- Ibarrita es la errancia…

Dijo el Flaco, y yo no le entendí.
Después me habló de su ir y venir constante por la costa, por todos los recovecos que el mar va formando cuando castiga la playa o la barranca. De comer lo que el mar le da, o lo que la gente le entrega a cambio de su pesca.

- Duerme donde lo agarra la noche, y a veces desaparece como si lo tragara el océano… o los arenales.

Pita el cigarro y niega con la cabeza, e ignora sacando más afuera el labio inferior.
Yo desde la ventana lo miro a Ibarrita que sigue inmóvil sobre una piedra -en cuclillas-, montado en la caña que sostiene con ambas manos. De esta distancia no le veo la cara.

Era el atardecer y era el verano, y en la marea baja la playa estaba acribillada de pisadas.

El bolichero niega, pita y cuenta.
Una mañana de invierno con el viento castigando la costa como un maldito y volando después sobre un oleaje embravecido, se vio un humo negro subir desde las casillas de los pulperos.
Una casilla ardía en un reparo de las dunas.
Afuera, en una silla que había sacado antes de prender el fuego una mujer estaba sentada con una criatura en brazos, miraba como en humo volaba llevado por el viento y como las chapas caían gritando entre las llamas.
Adentro se quemaba Ibarra atado a la cama por su mujer, después de pegar los últimos golpes de su última borrachera.
El niño ya miraba con ojos de sorprendido.

Le costó caminar al loquito, así lo llamaban los vecinos, sobre todo cuando lo veían gatear con dificultad siguiendo los perros y reírse sin hablar, solo reírse y mirar el mar como esperando.
Si uno venía del faro por el paso, lo podía encontrar entre la paja brava, como un animal, escondido. No se dejaba ver pero el olor lo delataba.
Pulpeaba con un alambre y una lata, y comía eso, lo que le daba el mar.

-Yo no creo que sea una sonrisa lo que lleva en la cara…!, eso es alguna deformidá por las penurias que ha pasado el pibe…

Cuando se llevaron a la madre dos milicos a los que se les enterraban los borceguíes en la arena y no podían correr, trataron de agarrarlo y no pudieron.
El vio cuando se iban y no quiso llorar o no sabía.
De ahí que anda solo por la costa.

El mar, planchado y hasta aburrido, ensimismado en un silencio sin olas, golpea las rocas. Ese grupo negro de jorobas que le salen a la playa como un animal gigante muerto en la orilla.
Ibarrita es un bulto del mismo color que el agua, sostiene la caña mirando el horizonte y sonríe.
Escruta el horizonte sin ver y sonríe por que ese es un gesto definitivo en su cara.


III


Cuatro cazoneras naufragan atrapadas por un temporal ahí nomás una vez pasada la barra del río Negro, de este río que corta la patagonia norte y termina en el mar entre bancos de arena y aguas pardas, traicioneras. Casi treinta ahogados, casi treinta tragados por el mar.
Para siempre.
Ese fue el final de la flota cazonera, no volvieron a salir. Los tripulantes de las lanchas que le ganaron a las aguas no se embarcaron nuevamente, cambiaron de oficio.
Se terminó esa tarde el negocio del aceite de hígado y los dolientes, ahora, vuelven cada septiembre a este lugar de la costa. Arrojan flores al agua y lloran sus muertos.
Y el mar siguió igual, del mismo color, con el mismo sonido.

- Vos no te creas que la vida es solo cosas concretas…, la vida también es lo que uno piensa…

Si, ya lo creo le decía yo, todo ese tiempo que se está en silencio. Y el asentía subiendo y bajando el mentón, apenas.
Le pedí una ginebra buscando enjuagarme lo que sentía en la boca y el Flaco tardó en servirla, tardó y miraba ese lugar del horizonte que pasa como una línea por la ventana, donde en el fondo crecía la mancha oscura de una tormenta.

No vale la pena sufrir por alguien, el pasar de los días es solo una pesadilla y nosotros nos movemos adentro, dije.
Después alejó la botella y entre los dos solo quedo el mostrador, la copita de ginebra y nuestro silencio.
Sobre la bordaleza esconde el cuello entre las plumas y duerme la gaviota que el bolichero crío guacha desde que era un pichoncito.
Le acerque una mano buscando enojarla y el ave me tiro un picotón, abrió las alas, después saltó desde el lugar donde dormía y en un corto vuelo llegó hasta la puerta, y salió de las sombras del bar caminando hacia la playa a donde el sol pega a pique.

****


Una brisa helada enfermó la tarde.
Castigó en mi cara y mostró que desde el Sur volando sobre el agua estaba el viento.

- Mirá…!

Me dice Ibarrita y apunta con el dedo hacia el agua, señala la costa de enfrente donde los médanos avanzan mar adentro y está la baliza.
El sol que huye brilla en la arena y en los pajonales, y se refleja en algo blanco que el mar trae empujando hacia la costa.
El llegar de las olas más grandes lo sacan a la superficie y ahí es cuando resplandece. Parece una madera. Mi acompañante respira resoplando y se mete en el agua agrandando los pasos hacia el lugar que marca su brazo extendido.
No parpadea y sigue con un movimiento de su cabeza el subir y bajar del oleaje.
Al rato, una ola enorme lo saca hasta que toca el fondo de arena y vemos que es un bote. Esperamos con paciencia a que el mar lo tire, golpe a golpe, más afuera para intentar buscarlo.
Lleva pintado un nombre, Cayetana.
Busque el zaino para que cinche y con unos cabos lo sacamos de tiro cuando el agua me daba a la cintura, el loquito hacia equilibrio arriba de las maderas medio podridas de la proa, abriendo los brazos y sonriendo.
Después el bote quedó en la playa, tirado, como un muerto reciente.




****

Ya entrada la noche en el negocio del Flaco se llenó la mesa grande del centro, se acercaron sillas, se dio bomba al farol. El aire del boliche olía a carne asándose y a humo de leña encendida.
Y eso llama a tomar.
Después el ambiente se fue poblando de voces, graves voces entrecortadas por el viento que a veces se podían oír desde la playa y llegaban hasta el agua como gritos.
El hombre de pelo blanco servía los vasos con la siempre cuidada maniobra de su mano, el líquido oscuro los completaba hasta la mitad, sin golpear el vidrio. Era vino. Negro vino.
De reojo mira como la llamas queman la leña y como la carne gotea sobre las brasas.
Gasta alguna pitada en sostener los ojos fijos en las llamas.
Desde la playa la luz de las ventanas es el único brillo humano entre los médanos. Una referencia. El cielo duerme tras nubes espesas, sin mostrar estrellas.
A unos metros de la puerta, sentado en silencio sobre una cubierta de caucho, de espaldas a las luces que apenas avanzan en la arena, está Ibarrita. De cara al mar.
El mar no se ve, si se siente su rugido.
Ibarrita mantiene los ojos fijos en la oscuridad, y la gaviota duerme en uno de los bolsillos de su saco enorme, el saco mugriento que es su refugio en las noches.
Duerme tranquila, junto a él no siente peligro ni es arisca.

- Cantá algo Uruguayo..!

Y alguien acerca una guitarra a la mesa y me la deja pegada al pecho, después mi mano izquierda acomoda los dedos en un tono y la hábil puntea, en la voz me sale el canto.


Largo sol de la escollera/enfermo se oscurecía/cuando murió Pepe Matta/ alias el Pepe Corvina.

Navegaba pescador/el timón a la deriva/la nave nunca volvió/la nave no volvería.


Al muchacho sentado fuera del boliche –que mira la noche cuando cubre el océano-, la risa eterna de su cara se le exagera y los ojos le brillan con asombro cuando ve esa sombra que sale del ruido de las olas y se hace más grande.
Se agranda y torpe camina, camina hacia él, hacia el boliche y en silencio, sin dejar huellas que marquen la arena que pisa, cruza frente a Ibarrita y entra al bar del Flaco.
Y adentro es solo otra sombra que se mezcla entre quienes rodean la mesa grande y concurrida.


Una sombra lo buscó/bajo la luna amarilla/y se perdió más allá/de la noche sumergida.

Adiós Pepe pescador/ballenero fugitivo/tatuado en la soledad/anclado en el paraíso.

Y en silencio también, escuchan el último rasguear de la bordona y festejan el final con algún aplauso, algún golpe con la mano abierta sobre la mesa o empinando lo que les queda en los vasos.

****



- Solo él ve los fantasmas que salen del mar, por eso las historias comienzan con él…, con lo que él dice.

Por eso ríe, pienso.
Por eso quizá, anoche lo vi al loquito en los restos del bote abandonado hablando solo tras su sonrisa, pero como si lo hiciera con alguien.

El rumor del mar avanza por la arena, me rodea, y es un viento frío.




III





Ibarrita ese invierno se perdió entre los médanos un número desesperante de noches, de heladas noches en la costa, y guiado por su instinto descubrió vagando junto al mar, grutas y cañadones donde guarecerse.
Saboreó la pulpa fresca de la fruta de los manzanos que le crecen al desierto cerca del río como una bendición.
Atendió su hambre con la carne fresca de palomas que en bandadas recorren este extenso continente.
Vagó sin su sombra durante los días de tormenta. Se le hizo familiar el ruido de la lluvia.
Hasta que el olor del océano lo guió de regreso al lugar del incendio, a ese lugar donde había muerto su padre, y no había nada, solo unas chapas enterradas en la arena que el oxido pintó de marrón oscuro y las fue transformando en polvo, y que pronto desaparecerían.

El loquito no sabría nunca por que esa hondonada entre dunas le era familiar, él miraba ese espacio de muerte y ampliaba la sonrisa ya formada en el gesto de su rostro, y en los ojos distraídos y exageradamente abiertos se le podía encontrar flotando algún recuerdo.

****

El grito de las gaviotas, ese canto que se le cuelga al viento, lo llevó hasta la costa, hasta una playa donde dos hombres arrastraban un bote de pesca fuera de las aguas.
Dieron vuelta un tambor que sacaron con esfuerzo de la embarcación y al volcarlo se formó una pila resbaladiza y brillante de pescadillas que aún coleteaban sobre la arena.
Ansiosa la bandada se acercó al bote planeando a baja altura, gritando y dejándose sostener con las alas abiertas por el viento.
Ibarrita se sentó a unos metros de los pescadores que diestramente evisceraban y decapitaban su cosecha arrojando los restos al agua que llegaba ola tras ola.
El grupo de aves lo fue rodeando, sin temerle, cual si fuera uno más de la bandada.

Al abandonar la playa los hombres que solo hablaban entre ellos, dejaron en las manos supinas del loquito dos peces limpios.
Él les sonrió agradeciendo.
Una de las gaviotas caminó hasta el muchacho sentado y de un salto se paró en su rodilla haciendo equilibrio con un aleteo.
Ibarrita le ofreció una cabeza de pescadilla y el ave de un picotazo vació el ojo siempre abierto del pescado.

****

La mujer caminó con dificultad la distancia que separa la puerta de entrada y el mostrador del boliche. El aire esta mezclado aun en vahos de alcoholes y ese olor penetrante que dejan los pescadores al comer.
Se desplaza ayudada por una rama de sauce que usa de bastón, le faltan los dedos de un pie que lleva envuelto por una media de lana y calzado en una alpargata.
El otro parece entero y en el se apoya para avanzar.

Seducida al principio por el ave parada sobre el tonel de madera, se entrega al silencio de observarla sin moverse, luego se atreve a acercarse para ver mejor y la gaviota cambia de posición la cabeza, en un único movimiento la enfrenta con el pico amarillo y brillante.
La mujer se planta en misteriosa actitud de ritual, sin notarse en ella algún gesto.
Viste ropas negras y gastadas. Le cubre la cabeza un pañuelo blanco atado bajo el mentón.
Tiene rostro, porte y maneras de campesina.
Queda parada a cierta distancia del ave. No la toca, como pretenden hacerlo tantos parroquianos que llegan a la costa. No intenta tantearle con la mano su cabeza esquiva, ni acariciar la lisura perfecta del plumaje.
El ave vuelve su cabeza, indiferente, y la mujer busca una silla donde derrumbarse.
El Flaco le ofrece agua fresca que deja junto a ella en la mesa.
Bebe usando las dos manos para sostener el jarro y agradece con una voz gastada. Sombría.
El bolichero corresponde con una leve inclinación del cuerpo.

****

Junté hojas y ramas de tamariscos secos que el viento amontonó en los reparos de atrás del boliche.
Ibarrita me ayudaba con las manos sin hablarme, le di el rastrillo y él termino de hacer la pila, dejando alrededor solo la arena surcada por los dientes de la herramienta.

- Prendéme…!

Me dijo, y le encendí un papel arrugado que venia retorciendo entre las manos. Lo puso rápidamente bajo la parva de yuyos y ramas secas, y se alejo hasta quedar a mi lado.
Creció una pequeña nube blanca desde el fondo de las ramas, el humo creció hasta jugar por todos los rincones del patio y ahí fue cuando estallaron las llamas y el calor rojo amarillo de sus múltiples lenguas nos llego a la piel.
El muchacho estiro el cuello y busco con la nariz el humo que fue desapareciendo.

- Te gusta el humo? Le dije.

Y me contesto que si, sonriendo y moviendo la cabeza muy rápido de arriba hacia abajo.
Las llamas con pequeñas explosiones se fueron terminando, con el rastrillo le agregaba los restos de ramitas que quedaban en los bordes y el fuego crecía de nuevo, pero con menos fuerza, hasta ser solo cenizas.
Después se sentó a mi lado, se refregó los ojos y miró seriamente como prendía un cigarro.

****

- Ese es el pibe mío?, preguntó la mujer al bolichero mirando por la ventana.

Así, comenzada la charla, el Flaco se enteró por boca de la viuda lo que pasó en la casilla esa madrugada maldita en que murió Ibarra.

- Él mismo le dijo a la mujer que lo atara a la cama y quemara el rancho…

Y en el rostro a mi amigo le fueron reventando todas las arrugas, y en el rostro le crecen las sombras y las noches en vela y la piel es del color del pucho que está armando hasta que moja con su lengua roja el borde del papel, prolijamente moja el papel con el que termina de envolver el tabaco y lo queda sobando entre cuatro dedos, dándole forma, con las manos juntas.
Lo mira, lo lleva a sus labios entreabiertos -que lo aprietan apenas- y lo enciende luego del estallido del fósforo que explota entre sus dedos cuando golpea contra su palma, donde esconde la caja.

- Ella, confesó aquí, tomando agua.., antes de irse!

El Flaco contaría muchas veces esta historia, repitiendo la misma afirmación, los clientes habituales o la gente que anda de paso sabrían el tono justo con que él escuchó la confesión de la asesina, repitiendo lo que él sentía.

- Nadie le creyó.

El inmóvil frío del mar, afuera, escarchaba con algún instrumento silencioso los charcos que quedan en la sombra y la arena mojada.
Esa noche se nos mezcló el insomnio y quedamos solos con la lámpara de querosén encendida mientras un silencio inmenso cubría los cielos, la tierra y las aguas. El boliche débilmente alumbrado, permanecía como un animal descansando en la playa.

- Me dijo que lo tenía adentro y que de esa forma todo terminaría.

Tomé un sorbo y lo interrogué entrecerrando los ojos.

- Que tenía el diablo adentro, y ella le creyó…!

Dijo el Flaco y la puerta retumbó con los golpes de alguien llamando, se nos heló la sangre, pero fui a abrir con la lámpara en la mano, mi compañero de bebida manoteó un palo y me miro caminar hasta la entrada.
Corrí el pasador y el portón de madera se abrió solo empujado por el viento, atrás estaba Ibarrita, sonriendo.

(Dedicado a mi amigo Raúl Artola)
(2008)

martes, marzo 04, 2008

Una mujer desnuda en el Sur de Tenerife


Ahora sin verlo, en el recuerdo,
en la tarde tajeada por el sol,
el mar se aparecía temible y azul, y en lo distante, en lo lejano,
ese azul se perdía dentro de sus ojos,
de mirarlo.

Y en el pelo,
en la grácil catarata desprovista de colores (que goteaba emergida),
se apoyaba la arena,
que es agua ausente,
y es un silencio (para siempre).
La plena concepción del azabache.

La ausencia (esa suerte de agujero en la materia),
era el negro.
De su pelo rezumante, recién empapado,
y el dibujo del viento en el agua.
(y la Calima,
el polvo del Sahara, suspendido sobre el mar.
Como niebla)
Coronando el espacio ligero, sutil de la cara,
Y los ojazos.

Los restos de la luna le caían al barranco,
la edad nos llovía sin mojarnos.
La niña jugaba en el desierto.

El mar,
el miedo del azul, es como el cielo.
Pero abajo.


Y de pronto,
a duras penas, en la sed que quema,
hoscamente en el fondo (el oleum pretiosum se impregna de esmeralda).


Transitando la piedra,
en el pómulo rudo del que se aleja,
doliéndole el color de la piel calcinada.
Se marcha el forastero.
La perra soledad se meterá en su lecho,
se encarnará en su lengua.

Y es un solo hombre.
Hoy sin amigos (los que lo esperan cuando cruza mundo).
No se que formas extraña,
que formas le duelen en las manos,
que ceremonias ya no necesita,
las lleva grabadas.

Un hombre solo, (ahí va, con sus pobres huesos).

Quiere estar de una vez en el día siguiente.


miércoles, febrero 20, 2008

Ver llover


El entrecierra los ojos y mira la calle desde las penumbras del bar, e ingresa en una modorra inevitable, como cuando lee esos extensos monólogos de Cortazar en los que le habla a un personaje y le da detalles de sus silencios, de sus sueños o de por que alguien es tan estúpido.
Casi se dormía cuando la vio.

Se noto en el movimiento de algunas cabezas, al acomodar el cuello a una nueva posición fija. Cuando el cuerpo se sorprende pero disimula, o en esa duda que aparece cuando un par ojos confundidos se miran de frente, y los párpados titubean.

Ella tiene una feminidad agobiante para ese grupo de hombres que escapan al frío de la tarde y a sus infiernos privados, y murmuran cortas frases -algunas indescifrables- entre ellos, con unos cartones pintados en las manos, a los que pensativos van arrojando sobre la mesa de madera.

El hombre que solo mira por la ventana ve el aura que la rodea y se queda pensando en que algunas mujeres son perfectas, al mirarlas.

Eso fue, pero nadie escucho el sonido de los pasos de la muchacha que entraba al bar. Si la admiran deslizarse iluminada por el reflejo anaranjado que la puerta abierta deja pasar sobre las baldosas recién barridas.

Alguien acomoda la garganta por si necesita la voz, pero nadie dice nada, ni se prueba de la bebida, ya servida en los vasos.
Solo se respira en silencio, se espera.
Nadie habla y quizá en esa ausencia de sonidos se nota la sorpresa de una mujer entrando.
Y notable es también el evitar de los ojos que miran los naipes o las manos, y la ausencia, ahora, de cualquier descaro.

En la muchacha se ve a una persona sana, de caminar resuelto y destino encontrado, con el cabello negro y algo corto y una gran boca roja, atractiva. No es una cara de llorar, y la fuerza de sus piernas demuestra que de caerse y hacerse daño no se detendrá a quejarse.
No se adivina una mueca de queja en ella, ni de suplica.
Esto es lo que el hombre solo frente a la ventana piensa al verla ingresar y después seguirla por el reflejo espejado del cristal.
Se sabe bella y no lo finge, el había visto muchas mujeres fingir mientras cruzan un boliche de pueblo atestado de sombras negras, masculinas.

Ella se detiene en el teléfono, llama y continúa con el rostro hacia el piso.
Espera una respuesta.

El hombre ahora mira la lluvia a través de la ventana, mira el pasaje tan rápido de las gotas por los espacios oscuros de las sombras, y sus ojos las pierden de inmediato entre otras miles que igualmente pasan por ese fondo oscuro de sombras para caer en los charcos.
Muriendo en la superficie de los charcos, y hacer que el día tenga esa imagen de tristeza.
El diario abierto sobre la mesa lo detiene en un párrafo: “Según el Informe Europeo sobre Adicción al Consumo, el 15 por ciento de la población es adicta al consumo y un 46 por ciento de la juventud compra en exceso…”


*****


Alguien responde, por que el pelo corto, oscuro, de la muchacha gira, y los ojos brillan y los labios rojos se mueven, imperceptibles se mueven.
Y los ojos brillando miran el piso barrido del bar, mientras los labios hablan, son frases cortas y los espacios de espera más largos y tristes, como la lluvia.

Y el se ve respondiendo esa llamada –le suena en la cabeza-, mientras observa a través del vidrio sentado en la mesa junto a la ventana, y siente el impulso de colgar el teléfono y salir corriendo cuando ella habla y lo interroga con esos ojos que ahora lo enfocan.

Y se hace una pausa.
Se escucha decir -haremos lo que vos quieras-, y las manos al hombre se le pegan entre ellas sobre el diario, como si el teléfono –caliente- estuviera allí, entre sus palmas.

Y los ojos se cierran y los labios dicen chau, lo puede leer en el movimiento rojo de los labios que se separan y luego se juntan formando un pequeño hueco redondo entre ellos, como preparados para un beso.
Cuelga el teléfono, lentamente cuelga el teléfono, completando una caricia al aparato y el solo en su mesa, frente al diario -a diez metros de ella- suspira aliviado.

Ahora el rostro de la mujer se dirige al espacio que la separa de la puerta de salida, con el gesto de una decisión tomada. Y los párpados ya son grises y huyó la lozanía, los labios se afinaron y oscurecieron.
Son violáceos y el aura naranja de la luz se perdió también con las nubes de tormenta.

Al salir a la calle se cubre el cuello con las solapas del abrigo y él la mira incómodo, mira como el agua la moja, y mira como ella apura sus pasos y se aleja.
Y la lluvia que crece oscureciendo la tarde, le baña el rostro simulando lágrimas, pero desde su lugar en la ventana el hombre a ello nunca lo vería.


*****


Muchos hombres sufren actualmente la tragedia de un matrimonio infeliz, en general se van –se separan-, pero entre los que llevan adelante esta odisea de sufrimiento están los que no se animan a terminar y prolongan la agonía.

El hombre que ahora despacha desde atrás del mostrador termina de cortar con la maquina doscientos de crudo, algo gruesitos.

- Le corto un poco de queso, Adolfo?

Adolfo es un buen cliente y un buen vecino, y en el aspecto de su rostro y de su figura se puede leer -como en un actor de calidad- la tragedia del esposo que tolera el daño permanente de un casamiento inadecuado.

Adolfo le dice que si con la cabeza pero no habla.
El hombre que ahora corta queso de maquina y las fetas que apoya sobre el film de polietileno con que cubrió el jamón parecen de plástico, dice.

-Doscientos también?

Está hecho de la estofa con que se fabrican los mejores cornudos, piensa el hombre que atiende.
Recordando un texto de Arlt.

Cuando ella ingresa a la rotisería.

Ahí estaba ella nuevamente, ahora del otro lado del mostrador de su negocio, junto al gordo vestido de jogging que espera le termine de cortar el fiambre para volver al calvario de su casa.

En el disco metálico que gira, que avanza cizallando la horma de queso se le dibuja la última imagen de esa tarde de lluvia que leía el diario en la mesa del bar, junto al ventanal.

Ella tiene el rostro iluminado y la frescura de estar recién bañada, aún con el pelo mojado. Lo mira con una sonrisa que solo aparece en sus ojos y no dice nada, continua observando la estantería de los vinos, como quien conoce del tema.

- Esto es todo lo que tenés en vinos?

Interroga hablando sola y prolonga la última “ese” como si jugara con ella dentro de la boca.

Quien con precisas maniobras acomodaba las fetas que la maquina va cortando no responde, pero queda observando su perfil abstraído con el gesto de leer los precios y piensa, evitando cortarse un dedo, que es bellísima.

Adolfo sale del boliche saludando, con el paquetito de fiambre agarrado con las dos manos y una botella de soda bajo el brazo.
Rumbo a su calvario.

- Chau, que te sea leve!, no hagas locuras después de tomar…

Responde el hombre alto con el pelo gris plateado y la melena cortada estilo “Comitas” y se acerca, aun risueño, a donde ella mira la estantería de los vinos.

- Si, en que le puedo ser útil señora?

Ruega en silencio que se de vuelta, para disfrutar de su cara perfecta y de sus tetas, aún ocultas por la campera con el cierre apenas abierto.

-Algún vino de Chandón?, no tenes?

-Si, cual desea usted, señora?

-No me llames señora, Clos…Clos du moulin?, puede ser?

-Puede ser…

Y desaparece por la puerta que esta detrás del mostrador entre las tiras plásticas de la cortina que estallan a su paso.

Cuando regresa trae una botella en cada mano, del vino que ella menciono.

-No lo tengo en la góndola por que es de consumo personal, es el vino que yo tomo…

Dijo mostrando las botellas y sonriendo. Confidente.

-No me diga que compartimos el gusto de saborear esta única mezcla de varietales?

Agregó.

Ella toma entre sus manos una de las botellas, la mira, entrecierra los ojos como forzándolos a leer letras muy chiquitas, después la deja sobre el mostrador y baja con un movimiento felino el cierre de la campera hasta donde este termina.
Las tetas saltan en dirección al rotisero como dos bochas que quieren salir de una bolsa que se rompe.

-Me quiero morir!

Piensa él, casi en voz alta. Tanto, que ella se lo leyó en los ojos padecientes de miopía y astigmatismo.

-No, me lo recomendaron y quería saber cual era…!, cuanto sale?

El hombre alto que la miraba sin parpadear meneo la cabeza y espetó.

-Lo lleva, lo prueba…y después me dice…

-Nooo!, por favor, ni hablar…!

Gimió la mujer, y al contraer los músculos del abdomen las gomas subieron y bajaron perfectas.

-Disculpeme señora, pero este comercio tiene alguna pautas de comportamiento con su clientela, y creo esta es una forma de bienvenida a alguien nuevo en el barrio…!, lo lleva y lo prueba…después me informa si es de su gusto.

Ella le muestra una de las mejores sonrisas que el vería en su pasaje terrenal, después le pide una botella de agua mineral sin gas y unas servilletas de papel. Paga con monedas y sale del negocio exponiendo un culo también inolvidable.

*****

-Quien te dejó con esa cara de baboso…?

Le pregunta asomando su figura por la puerta con la cortina de tiras plásticas, quien vive con él, muy a pesar de él y que posee actitudes militares en el trato, especialmente cuando se dirige a él.

El rotisero mantiene una imagen dibujada en su retina.

- Como clavaría ahí mi banderita, como hicieron los yankis con la luna…

Piensa.

- Alevosamente…!

(2008)

lunes, enero 14, 2008





jueves, enero 03, 2008









viernes, noviembre 09, 2007

El secreto de las cuatro de la tarde





El viejo esta solo sentado en la cabecera de la mesa, solo y sentado casi inmóvil en la mesa preparada para el almuerzo y en silencio lustra una cuchara con la servilleta que tiene colgando del cuello cerrado de la camisa.
A la sala la ilumina la claridad de un día de verano que ingresa por el ventanal y la luz que entra perforando el cortinado hace que la cuchara brille como el oro.
Para comprobar la perfecta limpieza del metal el anciano se acerca la cuchara a los ojos y los entrecierra, luego con un movimiento de la mano la hace girar y la examina en su totalidad, para terminar la ceremonia apoyándola con cuidado sobre el mantel, junto al plato.
Después me mira con ternura y golpea con los dedos de su mano abierta la silla vacía que tiene a su lado. Frota los dedos en el asiento y esos pequeños golpes son los que terminan con el silencio. Me siento junto a él, apoyo una mano a cada lado de mi sitio en la mesa y acerco mi rostro, y en el brillo del fondo del plato vacío veo como mi aliento lo empaña, cada vez que brota de mi boca abierta al respirar, mi aliento apaga el brillo, que le crece de nuevo al fondo del plato si no respiro.
Él sabe que lo observo y hace -como un mago ejecutando su acto preferido- un nudo doblando con cuidado la servilleta, un nudo como el que se hacen a las corbatas, me mira, sonríe y los dos continuamos en silencio esperando que se sumen los demás comensales.

El aroma de la sopa se mezcla con los rayos del sol que le ganan al cortinado y a los árboles y se meten al comedor como mágicas ráfagas de luz, y entre ellas se mueve el vapor que formando dibujos gira, gira y sube desde la sopera.
El cucharón entrando y saliendo de la sopera y la mano de la abuela sirviendo cada plato generan tormentas que la luz penetra pasando del amarillo al blanco para invadir el comedor con tinieblas que huelen a verduras.
Los anteojos de ella se empañan entre una nube caliente, pero no deja de servir mientras la mesa se va poblando entre cuchicheos.
Yo no quiero sopa pero igual me llena el plato de arriba, el más hondo. Acerco la cuchara hasta dejarla al ras del liquido, donde flotan verduras y pequeños fideos con forma de estrellitas, dejo que se moje con la nube caliente y luego sin ganas la sumerjo y dejo durmiendo en el fondo.

El viejo -quien bendice el caldo con un pequeño chorro de vino- penetra el liquido con su cuchara impecable, lo hace con movimientos simétricos y la lleva a su boca sin perder una gota luego de soplarla unos segundos en el camino, me mira y dice –apura que se enfría- y yo muevo la cabeza asintiendo pero no la cuchara, la cuchara sigue dormida en el fondo entre los trozos asquerosos de verduras que navegan al garete el mar de mi plato.

Mis abuelos tienen pensionistas en la casa, son maestras jóvenes que vienen de otras provincias a trabajar en las dos escuelas que tiene el pueblo. Conviven con ellos generalmente hasta que encuentran pareja y se casan, o regresan a su lugar de origen. No recuerdo a ninguna que haya quedado soltera.
Las pensionistas tienen su dormitorio en la habitación que da a la calle, la habitación que da al sur, desde donde sopla el viento acarreando el frío y ese leve polvo que todo lo cubre, lo ensucia, y en silencio va tapando el caserío y a la gente que allí vive.
Cuando me toca en suerte alguna de ellas de maestra en mi grado sufro, en realidad prefiero no tenerlas, y mi sufrimiento pasa por la información que llega a mamá de mis andanzas en la escuela y aparte me da no se que verlas en lo de la abuela así, de entrecasa, sin el guardapolvo o hablando entre ellas mientras toman mates, o comiendo al lado mío en la mesa.

A veces me mandan a traer agua y salgo con el balde blanco enlozado, impecable y antes de sacarla me asomo al hueco del pozo a mirar el otro balde –el de lata- que nada quieto, como apoyado en un espejo y a sentir el olor fresco que viene desde el fondo.
En el espejo redondo del agua durmiendo en el fondo del pozo está el cielo brillando y el balde clavado en ese cielo, hasta que tiro la soga y el celeste del cielo estalla, estalla en el agua rompiendo por la salida del tacho lleno, chorreante.

Ellas hablan, hablan y juegan al rumy.
Ellas son mi abuela y la señora de anteojos que es enfermera y viene a curarle el pie al viejo. El viejo tiene el pie enfermo por eso usa zapatillas de paño y a veces acarrea mal olor por donde pasa. La señora de anteojos trae sus cosas, su instrumental, en un maletín negro que lo saca del portaequipajes de la bicicleta y lo deja sobre el sillón del living.
El anciano en silencio espera sentado en la cama con los pies dentro de una palangana, ahora entre el olor a espadol y las penumbras de su habitación. Y mira sin ver sus valles asturianos y sus ojos, sus grises ojos brillan como una lágrima intacta, y al estar abiertos, ya solo con estar abiertos son un acto de bondad.
A ellas las absorbe la timba.
Me aburre escucharlas y me voy al galponcito a jugar solo y a hojear las revistas que me acechan prolijas y apiladas, pero que el tiempo fue poniendo amarillas y la misma tierra que el viento despierta les hace una mortaja de una fina arena temblorosa a los soplidos. A mis soplidos, cuando las saco a la luz del día y les hago aparecer los colores de la fotografías que tienen en las tapas entre nubes de polvo.

El gato no entra a la casa, la abuela no lo deja –con un gato sobra, dice- y el bicho ronda por los techos y la leña apilada, pero el hambre lo hace más manso e indefenso, por eso pude rodearlo con el cinturón de tela y dejarlo inmóvil dentro del manguito del tensiómetro.
Luego comprobé el poder de la fuerza del aire que expulsaba mi mano al apretar la pera de goma. No emitió el mínimo sonido pero cuando afloje la perilla metálica y el aire salió soplando el animal estaba muerto y tenía sangre en la boca.
Lo enterré detrás de la leña del patio del fondo con el sol quemándome la cara y odiando que la muerte fuera tan fácil.
El maletín de la enfermera quedó como si nadie lo hubiera tocado y yo me fui sin saludar, tal cual quién se va apurado.




-Vos te animás...!

Aseguraba el Chingo, y los demás lo escuchaban en silencio. Con el dedo había apuntado a Fastidio, entre ceja y ceja.

-Es fácil...!

Fastidio hizo un gesto de esconder la cabeza entre los hombros y entrecerrar los ojos.
Estaba mudo.
Fácil para él, pensaba yo, que es más grande y es chorro. Pero para nosotros no, para nosotros las pelotas. A mí ya me comenzaba el cagazo. Que es como un dolor de panza y ganas de salir corriendo.
Si me agarran adentro, o se entera mi vieja no puedo volver a mi casa y tengo que dormir en el patio, o después sin comer y a la cama de por vida.

-Yo no puedo entrar, por que no paso por el agujero del alambre...!, soy muy grandote...!

Decía el Chingo, y se agarraba la barriga que la tenía redonda como un globo.

-Es para uno de cuerpo chiquito, como ustedes...!, y que corran ligero...!

Y nos seguía mirando a Fastidio y a mí, sentados uno al lado del otro. El Chingo nos quería convencer y nosotros poníamos cara de giles.

- Para pendejitos...!, como ustedes...!

Repetía.

Todos sabían que a él lo llevaron en cana. Un robo de noche, de los que hacen los grandes, pero que lo habían agarrado por una boludez. En el Club escuché a unos decir que si hubiera sido más inteligente no lo agarraban ni de pedo, -pero que ese además de chorro es tarado-, también decían.
Parecería que si no fuera por las boludeces se podría afanar descaradamente, y nadie decir nada.
Y yo pensaba de que vivirían los canas si no descubrieran los robos, y salvaran a la gente buena, si ya sé, como dice el “Turco” estafetero de la trocha, esos afanan más que los chorros. Pero yo pensaba que difícil debe ser decirle a un policía que es ladrón -quien se anima-, nosotros apenas los vemos, cuando estamos jugando a la bolita, rajamos.

Nunca nadie me dijo por que no podemos jugar a las bolitas en la vereda, que tiene de malo. Pero igual ni lo pensamos, al primer grito de que viene la cana, juntamos rapidito las tiradoras cada cual agarra la suya de la troya sin avivadas, y a rajar.
Después partido nuevo.
Si no te las sacan, y no las ves más.

De lo que nunca me voy a olvidar es de un boloncito celeste que tenia de puntera.
Me lo había regalado la Abuela.
Era apenas un poquito más grande que las otras bolitas, las normales, pero de las importadas. Con un molinetito de colores adentro que la dividía como en los gajos de una mandarina. Me calzaba justito entre los dedos. El molinete de adentro era todo celeste, yo me lo ponía delante del ojo y lo hacia girar entre los dedos mirando el sol.
Así recuerdo el patio de la casa del ferrocarril, la casa construida de durmientes de quebracho, a través del vidrio de mi bolita tiradora girando entre el celeste.
La casa donde nací.

Esa tarde, el cana dobló en la esquina tan rápido en su bicicleta, que cuando me di vuelta ya lo tenía encima y me quedé tieso, no atiné ni a correr a mi casa.
Para mí fue una emboscada planeada por el turro.
Me pidió las bolitas que ya había guardado en el bolsillo, y si, esa si que fue una boludez y también me cagué hasta la patas, y se las di.
Creo que es a una de las personas que más odié en mi vida. Milico aprovechador, me dieron ganas de gritarle, pero de nuevo me cagué, y no le dije nada.
Lo odié y me fui para casa. Miré como él cana se iba en la bicicleta, no sé si sonriendo, me repugnaba hasta mirarlo.
Se llevaba la celestita.
La cara me hervía, seguro la tenía colorada como un tomate y apretaba los dientes, pero no lloré.
No le voy a dar el gusto al hijo de puta, pensaba. También pensaba en mi punterita y la extrañaba en el bolsillo, extrañaba el peso que sentía en el bolsillo cuando corría y la tenía a ella durmiendo en el fondo.
Era como una parte mía.


- Uno de nosotros le golpea la puerta de la calle..., y cuando la vieja sale a atender...., vos te mandás por el alambre roto y te traés el fulbo que el hijo dejó en el fondo...!

Apuntando ahora con la mirada hacia una pelota de cuero, que dormía la siesta junto a un tendal de ropa colgada.

- De acá se ve...!

Ni lo pensamos, como si viéramos aparecer un fantasma, o la cana mientras jugamos a las bolitas. Salimos corriendo, espantados.
Fastidio le gritaba dando vuelta la cabeza.

- Si querés afanarte el fulbo..., andá vos...!

Y a dúo.

- Chorro...!


Yo recordaba el gato muerto y temía la mala suerte que dicen puede acarrear una muerte así. Pero Fastidio me consuela.

- Vos como ibas a saber que los gatos se mueren tan rápido?

Y si, como podía saberlo.

(2007)


jueves, septiembre 06, 2007

Aullidos





De mi viejo tengo un solo recuerdo. Es como una visión, como la parte de una película, como una escena se dice?.
Saco cuentas comparando la altura de mi hermana –que es a quien tengo más nítida en ese sueño- y debo tener cuatro años, por que vivíamos en esa habitación con dos camas y la mesa grande de fórmica con patas de caño estaba junto a la puerta de entrada, que daba a la galería, adonde daban también las puertas de las otras piezas, y donde vivía otra gente.
Gente grande, en ese caserón que compartíamos el baño y la cocina, eran todos grandes, salvo mi hermana y yo. Si, yo era el más chiquito y me metía por todos lados. Algunos me ofrecían una torta frita o un pedazo de pan mojado en una olla, sobre todo las mujeres que se quedaban solas durante el día y cocinaban.
Que ojazos que tenes guachito, me decía la vieja gorda del frente –siempre vestida de negro- la dueña de la casa y aprovechaba para darme un beso. Otros me sacaban cagando apenas me asomaba por las puertas, les molestaba, o si les abría la del baño cuando estaban adentro. Rajá pendejo de mierda me decían, y yo rajaba y me escondía para verlos si asomaban la cabeza para asegurarse que no me quedaba tras la puerta escuchando.
El baño siempre estaba mojado y yo saltaba salpicando en el charco que le quedaba al piso. Cuando me acercaba al balde que tiraban los papeles arrugados al lado del inodoro, era mamá la que me decía rajá. Eso no se toca. No iba a la escuela, por eso también creo que andaba por los cuatro y mi hermana ocho años. Justo el doble que yo.

Mi viejo era como una sombra oscura que entraba por la puerta y tapaba la luz de la galería. Todos nos quedábamos en silencio cuando llegaba, hasta mamá que bajaba la cabeza terminaba de planchar apurada y ponía el mantel y los platos en la mesa, mientras él se sacaba la gorra enorme del uniforme, el cinturón con la reglamentaria –a la pistola le decía la reglamentaria- y la chaqueta azul y lo iba acomodando arriba del ropero.
Cuando el llegaba la habitación se inundaba de olor a tabaco, era el olor de él. Yo lo miraba desde atrás de la mesa, que me llegaba justo a la altura de los ojos, así que me ponía en puntas de pie y lo miraba. Él no hablaba, así que nadie hablaba. Después salía al baño y cuando volvía la comida ya estaba en la mesa y nosotros sentados frente al plato. Comíamos, se enojaba con mi vieja si no le alcanzaba el vino o si el guiso estaba frío y se acostaba y al ratito ya roncaba. Daba miedo como roncaba parecía que iba a reventar.

Eso es todo lo que recuerdo de esos años, y de él. Después ya me veo solo con mamá y mi hermana en la época de ir a la escuela. De entrar al baño que siempre tuvo el piso inundado - siempre, siempre que lo recuerdo- y en invierno era escarcha lo que cubría el cemento del piso junto a la rejilla, pero yo ya llegaba al espejo, me veía aunque en puntas de pie y me peinaba para atrás, con jopo. De jugar a la pelota con guardapolvo en los recreos, de la nieve mezclada con barro, de los pies helados. De las peleas por que me decían: hijo de milico chorro. De mi vieja llorando, de mi hermana con panza - vas a tener un sobrinito me decía la gorda del frente- y comíamos solo de noche.
Después la noche era una desesperación de perros aullando y de viento escapando por las calles, con ese rumor a fantasmas que tiene el viento, y que para asustarme juega entre los postigos y los hace golpear como un zumbido que quiere entrar y meterse en mi cama.

A veces cuando decido contar a alguien esta parte de la historia siento que me toca una mano invisible, una mano que quiere cerrarme la boca, callarme, algo que me frena en ese momento cuando me detengo en el piso mojado del baño. Esa noche helada.
Esa noche que encontré a la dueña de la casa, a la del frente, vestida de negro y a oscuras sentada en el inodoro, inmóvil. En silencio. Y sin encender la luz le veía las carnes blancas colgando, cubriendo el asiento, sus carnes gordas gastadas chorreando y la cabeza tirada hacia atrás, apoyada en la pared y el tanque del depósito de agua del inodoro coronando su trono.
Cuando lo cuento también me aparece la desesperación de aullidos, de los mismos perros de siempre. Y la veo ahí a oscuras, con los ojos abiertos. Y me veo yo, que intento abrir la boca para gritar o para decir algo y que no puedo, y el miedo es la oscuridad del baño y el frío de la noche que entra por la puerta abierta pegado a los aullidos, a esos perros lejanos. Y estoy parado en el charco del baño mirando el bulto oscuro, vestido de negro y con los ojos fijos en el techo.

Regreso a la pieza entre las penumbras dejando la marca de mis pisadas con el agua del baño en las baldosas de la galería, regreso y soy un ciego que se guía por los olores tibios de la habitación y no voy a mi cama, el miedo no me deja entrar en mi cama, si en la de mamá que se da cuenta que soy yo y me ofrece un lugar junto a ella, sin despertarse.