viernes, noviembre 09, 2007

El secreto de las cuatro de la tarde





El viejo esta solo sentado en la cabecera de la mesa, solo y sentado casi inmóvil en la mesa preparada para el almuerzo y en silencio lustra una cuchara con la servilleta que tiene colgando del cuello cerrado de la camisa.
A la sala la ilumina la claridad de un día de verano que ingresa por el ventanal y la luz que entra perforando el cortinado hace que la cuchara brille como el oro.
Para comprobar la perfecta limpieza del metal el anciano se acerca la cuchara a los ojos y los entrecierra, luego con un movimiento de la mano la hace girar y la examina en su totalidad, para terminar la ceremonia apoyándola con cuidado sobre el mantel, junto al plato.
Después me mira con ternura y golpea con los dedos de su mano abierta la silla vacía que tiene a su lado. Frota los dedos en el asiento y esos pequeños golpes son los que terminan con el silencio. Me siento junto a él, apoyo una mano a cada lado de mi sitio en la mesa y acerco mi rostro, y en el brillo del fondo del plato vacío veo como mi aliento lo empaña, cada vez que brota de mi boca abierta al respirar, mi aliento apaga el brillo, que le crece de nuevo al fondo del plato si no respiro.
Él sabe que lo observo y hace -como un mago ejecutando su acto preferido- un nudo doblando con cuidado la servilleta, un nudo como el que se hacen a las corbatas, me mira, sonríe y los dos continuamos en silencio esperando que se sumen los demás comensales.

El aroma de la sopa se mezcla con los rayos del sol que le ganan al cortinado y a los árboles y se meten al comedor como mágicas ráfagas de luz, y entre ellas se mueve el vapor que formando dibujos gira, gira y sube desde la sopera.
El cucharón entrando y saliendo de la sopera y la mano de la abuela sirviendo cada plato generan tormentas que la luz penetra pasando del amarillo al blanco para invadir el comedor con tinieblas que huelen a verduras.
Los anteojos de ella se empañan entre una nube caliente, pero no deja de servir mientras la mesa se va poblando entre cuchicheos.
Yo no quiero sopa pero igual me llena el plato de arriba, el más hondo. Acerco la cuchara hasta dejarla al ras del liquido, donde flotan verduras y pequeños fideos con forma de estrellitas, dejo que se moje con la nube caliente y luego sin ganas la sumerjo y dejo durmiendo en el fondo.

El viejo -quien bendice el caldo con un pequeño chorro de vino- penetra el liquido con su cuchara impecable, lo hace con movimientos simétricos y la lleva a su boca sin perder una gota luego de soplarla unos segundos en el camino, me mira y dice –apura que se enfría- y yo muevo la cabeza asintiendo pero no la cuchara, la cuchara sigue dormida en el fondo entre los trozos asquerosos de verduras que navegan al garete el mar de mi plato.

Mis abuelos tienen pensionistas en la casa, son maestras jóvenes que vienen de otras provincias a trabajar en las dos escuelas que tiene el pueblo. Conviven con ellos generalmente hasta que encuentran pareja y se casan, o regresan a su lugar de origen. No recuerdo a ninguna que haya quedado soltera.
Las pensionistas tienen su dormitorio en la habitación que da a la calle, la habitación que da al sur, desde donde sopla el viento acarreando el frío y ese leve polvo que todo lo cubre, lo ensucia, y en silencio va tapando el caserío y a la gente que allí vive.
Cuando me toca en suerte alguna de ellas de maestra en mi grado sufro, en realidad prefiero no tenerlas, y mi sufrimiento pasa por la información que llega a mamá de mis andanzas en la escuela y aparte me da no se que verlas en lo de la abuela así, de entrecasa, sin el guardapolvo o hablando entre ellas mientras toman mates, o comiendo al lado mío en la mesa.

A veces me mandan a traer agua y salgo con el balde blanco enlozado, impecable y antes de sacarla me asomo al hueco del pozo a mirar el otro balde –el de lata- que nada quieto, como apoyado en un espejo y a sentir el olor fresco que viene desde el fondo.
En el espejo redondo del agua durmiendo en el fondo del pozo está el cielo brillando y el balde clavado en ese cielo, hasta que tiro la soga y el celeste del cielo estalla, estalla en el agua rompiendo por la salida del tacho lleno, chorreante.

Ellas hablan, hablan y juegan al rumy.
Ellas son mi abuela y la señora de anteojos que es enfermera y viene a curarle el pie al viejo. El viejo tiene el pie enfermo por eso usa zapatillas de paño y a veces acarrea mal olor por donde pasa. La señora de anteojos trae sus cosas, su instrumental, en un maletín negro que lo saca del portaequipajes de la bicicleta y lo deja sobre el sillón del living.
El anciano en silencio espera sentado en la cama con los pies dentro de una palangana, ahora entre el olor a espadol y las penumbras de su habitación. Y mira sin ver sus valles asturianos y sus ojos, sus grises ojos brillan como una lágrima intacta, y al estar abiertos, ya solo con estar abiertos son un acto de bondad.
A ellas las absorbe la timba.
Me aburre escucharlas y me voy al galponcito a jugar solo y a hojear las revistas que me acechan prolijas y apiladas, pero que el tiempo fue poniendo amarillas y la misma tierra que el viento despierta les hace una mortaja de una fina arena temblorosa a los soplidos. A mis soplidos, cuando las saco a la luz del día y les hago aparecer los colores de la fotografías que tienen en las tapas entre nubes de polvo.

El gato no entra a la casa, la abuela no lo deja –con un gato sobra, dice- y el bicho ronda por los techos y la leña apilada, pero el hambre lo hace más manso e indefenso, por eso pude rodearlo con el cinturón de tela y dejarlo inmóvil dentro del manguito del tensiómetro.
Luego comprobé el poder de la fuerza del aire que expulsaba mi mano al apretar la pera de goma. No emitió el mínimo sonido pero cuando afloje la perilla metálica y el aire salió soplando el animal estaba muerto y tenía sangre en la boca.
Lo enterré detrás de la leña del patio del fondo con el sol quemándome la cara y odiando que la muerte fuera tan fácil.
El maletín de la enfermera quedó como si nadie lo hubiera tocado y yo me fui sin saludar, tal cual quién se va apurado.




-Vos te animás...!

Aseguraba el Chingo, y los demás lo escuchaban en silencio. Con el dedo había apuntado a Fastidio, entre ceja y ceja.

-Es fácil...!

Fastidio hizo un gesto de esconder la cabeza entre los hombros y entrecerrar los ojos.
Estaba mudo.
Fácil para él, pensaba yo, que es más grande y es chorro. Pero para nosotros no, para nosotros las pelotas. A mí ya me comenzaba el cagazo. Que es como un dolor de panza y ganas de salir corriendo.
Si me agarran adentro, o se entera mi vieja no puedo volver a mi casa y tengo que dormir en el patio, o después sin comer y a la cama de por vida.

-Yo no puedo entrar, por que no paso por el agujero del alambre...!, soy muy grandote...!

Decía el Chingo, y se agarraba la barriga que la tenía redonda como un globo.

-Es para uno de cuerpo chiquito, como ustedes...!, y que corran ligero...!

Y nos seguía mirando a Fastidio y a mí, sentados uno al lado del otro. El Chingo nos quería convencer y nosotros poníamos cara de giles.

- Para pendejitos...!, como ustedes...!

Repetía.

Todos sabían que a él lo llevaron en cana. Un robo de noche, de los que hacen los grandes, pero que lo habían agarrado por una boludez. En el Club escuché a unos decir que si hubiera sido más inteligente no lo agarraban ni de pedo, -pero que ese además de chorro es tarado-, también decían.
Parecería que si no fuera por las boludeces se podría afanar descaradamente, y nadie decir nada.
Y yo pensaba de que vivirían los canas si no descubrieran los robos, y salvaran a la gente buena, si ya sé, como dice el “Turco” estafetero de la trocha, esos afanan más que los chorros. Pero yo pensaba que difícil debe ser decirle a un policía que es ladrón -quien se anima-, nosotros apenas los vemos, cuando estamos jugando a la bolita, rajamos.

Nunca nadie me dijo por que no podemos jugar a las bolitas en la vereda, que tiene de malo. Pero igual ni lo pensamos, al primer grito de que viene la cana, juntamos rapidito las tiradoras cada cual agarra la suya de la troya sin avivadas, y a rajar.
Después partido nuevo.
Si no te las sacan, y no las ves más.

De lo que nunca me voy a olvidar es de un boloncito celeste que tenia de puntera.
Me lo había regalado la Abuela.
Era apenas un poquito más grande que las otras bolitas, las normales, pero de las importadas. Con un molinetito de colores adentro que la dividía como en los gajos de una mandarina. Me calzaba justito entre los dedos. El molinete de adentro era todo celeste, yo me lo ponía delante del ojo y lo hacia girar entre los dedos mirando el sol.
Así recuerdo el patio de la casa del ferrocarril, la casa construida de durmientes de quebracho, a través del vidrio de mi bolita tiradora girando entre el celeste.
La casa donde nací.

Esa tarde, el cana dobló en la esquina tan rápido en su bicicleta, que cuando me di vuelta ya lo tenía encima y me quedé tieso, no atiné ni a correr a mi casa.
Para mí fue una emboscada planeada por el turro.
Me pidió las bolitas que ya había guardado en el bolsillo, y si, esa si que fue una boludez y también me cagué hasta la patas, y se las di.
Creo que es a una de las personas que más odié en mi vida. Milico aprovechador, me dieron ganas de gritarle, pero de nuevo me cagué, y no le dije nada.
Lo odié y me fui para casa. Miré como él cana se iba en la bicicleta, no sé si sonriendo, me repugnaba hasta mirarlo.
Se llevaba la celestita.
La cara me hervía, seguro la tenía colorada como un tomate y apretaba los dientes, pero no lloré.
No le voy a dar el gusto al hijo de puta, pensaba. También pensaba en mi punterita y la extrañaba en el bolsillo, extrañaba el peso que sentía en el bolsillo cuando corría y la tenía a ella durmiendo en el fondo.
Era como una parte mía.


- Uno de nosotros le golpea la puerta de la calle..., y cuando la vieja sale a atender...., vos te mandás por el alambre roto y te traés el fulbo que el hijo dejó en el fondo...!

Apuntando ahora con la mirada hacia una pelota de cuero, que dormía la siesta junto a un tendal de ropa colgada.

- De acá se ve...!

Ni lo pensamos, como si viéramos aparecer un fantasma, o la cana mientras jugamos a las bolitas. Salimos corriendo, espantados.
Fastidio le gritaba dando vuelta la cabeza.

- Si querés afanarte el fulbo..., andá vos...!

Y a dúo.

- Chorro...!


Yo recordaba el gato muerto y temía la mala suerte que dicen puede acarrear una muerte así. Pero Fastidio me consuela.

- Vos como ibas a saber que los gatos se mueren tan rápido?

Y si, como podía saberlo.

(2007)


jueves, septiembre 06, 2007

Aullidos





De mi viejo tengo un solo recuerdo. Es como una visión, como la parte de una película, como una escena se dice?.
Saco cuentas comparando la altura de mi hermana –que es a quien tengo más nítida en ese sueño- y debo tener cuatro años, por que vivíamos en esa habitación con dos camas y la mesa grande de fórmica con patas de caño estaba junto a la puerta de entrada, que daba a la galería, adonde daban también las puertas de las otras piezas, y donde vivía otra gente.
Gente grande, en ese caserón que compartíamos el baño y la cocina, eran todos grandes, salvo mi hermana y yo. Si, yo era el más chiquito y me metía por todos lados. Algunos me ofrecían una torta frita o un pedazo de pan mojado en una olla, sobre todo las mujeres que se quedaban solas durante el día y cocinaban.
Que ojazos que tenes guachito, me decía la vieja gorda del frente –siempre vestida de negro- la dueña de la casa y aprovechaba para darme un beso. Otros me sacaban cagando apenas me asomaba por las puertas, les molestaba, o si les abría la del baño cuando estaban adentro. Rajá pendejo de mierda me decían, y yo rajaba y me escondía para verlos si asomaban la cabeza para asegurarse que no me quedaba tras la puerta escuchando.
El baño siempre estaba mojado y yo saltaba salpicando en el charco que le quedaba al piso. Cuando me acercaba al balde que tiraban los papeles arrugados al lado del inodoro, era mamá la que me decía rajá. Eso no se toca. No iba a la escuela, por eso también creo que andaba por los cuatro y mi hermana ocho años. Justo el doble que yo.

Mi viejo era como una sombra oscura que entraba por la puerta y tapaba la luz de la galería. Todos nos quedábamos en silencio cuando llegaba, hasta mamá que bajaba la cabeza terminaba de planchar apurada y ponía el mantel y los platos en la mesa, mientras él se sacaba la gorra enorme del uniforme, el cinturón con la reglamentaria –a la pistola le decía la reglamentaria- y la chaqueta azul y lo iba acomodando arriba del ropero.
Cuando el llegaba la habitación se inundaba de olor a tabaco, era el olor de él. Yo lo miraba desde atrás de la mesa, que me llegaba justo a la altura de los ojos, así que me ponía en puntas de pie y lo miraba. Él no hablaba, así que nadie hablaba. Después salía al baño y cuando volvía la comida ya estaba en la mesa y nosotros sentados frente al plato. Comíamos, se enojaba con mi vieja si no le alcanzaba el vino o si el guiso estaba frío y se acostaba y al ratito ya roncaba. Daba miedo como roncaba parecía que iba a reventar.

Eso es todo lo que recuerdo de esos años, y de él. Después ya me veo solo con mamá y mi hermana en la época de ir a la escuela. De entrar al baño que siempre tuvo el piso inundado - siempre, siempre que lo recuerdo- y en invierno era escarcha lo que cubría el cemento del piso junto a la rejilla, pero yo ya llegaba al espejo, me veía aunque en puntas de pie y me peinaba para atrás, con jopo. De jugar a la pelota con guardapolvo en los recreos, de la nieve mezclada con barro, de los pies helados. De las peleas por que me decían: hijo de milico chorro. De mi vieja llorando, de mi hermana con panza - vas a tener un sobrinito me decía la gorda del frente- y comíamos solo de noche.
Después la noche era una desesperación de perros aullando y de viento escapando por las calles, con ese rumor a fantasmas que tiene el viento, y que para asustarme juega entre los postigos y los hace golpear como un zumbido que quiere entrar y meterse en mi cama.

A veces cuando decido contar a alguien esta parte de la historia siento que me toca una mano invisible, una mano que quiere cerrarme la boca, callarme, algo que me frena en ese momento cuando me detengo en el piso mojado del baño. Esa noche helada.
Esa noche que encontré a la dueña de la casa, a la del frente, vestida de negro y a oscuras sentada en el inodoro, inmóvil. En silencio. Y sin encender la luz le veía las carnes blancas colgando, cubriendo el asiento, sus carnes gordas gastadas chorreando y la cabeza tirada hacia atrás, apoyada en la pared y el tanque del depósito de agua del inodoro coronando su trono.
Cuando lo cuento también me aparece la desesperación de aullidos, de los mismos perros de siempre. Y la veo ahí a oscuras, con los ojos abiertos. Y me veo yo, que intento abrir la boca para gritar o para decir algo y que no puedo, y el miedo es la oscuridad del baño y el frío de la noche que entra por la puerta abierta pegado a los aullidos, a esos perros lejanos. Y estoy parado en el charco del baño mirando el bulto oscuro, vestido de negro y con los ojos fijos en el techo.

Regreso a la pieza entre las penumbras dejando la marca de mis pisadas con el agua del baño en las baldosas de la galería, regreso y soy un ciego que se guía por los olores tibios de la habitación y no voy a mi cama, el miedo no me deja entrar en mi cama, si en la de mamá que se da cuenta que soy yo y me ofrece un lugar junto a ella, sin despertarse.

lunes, agosto 27, 2007

Capiango




Cerquen, no sean bárbaros…
(D. F .Sarmiento)


Buscó llegar como otras veces al boliche. Ahora el camino es un laberinto entre campos ajenos. Entre alambrados, esos guachazos en la cara de su libertad, de no poder encarar la pampa a su antojo.
A su placer.
Ya todo es de alguien en la campaña, lo veía y se lo decían sus ojos. Nada es como antes, le retumbaba bajo el chambergo mientras algún ruido humano le rompía el silencio de andar solo varios meses cara al viento.
Hay que andar como preguntando. Se decía.

La noche cerrada se fue minando de resplandores, de luces parpadeantes, y al solitario rancho blanqueado del boliche lo rodeaba ahora el caserío, y las voces.
De vez en cuando el pecho del azulejo se topa con un alambre y el recule los fastidia, al animal y al jinete, y ya no siente como de él esta geometría de la tierra.

Acercó el flete a palenques concurridos, le aflojó los aperos, sujeto mejor el cuchillo bajo la faja y ya entre luciérnagas y sombras alargadas, encaro la bocanada de ruidos que produce el gentío al abrir la puerta.
Se acercó hasta el mostrador. Fue servido y desapareció en las pocas luces de un rincón donde se quemaban unos palos. Sin hacer llama.

- Las tropas de Quiroga cuando él decidía una carga, se transformaban en capiangos..., en tigres del desierto!Contaba a un pequeño grupo un hombre avejentado y de barba amarillenta.

- Y eran cuatrocientos, cuatrocientas fieras invencibles…, y a la cabeza iba Facundo, el más temido, dejándose llevar por el moro.Y miró uno a uno de los que escuchaban con los ojos brillando.

- Ese pingo que lo guiaba a la victoria…, a esa victoria que buscó siempre, para no ser esclavo!
El griterío desde las mesas donde una mano pareja termina en “quiero vale cuatro”, no disimula, cuando el viejo casi grita la última frase.
Una bordona rasguea afinando y los distrae.

Entre las sombras del rincón alumbrado por las brasas, una garra aprieta el vidrio y lleva el vaso hasta los labios del recién llegado.
Apenas, en un resplandor fugaz al encenderse una cerilla se ven brillar los colmillos. Luego quedan al acecho los ojos felinos.
Ocultos.
Se encabritan las bestias en los palenques, alcanzadas por el miedo. Salvo el azulejo, que resopla tranquilo, en el mismo lugar donde duerme la noche.

(2007)

viernes, marzo 16, 2007

Sudaca

Sudaca

Una cosa por la que evitaba decirle a Coria, negro de mierda, fue por una frase que escuche una mañana viajando en el tren, y la decía una mina, una morochita muy norteña parecía por el aspecto y la tez, se lo decía a un flaco pálido, melenudo y con cara de no haber dormido por varios días, la guacha a los gritos lo matoneaba aullándole: que me venís a decir indiecita cabeza, vos pelotudo, hijo de inmigrantes europeos que soñás todavía con volver, ahora que allá son ricos, que no se mueren de hambre, y ahora nadie te pasa bola, nadie te reconoce que sos de europa, sudaca.

Y el Negro es cabecita, es tucumano, pero yo le digo negrito con cariño y nunca tuvimos un si ni un no y las cosas andan un violín en el trabajo, por que yo soy de piel clara pero soy sudaca también, hablo como él, laburo con él, me cago en todo el mundo como él, paso el mismo hambre que el Negro Coria, lo único que si a mi me mirás y no me escuchás decís este es italiano o español, o turco quizá, pero no cabecita, y eso es lo que le rompe las pelotas al Negro, que le digan negro roñoso, pero laburando el tipo es de primera, el organiza los itinerarios antes de que comencemos a empujar móvil, así le decimos a veces en joda a camilla, pará repitamos lo que tenemos que hacer así no dejamos nada en banda, al repetir siempre se piensa algo nuevo –me dice- y eso seguro nos ahorra tener que andas haciendo fuerza al divino botón.

Nosotros somos camilleros, desde hace más de treinta años que somos camilleros, entramos casi juntos al hospital y ahí aprendimos a fuerza de puteadas y chocar paredes a manejar la camilla, y a comprender a la gente, a esta gente que nosotros transportamos, que por algo van en camilla, son tipos con problemas, enfermos, algunos hechos mierda, agonizantes, otros con miedo a morirse, con miedo por que los van a operar, o que no saben lo que tienen, asustados y hasta los fiambres llevamos, si tenemos historias con el Negro, carradas de historias.

El siempre se acuerda de la época de los milicos cuando estábamos en la guardia de noche, nos ponía el turro que teníamos de encargado, a veces apoliyabas todo el turno, pero tenia sus cosas, en aquellas épocas se podía encontrar en la guardia cada tanto algún muerto, pero muertos posta digo, que los dejaban a las apuradas los compañeros arriba de una camilla, pensando que los tordos los podían salvar, pero a muchos ya no había nada que hacerle y en eso el Negro Coria la tenia reclara, el podía discriminar con la exactitud de un forense las circunstancias previas al ingreso de cualquier tipo que trajeran así, es decir cualquier muerto, porque hablar genéricamente de muertes muchas veces es confuso, hay que diferenciar en el lenguaje de los tordos que dicen un óbito, o de los canas que se refieren al occiso, de los familiares que hablan de los fallecidos, o de nosotros que simplificamos con lo de fiambre. Estos, algunos estaban hechos fruta, quemados por los cuetazos llenos de sangre por todos lados, pálidos, indiferentes a los golpes, y ya no son ni soberbios, ni boludos, ni suicidas, ni héroes, ni chorros, ni compañeros, son muertos y están muertos y en ellos se puede llegar a alguna lectura de cómo arribaron a esta condición.

La verdad que estos muertos son en general cosas de la ciudad, es decir de afuera, de la calle, no son tuyos, no son del hospital, pero en esto los camilleros de la morgue son como los arqueros, te llegan y hay que atajarlos, y hacerse cargo así sea uno que saben que esta remuerto, pero te lo tiran igual en una camilla o en el piso y salen a los pedos, para no dejarlo olvidado en la calle, creo que esto es por piedad de los mismos cumpas que estaban con él cuando la ligó.

Eso de dejar muertos en la guardia es un poco de hijos de puta, también los tordos se ponen como locos cuando les plantan un fiambre, nosotros pensamos que es de haraganes que no quieren hacer los papeles, y algo debe tener de verdad esto. Ellos te dicen que un muerto siempre es un quilombo, si vienen en un auto o en una ambulancia y se dan cuenta antes de bajarlo que pasó a mejor vida, no se lo dejan bajar, se los tienen que llevar pienso que a la morgue judicial, o a lo de juan pelotas, pero no en la guardia del hospital, ni mamados.

Una noche de invierno, me acuerdo por el comienzo de los ochenta, el Negro se levanto a mear, nosotros dormíamos juntos, en un cuchitril abajo de la escalera que va a los quirófanos en dos camillas reduras, y pasó medio desvelado por la puerta de ingreso a la guardia y vio que habían dejado un tipo sentado en los bancos de la entrada.

El tipo estaba muy quieto, los gatos le andaban por encima y ni se inmutaba, se le acerco y vio que en realidad era un muerto, un viejo de sobretodo mugriento, pelo largo canoso, un viejo flaco -un ciruja seguro- y se dijo: lo parió, me plantaron un fiambre, pero el guacho no se quedó ahí, carpeteó que justo enfrente, en el pabellón de cirugía, había una ambulancia celular de la cana de capital, que había venido a dejar algún preso enfermo, alguno para operar.

La ambulancia estaba sola, posta que los putos por no gastar al chofer lo hacían laburar de camillero y había bajado. Así que se lo cargó al jovato, el Negro tiene una fuerza que te pone una mano y no te levantas por un fin de semana, lo cargó al hombro, y se los deposito a los milicos en el celular, después espero a que se fueran, ni revisaron atrás, se piraron apurados.

Al rato entro en el sucucho adonde dormíamos cagandose de risa, me despertó y me contó el deposito que les había hecho a las fuerzas de seguridad, seguro que los canas no entendían un carajo cuando lo encontraron, como se les subió el muerto a la ambulancia.

Ahí si le decía, sos un negro de mierda, al único que se le puede ocurrir una cosa como esa, es a vos, eso se le ocurre solo a un negro sudaca.

(2007)



sábado, marzo 03, 2007

Timbre




Leía, sentado en el patio bajo el ciruelo en una tarde perfecta leía un cuento (todos lo días leo un cuento o varios según la concentración que logre).
Leía, cuando escuché el timbre y tomé conciencia de mi posición. Sentado en la reposera con los pies sobre una silla, con el mate en una mano y el libro en la otra, el termo en el piso y el perro dormido a mi lado también bajo la sombra del ciruelo.
Pocas veces alguien toca el timbre a esa hora. Me recorrió -cerrando los ojos- el fastidio de imaginar quien trataba de comunicarse conmigo. Me quedé sentado, pero ya no leía, miraba el sapito que estallando en gotas regaba el pasto recién cortado. Pensé en quedarme así, después de todo no tenía por qué atender a nadie.
Cebé un mate y le rasqué el lomo al perro, me llevo muy bien con él, después de recuperarlo de la calle, esta es una historia larga (los animales también sufren con las separaciones). Tino, ese es el nombre de mi amigo, creo que tiene conciencia de ello.
El timbre insistió en quitarme la paz, en no dejarme disfrutar el mate. Pero de pronto pensé en otra cosa, quizá por la forma de sonar ese aparato. Ese último toque me pareció histérico, al perro también, levanto la cabeza y me miro, ahora comprendiéndome. Podía ser ella, algo en el aire me hizo pensar que podía ser ella quien llamaba, quizá una nube que cubrió el solcito y le cambió el tono al brillo verde del césped, o una leve brisa que movió las ramas, algo fue.
El timbrazo siguiente no me dejó dudas, a Tino tampoco así que se paró y se puso alerta. Le pase la mano por el lomo y se acercó buscado caricias, deje el mate en el piso y seguí leyendo.

(2007)

sábado, agosto 19, 2006

Chubut


Al abrir nuevamente los párpados, las tremendas paredes de piedra estaban allí, indiferentes, encajonando el río.
Quietos los sauces dormían con las raíces en el agua.

La soledad se elige y se conquista, podía leerse en los surcos del gesto imperturbable de su cara.
En las arrugas talladas.
En la suave mueca de la boca.
El largo pelo danzaba con la brisa. Fundido en el paisaje, el perfil del indio se recortaba filoso contra el horizonte.
Todo en él era muy viejo.
Todo en él era intemperie.
Era rumor de viento trepando por las bardas, era el silencio del sol cuando despunta.
Era la fugaz sombra del lagarto entrando en su guarida.
Salvo sus ojos, que tenían el color mismo de los cerros, de los pedreros, de las planicies que se alejan hasta disolverse en el cielo.
Eran mansos, e invictos.

Sentado en un reparo.
Las manos cruzadas sobre el pecho, mirando hacia el poniente.
Era el silencio.
Era el frío que se pega a las pilchas, en las noches largas.
Era el hambre y la resistencia a la fatiga.
Él era su raza, y su lugar mirando el mundo.
Él era la síntesis de un pueblo que resiste.

Como una nevada surgen en el aire miles de mariposas blancas, diminutas, y en pequeñas turbulencias, buscando un lugar, se posaron inquietas en la arena.
Justo ahí, donde el río hace un remanso salpicador y ruidoso, evitando la mole grandiosa de la “Piedra Parada”.
Quedaron latiendo en la costa.
Brillando, y cambiando de lugar en torpes vuelos sigilosos.
Y continuos.
La correntada aprovechaba para mojarle las alas, y hundirlas resignadas a las que fue alcanzando.
En la profundidad, giraban, simulando un aleteo.
Una pantomima agónica. Vanamente las tocaban las piedras del fondo buscando revivirlas.
Ya eran flores muertas.

El sol cegador, ardiente, prolongaba en sombras largas los cañadones, hasta atardecer en el rumor del río.
La noche se juntaba bajo los sauces negreando, mezclada con el agua en su viaje.
En la piel del indio viejo se junta un relumbre de fuego.
Disimulando la ceremonia de ver morir los días infinitas veces. Termino de acomodar un manojo de ramas secas.
Las ató con una cuerda de tiento, confundida con sus dedos.
Ajusto hasta el crujido, y tiro otra vuelta de lazo.
Ahora lo afirmó con un pie desnudo, curtido por la tierra.
Observó al río que seguía pasando, y cargó la leña en la espalda.
Como quien se lleva algo que le pertenece.
Caminó pisando su sombra alargada, hacia la ruca.
Una golondrina sobrevoló el espejo del torrente, buscando los tábanos gordos que viven en las piedras de la orilla.
Jugando.
En una pirueta dejó marcada el agua, al acariciarla con el pico.
El viejo miró como la correntada deshizo la traza.
El pájaro siguió con su retozo, sobre el Chubut.
Volando.

No me acerco, creo que le inspiro terror.
En el margen opuesto del río, entre el brillo del sol muriendo, termina su vuelo una pareja de cauquenes.
Escucho el aleteo, y las salpicaduras.
Un hervidero de gotitas.
Me asiste el temor de cambiar la pintura del paisaje con mi voz, si lo llamo.
El indio viejo camina, y no me mira directamente.
Ve de reojo mi figura, que lo acecha. Juzga la pasividad de mi contemplación.
Camina lentamente, de vez en cuando cambia la posición del atado de ramas que carga.
No sé si le llega el momento de locura universal que vivimos.

Llevo la caña hacia atrás, y con un golpe de muñeca hago volar la cuchara.
Hay un zumbido de tanza en el aire. Saliendo del carretel.
El señuelo al volar, fulgura.
Cae del otro lado del pozón.
El viejo en su andar, se pierde entre las jarillas.
De a ratos reaparece en los claros, donde el agua avanzó con las crecidas en primavera.
Se pierde.
Luego veo solo su carga de leña, donde termina la incisión que una huella de animales le cruza a las primeras lomas peladas.
Adivino un ranchito entre las bardas.
Es la Patagonia hundida en lo más profundo de su gesto sombrío. Un perfume de pichanas, y el olor del río nos envuelve.
El dibujo del viejo y su carga de leña, lentamente se esfuman.

Recojo la cuchara. Se acerca brillando entre dos aguas, en mil giros.
No pienso en nada.
Una sombra aparece en la transparencia de la correntada, vertiginosa, con un seco golpe la ataca.
Me despierta, me revive.
Siento el pique en la caña, que se dobla, y en el reel que al tensarse el hilo grita.
Silbón.
El agua estalla, salpica, y en fugaz voltereta veo blanquear la panza de un “arco iris” contra el sol.
Cae.
El agua estalla nuevamente.
Lucha, zigzaguea, no quiere que lo arranquen de la corriente.
Es un espíritu del río.

Estoy en este mundo, que es el mismo para todas las cosas.
Y que no fue concebido por ningún dios, ni seguro, por ningún hombre. Y que siempre es, fue y será como un fuego eternamente vivo.
Como un río en viaje perpetuo.
Como el viento, que sin pasión aparece y desaparece.
Lanzado de la nada, y que se enciende y se apaga, a su antojo, despreciando la vida.
Jugando a lo infinito.
Siempre.




Soplando el viento, vuelan cauquenes.
La correntada cantando va,
y entre las ramas de los maitenes
se va quedando la eternidad.

(A finales del verano de 1994, pescamos juntos por última vez con Papá en el río Chubut, a la altura del Paraje “Piedra Parada”)

domingo, julio 16, 2006

Colitoro


Colitoro

Efímera columna de ventiscas,

veloz duende en la blanca llanura.

Tu paso alimenta las leyendas,

cuando el miedo de la noche va llegando...

y el ruido que produces cubre el llanto.

En el rostro de mi gente

siempre te encuentro, aunque sigas volando.

Los matorrales de algarrobillos no se levantan mucho del suelo, entre la arena caliente. Sí, se agarran con las raíces, sus manos gigantes, al desierto, estrujándolo. Con fuerza imposible. Y ahí, estallan hacia el cielo en ramaje espinoso, rasguñador. Salvaje.

Las plantas se encuentran tan cerca entre sí, que se entrelazan, se enredan unas con otras. Tejiendo la vida en los faldeos. Lo cubren todo, de horizonte a horizonte. Hasta donde dan los ojos.

Finitos los tallos se dejan doblar por el viento, y vuelven. Porfiados. Verdes las vainas arqueadas enguirnaldan las ramas, y tiemblan. Abajo la parte enterrada levanta la tierra, inventa médanos. Amontona arena.

Entreverándose con las matas, busca sombra la chivada. Algunos animales de a ratos se acercan haraganes a la aguada, lentamente. Otros dormitan echados.

La distancia, al fondo, toma el azul aéreo de los cerros cada vez más altos.

Ahí esta el viejo, con la pala y el hacha. En la media mañana. Y el sudor le corre en la cara.

Descuartizó laboriosamente una zarza más alta que él, cavando con capricho. Desprendiendo uno a uno los tentaculados dedos, los nudos que la fijan a la tierra.

Los fue apilando prolijos, trabados entre ellos. Abrazados bajo el sol.

Como en un ritual, luego de recorrer la antigua senda india, arrastra el palo herido de hacha, hasta el reparo de la barda.

El algarrobillo yace, ahora, vencido entre las astillas, mezclado con la arena, junto al pozo donde pertenecía al suelo.

El viejo se sienta, descansa, en la sombra que da una planta más chica. Y el sudor le brilla en la cara y en el cuello.

El sol fulgura en el sudor que cubre la piel de Casimiro Millaqueo, se saca la gorra. Le pasa el dorso de una mano al bigote entrecano, lo moja la humedad que allí acumula, y al enfrentarla oteando, ve como el viento seca la piel cuarteada.

Mira la pila, que subió lentamente. Ya le llega al pecho.

Lejos, por encima de su cabeza, algunas nubes ágiles, persiguen a la luna que se quedó en el día. Pálida, inmutable.

Una caterva de cascarudos cruzan veloces, quemándose las patas, sobre el rastro que el viejo fue haciendo al acarrear la leña.

Extrae un trapo blanco, arrugado del bolsillo, lo despliega entre los dedos y se seca con cuidado el sudor del ojo sano. Con tiempo. Lo aprieta en la nariz y lo guarda.

El otro, el que no ve, se lo llevó el astillaje disparado al reventar un hachazo en la madera. Se fue achicando con los años, y se puso amarillo. Ya no sirve. Solo lagrimea a veces.

En el cielo con escasas nubes, en el silencio que busca el mediodía, se dibuja el volar tranquilo de las grandes aves.

Un pájaro se proyecta hacia arriba, corta el celeste. Luego baja en picada, grita.

El viejo esfuerza el ojo, le hace visera con la zurda. Lo contenta su libertad. Y extraña el tiempo en que podía ver mejor.

Vuele, ñanco, vuele. Que el día sigue.

Hacia el crepúsculo, orientado por el humo del rancho, apenas sostenido sobre el recado, avanza el jinete. Es un punto en la meseta, entre el polvo que forma el matungo al arrastrar las patas. De parejero lleva una mula con dos alforjas que se le abultan titubeantes en el lomo.

Las crenchas rubias tremolan en el aire y la barba crecida apelmaza tierra de días. La boca con sed de labios llagados, de lengua espesa. En las manos, mataduras de raspones, pegados a un vendaje de trapo. En las tripas, bramante, el hambre.

Encorvado se aferra a las riendas. Las riendas flojas, en el puño apretado.

Lleva un arma larga cruzada en la espalda, la correa de cuero le ciñe el pecho en bandolera. El doble caño de vez en cuando le ladea el sombrero, al caminar desparejo del caballo sobre el terreno escarpado.

Los ojos claros, entrecerrados de mirar la blancura de los salitrales, de enfrentar el sol y el viento, son piedras opacas. Se esconden esquivos en la sombra del ala del sombrero. Va orillando el monte, por un sendero de animales.

Un castrón de cuernos larguísimos se espanta al pasar el jinete, gasta sus fuerzas en escapar trepando por una grieta entre el basalto. Se arrepiente pronto y lo queda mirando.

El polvo que levantan las bestias al avanzar se mete en su boca abierta.

No es de estas tierras. Huye.

El viejo había carneado, y asaba al reparo de la ruca.

Remueve brasas con una vara larga, y de a ratos la humareda lo envuelve. Cierra el ojo, suspira.

Agrega un palo grueso a la fogata.

Ensartado, un costillar con paleta se ofrece a las llamas. El fuego crece y al arder, dibuja nuevas sombras. Proyecta duendes. Y crece, y crepita. Y suena, y le pinta espíritus al voladero. Espectros.

El día, que se muere, mitiga los reflejos finales del sol. En bermeja desbandada tras los cerros.

Atolondrado, el cuzco se acerca olfateando la carne, famélico. Observa con detenimiento mientras alarga el pescuezo, con la cabeza al ras del piso. Un pisotón en el suelo lo espanta.

Gruñe y se aparta.

La pava se caldea entre las brasas. Azabachada en tizne y años. Silbadora.

La levanta con los dedos sin quemarse, en el hueco de la otra mano tiene el mate. Ceba con un chorro mansito, apuntando con cuidado junto a la bombilla. Preciso.

Sorbe y escucha.

Entre el viento, reconoce la presencia del jinete.

La mano libre que descansa sobre la rodilla cierra los dedos. Aprieta. Los labios sueltan la bombilla.

Se alza, alerta.

El perro embiste la oscuridad a la carrera y desaparece un poco más allá de hasta donde ilumina la fogata.

Ladra.

El mancarrón relincha y se encabrita, la mula se para, el jinete no se mueve.

Mordida en una pata, la bestia tiende un galope corto, patea al aire. El forastero rueda por encima de su cabeza y cae, sin traslucir escudarse, impacta feamente con la arena.

Da con el rostro haciendo un leve ruido sordo. Gime. Pierde el sombrero en la caída. El golpe lo despierta, lo espabila.

Resopla ahogado. Lentamente intenta erguirse entre sueños, lo logra. Limpia con los vendajes de una mano la nariz, gotea roja. Mira sin orientarse, hasta que da con el resplandor del fuego.

El cuzco ahora ladra alternativamente hacia el jinete que se acerca oculto aun por las sombras y hacia la casa, protegido por la noche.

El hombre camina deteniendo su andar a cada paso, aun sin ver al viejo, acomodando el arma que cuelga en su espalda. El pelo blanco de tierra y la barba espantan, mugrientos en sangre.

El anciano en la ruca penetra la negrura con su ojo bueno. Sin ver nada. Llama al perro y su sombra se alarga, ahora con la luz de la fogata detrás.

Se toca el verijero que lleva en la faja. El nunca tuvo armas, ni tuvo miedo.

La carne al cosquillear del calor cruje dorándose.

Brillan, reflejan la luz en las tinieblas, los ojos de las bestias de carga que sedientas resuellan.

El gringo avanza cobarde, cauteloso, arrastrando sus pasos. Al ver al viejo se sorprende y grita, alardea, pidiendo agua.

Suplica.

El cuzco ladra sin parar y Casimiro Millaqueo lo calla con su voz tranquila, en idioma pampa.

Un zorro grita cerca, del lado de la aguada, y enciende los rubíes de sus ojos al detenerse a observar entre coirones. Los animales en el corral se inquietan. Atropellan, se mueven, y ahí quedan.

No hay viento y el silencio reina, absoluto.

El forastero bebe largamente de una lata con manija de alambre. El agua lo chorrea. Lava su rostro y sus manos, que envuelve con los mismos trapos mugrientos que las cubren. Muestra gestos de dolor y con esfuerzo descuelga el arma de su espalda, luego la apoya en la pirca del corral.

Dice como que sí, y traga el agua. Y el agua lo revive.

Cuando termina recibe de la punta del cuchillo del indio viejo un trozo de carne asada, la acepta sonriente.

La ataca brutal, con los dientes. Respinga, se quema, y vuelve a empinar la lata con agua, aliviándose.

Devora, no habla. El viejo parado lo mira comer también sin palabras, después de mucho tiempo tiene la sensación de no estar solo.

El asador va quedando limpio, fijo, entre el braserío. Aún vivo.

El asador es una cruz negra, clavada en las cenizas. Una cruz sitiada por brasas, del color de las sombras.

Entre ellas humea un charquito junto a la cruz hundida en la tierra, es grasa que fue goteando.

El cuzco gruñe, desconfiado, sin dejar de fisgar al recién llegado. Y pela su hueso.

Millaqueo busca entre los vicios bajo el alero. Encuentra en el tanteo la botella a medio llenar, cubierta por cueros secos.

Le saca el corcho y la ofrece.

Su último poco de vino.

El gringo taimado acepta – ahora encendido –, y le da un trago largo, angurriento. Le gorgotea el sorbo en el gañote, que lo embucha con ruido.

Sonríe y devuelve el frasco, ahora casi vacío. Al pasarlo, contra el resplandor del rescoldo, ve que le resta solo un traguito.

Lo devuelve sin un gesto de descargo.

Aún sangra, entre la barba.

El viejo recibe la botella y la deja en el suelo. Se prende mordiendo una lonja de carne que corta pegada a los labios. Mastica, fijando el ojo bueno en las brasas. Busca la botella y empina el resto del vino, demorándolo en la boca. Por disfrutarlo mejor.

Se arrepiente del convite.

El hombre rubio se pone de pie.

De las crenchas, resbalando por las sienes, le corren chijetes de sudor espeso que se frenan en las esquirlas de arena que tiene pegadas a la piel, y siguen. Para llegar al bigote y la barba engrasada, brillando, y ahí sí, gotear al polvo del suelo, y terminar rodando como una lágrima de mercurio envuelta en talco.

Camina hacia las sombras, tomando el arma al pasar. La sostiene sobre el antebrazo. El caño cuelga hacia delante y la culata se le calza en la axila.

Con la otra mano se abre el pantalón. Hará sus necesidades.

El viejo, presto, sigue la ruindad de sus pasos.

El perro, al verlo moverse, lo acecha gruñendo.

Corre tras él.

Luego ladra con furia muy cerca de las botas. Esquiva una patada ridícula que da en la tierra.

Los ladridos crecen en ferocidad, tras el ataque. El esfuerzo por espantar al cuzco hace al gringo orinarse en las ropas. Trastabilla. Maldice.

Al afirmarse, apunta al perro con el arma.

El viejo se para, padece.

Y la noche estalla en el estruendo de la pólvora. La bocanada de fuego, el chisperío, el ruido seco. El aullido.

Vuela hacia atrás, en pedazos, el cuzquito.

El criminal, ahora con tiempo, se acerca y orina los restos masacrados del perro. Jadea al orinar, con alivio. Sonríe y algo dice. Solo él lo entiende.

Jadea y sonríe. Tiene el arma en la mano.

Casimiro Millaqueo no cabe en su cuerpo. Se estremece, con una mano en la boca. Una náusea lo ahoga.

Mira sin moverse los restos humeantes de su amigo muerto. Se le doblan las rodillas, y la noche se le cae en pedazos.

El viento, naciendo de la nada, comienza a mover las pilchas, el ramaje del monte, los cueros colgados. El pelo blanco del indio, que suspira.

Su silbo enluta el silencio, como un gemido.

Un derrumbe de luna se pinta en la aguada.

El forastero desensilla el pingo, desmañado, y arrastra el recado junto a la fogata. Con esfuerzo. Huele a orín y a pólvora quemada.

Huele a muerte.

Se sienta, apoyado en los aperos. De una petaca bebe a sorbos. Hostil, mira sin ver.

Se duerme con el arma abrazada.

El viejo, entre las sombras, es un espectro. Abatido, grita un lamento de su raza a este espacio oscuro del mundo. A este espacio desolado y suyo. Una queja. Un responso al amigo.

La brisa mezcla el gemido con la noche y lo lleva a vagar por los mallines.

El hombre que huye al poco rato ya duerme profundamente. Agotado. Un resoplo le revienta en la boca, quejoso, y se acurruca contra el recado.

El indio viejo ya no ve en las penumbras.

Lo cubre la bóveda del cielo, minado de estrellas. La lumbre de las brasas aun sigue con vida y se amontona sin llamas, enfriándose.

La cruz del asador clavado en el rescoldo. Espera, muda.

Camina a duras penas, sin saber adónde. Sus pasos lo llevan hacia el rancho. Hacia su ruca.

Millaqueo pasa junto al hombre que duerme, que resuella durmiendo y huele a pólvora.

Huele a muerte intensamente.

Tropieza, casi ciego, con los restos del fuego. Sin querer, las manos se le aprietan al hierro engrasado, al hierro negro del asador. Clavado, firme en la tierra. Lo mueve hacia un lado y hacia el otro, se afloja, y se suelta.

En el tirón, sus brazos lo elevan a la noche cerrada.

Blande el arma imprevista y le crece la furia.

Se acerca al que huele a muerte, al forastero, que indefenso duerme con la cara hacia la luna. Y resopla, y sueña su último sueño.

Y baja, en el envión de los brazos leñeros, de los brazos arrancadores de raíces, de los brazos viejos, la barra afilada del asador, al centro del pecho del forastero. El que huele a pólvora.

Justo encima de donde abraza el arma con que mató a su perro. Del hombre que huele a muerte y que huye.

Del hombre que ahora abre los ojos y la boca, sorprendido. Del hombre que ya no resuella dormido, del hombre al que se le escapa la vida en un bramido, del hombre que tose su propia sangre, y grita, del hombre que ahora ve la muerte frente a él.

Y el rostro del indio viejo. En el ahora feroz rostro de Casimiro Millaqueo, se ve la muerte.

Del indio viejo que mantiene las manos encrespadas en el hierro, en el arma casual, en la lanza que lo atraviesa. Del indio viejo que lo clavó contra la tierra.

El hombre con olor a muerte, que ahora huele la suya, intenta erguirse y en estertores agónicos cae, ya tieso, y para siempre, sobre el braserío que escupe chispas, y vuelan cenizas.

Sobre el braserío, que al contacto con sus crenchas apelmazadas se despierta y crece en humo, en humo espeso, y en olor a muerte y a pólvora, y el aire se inunda con el hedor del pelo que arde.

Y el hombre con olor a muerte queda inmóvil, quemándose.

E inmóvil el viejo, vuelve a enviar hacia la noche su lamento. Su lamento en lengua pampa, que es una queja, un sonido de su boca cerrada, que le nace en el pecho. Y lo larga apretando los dientes.

Ahora es un alarido de guerra.

Despertó en la madrugada.

Sin querer, se descubrió mirando el alba. Se le mezclan las imágenes de la noche violenta. Se le mezclan las figuras de la muerte, y los sonidos. Y respira jadeante. Y el olor lo impregna, el olor de la muerte.

La muerte, que apareció de la nada.

Manso el día empujado por el sol, se ilumina. Celestea, sin nubes y se lleva entre sus garras la noche violenta.

Aun afiebrado por los sueños, con el torso desnudo, el viejo se moja la cabeza, junto al tanque.

El hombre que huía yace con el rostro quemado entre cenizas. Es carbón pegado al hueso, hasta el cuello. Hasta el cuero de la chaqueta que aún humea. La cruz del asador lo atraviesa, lo pasa del pecho a la espalda.

El viejo se agacha, le quita el asador. De un tirón. Lo limpia en la arena.

Arriba, a enorme distancia, sin que lo advierta, algunos ñancos, gráciles, aguantan flotando en lo alto. Planeando en la nada. Como papeles quemados, que escapan de una hoguera.

Rutilan.

El indio viejo arrastra desde los pies calzados con botas altas al forastero que apareció de la nada, al gringo de largas crenchas claras, al hombre que huía, al hombre que huele a muerte y a pólvora, al de la boca abierta y pastosa, al que perdió el rostro entre las brasas en la noche, lo arrastra, desde las botas, como a una raíz de algarrobillo hachado, como a un tronco muerto de madera roja, de madera roja con vetas amarillas, como a una rama muerta de ese bosque subterráneo, interminable, y por el mismo sendero, lo lleva a la pila.

Y los brazos del muerto se extienden hacia atrás, como elevándose, y el rostro es carbón indescifrable, y los dientes blanquean, y la chaqueta se traba en la arena, y la piel de la panza del hombre que huía queda al aire, la piel lechosa, rosada, del forastero con olor a muerte, y los brazos dejan una larga huella en la arena.

Una huella que cruzarán pronto los cascarudos, esa peste de bichos veloces, esa turba negra, apenas el sol comience a calentar.

Y el indio viejo lo arrastra hasta la cresta de la barda que repara el montón de leña apilada. La parva de raíces abrazadas, secándose. Que ya le llega al pecho. Y en la cima suelta sus botas, y sus piernas caen pesadamente en la arena. Y le mira el rostro que no existe, al hombre que trajo la muerte.

Y le dice que morir es malo cuando se tarda mucho tiempo en hacerlo.

Le dice, en rogativa, al muerto que huele a pólvora y a cuero quemado. Le dice que la muerte es mala cuando tarda, le dice que el dolor y el daño de la muerte cuando tardan, acobardan, y humillan.

En su lengua.

Y lo vuelve a remolcar desde las botas, desde las botas de montar gastadas, hasta el borde de la barda, hasta el filo mismo de la barda, y lo empuja, y el hombre que trajo la muerte ahora vuela, girando, desnudándose en el aire, y cae con un crujido sobre la parva de leña apilada.

Y nada más, y el silencio.

Y Casimiro Millaqueo arriba, en la cresta de la barda, cercano al cielo, invoca, mirando el horizonte, mirando el sol que ya aparece, su aullante conjuro.

Le dice, al hombre que huele a cuero y pelo quemado, al muerto, al forastero que apareció de la nada, que tuvo una buena muerte. Una muerte rápida.

Y que eso es digno.

Se adentró caminando al centro de la aguada, con pisadas livianas, por no mover el barro que descansa en el fondo. Con la lata en la mano.

El viejo fue cruzando hasta donde el agua es más clara.

En las orillas la aguada está pisoteada por los animales, y el agua es lechosa por la greda. Es barro líquido.

El viejo descalzado, con la lata de manijas de alambre en la mano, llegó hasta el centro del charco, hasta el ojo de agua. Qué diáfano observa, desde bajo las rocas y es el agua inicial, que brota de la tierra sobre un lecho de piedras. Miró en la transparencia y se quedó esperando que el fondo removido se asentara. Ahí, el agua ya es buena.

Cargó en la superficie más vecina del cielo, y allí apuró los pasos para llegar al tanque.

La lata con manijas de alambre, henchida por el viejo, al avanzar le deja una marca a la arena. La marca de chorritos que brotan de la lata, y la arena los chupa con su hábito sediento.

Luego el sol los remata, y el paisaje es el mismo. Se confunde, muriendo.

Una lagartija, una sombra en el suelo, se pierde entre coirones que amarilleando crecen al borde del sendero.

Después otra sombrita diminuta la sigue, con igual derrotero. Se detiene y lo mira, sin hacer movimientos.

Un enjambre de moscas se pegan a las tripas, se chupan a la sangre, se mezclan en la muerte del cuzquito del viejo.

Un hervidero zumbador de moscas, repugnante, se prenden a la sangre de lo que fue su amigo. Su hermano.

Deshecho por el disparo.

La cabeza apartada, oliendo a perdigones, arrancada del resto del perro.

Se muerde la lengua. Se la aprietan los dientes, en su último gesto.

Millaqueo enterró al animalito entre la sampa, en una lomada frente a su rancho. Una loma pelada. Lo cubrió con la tierra y con tres piedras grandes. Pesadas.

Y se quedó parado mirando, en silencio. Mirando las piedras que cubren la tumba de su amigo.

Y caminó, juntando las pertenencias del jinete que vino de la nada, del hombre muerto, del que ahora yace sobre la leña apilada, y fue tapándolo con sus aperos, su recado, su recado manchado de sangre, con el arma asesina que estalló en la noche, con las alforjas que cargó la mula, con su sombrero mugriento, su sombrero caído y oloroso, y cubrió así el cuerpo del muerto, sobre la pila.

Y juntó leña seca, caminó pausadamente, y juntó ramas finas, resecas, ramas pinchudas, con espinas como púas, lastimadoras, y las acarreó con paciencia, cargó gruesos troncos de algarrobillos, sacados con esfuerzo desde bajo la tierra, y los llevó a la pila donde yace el hombre que trajo la muerte, el del rostro quemado, y lo cubrió con la leña, hasta no verlo.

Hasta desaparecer, y quedar el forastero que vino de la nada, el hombre que huía, cubierto y en el centro de la parva. Y el olor, solo por el olor descubrir su presencia, el hedor de la muerte y carne quemada.

El olor, que lo revela en el centro de la leña.

Y el viejo, el indio que jamás atacó a otro hombre, el indio viejo que jamás tuvo una guerra, una guerra propia, y su hazaña fue siempre contra el desierto, contra la tierra, contra el viento, contra las raíces gigantes, para hacer la leña salvadora de los inviernos, ahora la tiene. Tiene su guerra.

Y encendió un coirón reseco, y lo alzó en la mano creciendo en llamas. Lo dejó que agarre, con ganas.

Y le acercó el fuego a la base de la parva de leña, que oculta el cuerpo y los bienes del forastero que vino de la nada y ahora está muerto, y el fuego creció, y aumentó gritando llamas, crujiendo, en un infierno.

Y la columna de humo trepó en el cielo. Humo blanco. Albo.

Y Casimiro Millaqueo miró las llamas creciendo, con su ojo bueno miró la hoguera gigantesca, y las lenguas implacables del fuego que llegan tan alto que pasan la barda, que tocan el cielo, y se pierden en el humo que sube.

El calor lo espanta y lo aleja, y se cubre el rostro con la mano, amparándose.

Se aleja, y contempla su creación. El ocaso de su guerra.

El fuego no deja nada.

El fuego, ahora, limpia la muerte, la muerte que trajo el jinete que vino de la nada, y se adueñó del rancho del viejo Millaqueo. Y el viento que sopla desde el norte lo enfurece, y el fuego ruge, crepita, y estira sus llamas buscando quemar si se le acercan. Y arde todo un día. Y alumbra toda una noche.

Las ramas verdes al quemarse estallan, gritan, y ese crepitar entre las llamas se asemeja al ruido del viento cuando furioso le pega al desierto, ese ruido de siempre.

Y el viejo lo contempla, adormilado. Y el fuego se consume, y el humo sube, y es cada vez menos. Y el humo blanco que sube parece no terminar nunca, y dura días. Y luego, el fuego se muere, se consume, hasta ser solo un montón de cenizas.

Cenizas que se enfrían, y el viento desparrama, impasible. Eterno. Y las devuelve al desierto. A la arena. A los matorrales impenetrables de algarrobillos. A las matas resecas de los molles, que en sus ramas pinchudas muestran greñas blancas de chivos, flotando en el viento.

Y en los días que siguen, como siempre, de verano a verano en Colitoro, Casimiro Millaqueo, a puro pie, cargando el hacha y la pala, deshace las distancias. Saca leña. Vivaquea en riales. Junta sus animales.

Lo acompaña el viento.

El viento que mece las ramas, y se arrastra por la arena que blanquea, lo acompaña el viento que mece las ramas con largas espinas y mece su pelo de viejo, que también blanquea.

Y el viento de soplar como siempre, remolineando, no deja nada.

Para Laurita (2003)