viernes, marzo 24, 2006

Once segundos

Ahí en esa inmensidad, en la profunda lejanía del desierto,
en este desierto que nunca tiene en cuenta nada,
que solo responde con silencio.
En el fondo de este océano, en este fondo rocoso,
agitado por los vientos que le nacen y mueren transparentes.
Esa mancha roja se mueve.



El ruidoso automóvil de mis sueños va lanzado en velocidad,
escupe ripio al avanzar (a más de cien metros de altura),
escupe ripio y ruge.

Y en once segundos,
ya sin gobierno sobre el caucho,
golpea y espanta, golpea sin control la banquina (y la chapa suena).
Y en el brillo del desierto estalla el polvo,
y luego el movimiento rojo gira con la gracia de un martillazo los 360 grados,
y al arrastrar el duro hueso del chasis se parte, se quiebra,
crece el ruido, pero ya no se escucha el ruido.
Solo es esa nube de tierra que agita el fondo de este mar,
un fondo marino que se enturbia.
En silencio.

Y el movimiento se confunde,
confunde pero no al desierto que mira esperando, sin pasión,
hasta que terminan de llegar al suelo valijas despanzadas,
y ropa volando,
y con su paciencia las espera, las recibe.

Recibe una lluvia de trapos que termina, que se calma, que se agota cuando se cumplen los segundos,
los once.
Y caen flotando en el aire celeste del cielo,
con sus formas humanas,
y en once segundos se aquietan, se duermen,
sobre el fondo de este mar inanimado de roca y arena,
y se van acomodando,
como pueden,
como el viento las deja cubrir el desierto.

Hierros torcidos, pintura roja saltada y aceite regando la arena,
y en la hondura (en lo escarpado) el sonido del sol,
quema.


(2006)

Robando libros

El vidrio del bar refleja mi imagen.
El vidrio con el nombre del bar pintado en letras rojas es un falso espejo, gracias a las luces del interior y a las penumbras que generan los árboles de follaje impenetrable de la vereda.
Veo mi cara allí, simulando la que tendré ya muerto, reflejada, en el vidrio cuando es espejo.
Es un fantasma mío.
Indiferente.
Con los ojos perdidos, hundidos en oscuros pozos de sombra, mirándome en silencio. Ocupando todo el silencio de estar solo en la mañana para observar las cuencas negras, sin ojos del fantasma del vidrio.
Cuando no, cuando utilizo su transparencia, veo la calle.
Veo la gente pasar como entre sueños. Sueños, que aveces son mi única vida real. Digo, mientras miro pasar gente que camina.
Aveces, agrego, nuevamente hablando solo.
Y juego a ver, y a no ver, mi fantasma. En el reflejo del vidrio del bar. El mundo está vivo.
El mundo está vivo, y nada vivo tiene remedio, y esa es nuestra suerte. Leí que contesto Bolaño cuando le preguntaron si el mundo tenía remedio.

No termino el café.
Solo me mojé los labios dos veces con el contenido del pocillo, en gesto de hacer algo. Simulé tomar el café. Nunca lo hago, me despierta mucho y prefiero en plena vigilia estar un poco dormido. Evitando un poco ver todo lo que pasa.
Temiendo ver todo.
El anciano de piel muy pálida y manos transparentes, se sostiene contra el mostrador. Como una araña agarrada a un ladrillo de la pared. Se sostiene, haciendo fuerza con los hombros. Clavando las rodillas.
Tiene la piel tan fina que se le ven los huesos, y las venas son cordones oscuros que se mueven junto con los huesos de los dedos apretando el vidrio del vaso.
Las uñas son de agua pintada, en la punta de los dedos.
El anciano se hace entender por el cantinero sin palabras, golpeando con el vasito vacío la madera de la barra.
Pide más de esa manera, y le es correspondida una nueva carga de liquido incoloro. Conociendo el código universal del quiero más.
La botella vuelve a su lugar en el estante. El contenido se aquieta.
Y el anciano le clava los ojos al liquido como agua y espera en silencio, con la boca entreabierta.

En un televisor que no emite sonidos, mudo y arrinconado, pero que se observa desde todas las mesas, se exhibe la muerte.
Pornográficamente se muestra el espectáculo de la muerte. Las imágenes nos quieren hacer creer que ese es el paisaje cotidiano, bombardeos a un país que es casi solo desierto. Cadáveres despedazados, mujeres y hombres llorando.
Las imágenes buscan legalizar las matanzas. Si aparecen en la tele todos los días, van aburriendo.
Muertos, y seguido el número de muertos.
Y el nombre del país que por desgracia tiene bajo su arena el petróleo que los americanos aseguran que es de ellos.
Y se lo hacen saber.
El anciano bebe a pequeños tragos sin ver la pantalla de la muerte. La pantalla que tortura.

Salgo a la calle y en una ráfaga me habita el gentío, que viaja amontonado en los micros, que se mueve enfrentándose en las aceras. Me habitan las voces y los ruidos.
Me habita la calle. Me invade.
Esa calle, de este mundo que ya no parece ser el mío.
Donde dos jóvenes se gritan una consigna que los divierte, y no entiendo ni lo que dicen cuando hablan.
No parezco de la calle, hasta que me vuelvo a enamorar de dos minas que pasan.
Me enamoro dos veces en la misma cuadra que camino lentamente, y me alivia. Como me cambia la cabeza la aparición de una mina buena, me dice el licenciado. Me cambia todo. Ahora en la calle recuerdo la confesión del licenciado y hago que si con la cabeza, y es cierto.
A quien no le pasa.

Y los pibes que juegan en la calle. Que moran noche y día la vereda, un enjambre de pequeños mugrientos y chillones.
Juegan a tener sexo.
Juegan sin pudor a cogerse en la calle. En la calle donde están todo el día para poder respirar, y evitar el aire pesado, irrespirable del lugar donde viven. Hacinados. Su corta vida.
La calle donde evitan el aire podrido de sus propios olores.
Los pibes juegan a lo que ven. Y ríen, ríen gritando. Imitando el grotesco que ven. Imitan lo que pasa donde viven. Pero en los ojitos les veo que no saben bien a que juegan.
Igual me incomoda.
Igual sigo incomodo por la vereda, ahora cargada por gente que me roza al caminar veloces, torpes. Que no evitan chocarme.
Porque jugar no es precisamente engañar. El hombre cuando juega finge, los niños no, los niños al jugar hacen una cosa importante, y seria.
Juegan a lo que serán.
Y en la calle, yo sigo jugando a encontrar mi fantasma en las vidrieras. Y otro habitante no frena tras los vidrios polarizados en el semáforo con luz roja, su flamante automóvil a pagar en cuotas.
Detrás, el griterío del juego de los niños se apaga. El obsceno trato entre ellos se esfuma.
Un pensamiento intruso me desvía la atención.
Pienso que tono de voz tendría Filloy al decir, que Dios en esta calle solo está presente en las puteadas.

Entro en la librería, solo mirando al descuido los cajones con libros apilados que hay al ingresar.
Busco.
Busco con los ojos afilados, hasta que doy con el lomo de la presa. Lo miro de reojo fingiendo buscar algo a su alrededor. Me alejo, abriendo ejemplares que nunca compraría. Me distrae algún texto ya leído.
Estudio la ubicación de los empleados, si me enfocan. Si están ocupados. Pasan esos minutos en los que ya creo que soy transparente, en que me mimetizo con las estanterías cargadas de libros.
Entonces vuelvo hacia la presa, lo extraigo del estante junto a su vecino. Finjo que pienso, que leo. Vuelvo a su lugar solo al vecino.
La presa sale a la calle entre mis ropas.
Ahora finjo apuro.
Y me voy.

En el reflejo de las vidrieras del comercio pasa mi fantasma sin mirarme.
En el parlante de una disquería la Bersuit frasea, quien no carga un bagayo en el prontuario del corazón...!!
En la primera plana de los diarios me venden la agonía del Papa tratando de hablar, traqueostomizado.
Que pasa con la intimidad de la muerte, me pregunto y toco el bulto del libro bajo mi ropa.


(2005)

Noche móvil

“Alguien tuvo la malhadada idea de llevar un perro a la casa. Y conviene decir que cuando Matías narraba ese detalle sus accidentales oyentes se veían forzados a reír. Pero no él, que cerraba en cambio los ojos en este punto como si quisiese mirar dentro del pasado.
Jamás vi un perro como ése, decía: comía cascaras de papas, cebollas, nabos, chauchas y cuanto se le venía a la boca; pero enflaquecía cada día más, a tal punto que los chicos, por referirse a las costillas, tan visibles, decían las espinas del perro.
A los pocos meses era evidente que el animal no viviría mucho tiempo. Una sola vez en su vida comió carne, mejor dicho la probó. Se la dio el tío un día, ante el asombro de todos. Pero adentro llevaba una píldora de estricnina.”(1)


Marqué la página doblándola en su extremo superior, apagué la luz y apoye el libro sobre el asiento de al lado, estaba vacío. En varios movimientos pude distribuir casi con cierta comodidad toda mi anatomía en los dos asientos.
Igual mis rodillas sufrían contra el plástico de la butaca de adelante.
Afuera, en la intemperie, la negra enagua de las sombras le fue cubriendo la carne al día; cuajando la incomprensible inmensidad del universo con los puntos brillantes de las estrellas.
Dejando bajo su seda la línea monótona de la pampa, y los impúdicos manojos de vellos, que son eucaliptus agrupados, cada tanto.

Los ojos cerrados siguen atentos, alertas, mirando en el insomnio dentro de esa noche móvil del colectivo. Esa noche de traqueteo, incómoda, con música de motor.
Nada incentiva más a la reflexión que las caminatas, o los viajes solitarios.

El micro, súbitamente, con el guiño encendido disminuyó la velocidad, desentono un rebaje en la marcha y se fue deteniendo mansamente dirigiéndose hacia el playón de una estación de servicios. Se balanceó en bruscas sacudidas cuando dejó el nivel del asfalto, y quedó clavado tras un corcovo haciendo mover las cabezas hacia atrás. Todas a la vez.
En plena ruta, en plena travesía.

Con mis ojos cerrados de viajero, esa noche, es tan profunda, que ya no se puede hacer pie en ella.
Siempre me tapa.
Me impregna y no soy nada, apenas un bulto en las sombras. Y mis ojos se abren en el mismo insomnio, dentro de ese mundo vacilante. Y en el desconcierto de la oscuridad por un instante (de desesperante angustia) soy Matías tratando de encontrar un acto de bondad en la persona de su tío, la perfecta imagen del demonio.

Un potente soplido me despierta, se abre una puerta con un sistema neumático y por ella ingresa el humo del gasoil carburado.
Ese olor antiguo, ese olor de madrugadas, ese olor de que papá sale en el camión.
Y el chillido metálico.
Una voz entre sueños dice que paramos diez minutos. Y baja entre el olor a gasoil encendiendo un cigarrillo, luego desciende también el otro chofer. Este sin hablar, tratando de ver la hora en su muñeca, enfocando el vidrio del reloj hacia las luces del parador. Se levanta el cierre de la campera hasta el cuello, y se frota las manos mientras camina.
Se escucha el motor regulando, ronroneando resignado. El resto es silencio.
Decido bajar. Bajo.

El aire de la noche me aviva plenamente al respirarlo, me alejo hacia la oscuridad del campo abierto evitando el escape del Mercedes y el olor de los baños, acostumbrando los ojos al horizonte negrísimo.

Que bueno es orinar mirando las estrellas.
Estar en el universo y especular que estamos solos, nadie más en esa vastedad.
Qué engreído pero, qué posible.
No se lo puede imaginar totalmente en nuestros insignificantes cerebros.
Y si no es así, si la vida nos vino de afuera. De esa oscuridad indescifrable.
Y hay alguien más, y de ellos viene nuestra estructura.
Esto que somos.
Termino mi acto evacuatorio vesical emparejador de clases sociales que tiene esta especie terráquea, y continuo buscando algún movimiento entre las estrellas.

Y si somos el producto de unos aminoácidos salpicados sobre una roca, que aparecen luego de una reacción fortuita entre energía que se fusiona. Que choca.
De impredecible origen.
Y sin pretenderlo vuela. Se desplaza en el vacío, en caída libre y no levanta ni viento. Nada, porque está vacío.
No hay, ni lo que pesa un ruido.
De ese infinito oscuro con algunas luces pequeñas.
Titilando.
En viajes a velocidad impensable.
Un meteorito. Un cascotazo de Dios.
Vuela llevando el juguito de vida y le pega en la boca a este planeta. Que como siempre deambula perdido, y se cruza sin mirar quien viene y liga el meteoritazo sin comerla ni beberla.
Y después sigue la adaptación de los jugos, y en su interior los aminoácidos se unen, colean y crecen.
En ambos casos es asombroso, pero regreso al micro. El hijo de aminoácidos que conduce ya está sentado en el volante, y se puede ir sin mí.
El viento sur ha comenzado a moverse, excitado, acarreando nubes y no es grato mostrarle la cara al maldito.

Una mujer joven lee, o simula leer alumbrada por ese minúsculo reflector encendido que tienen los ómnibus de larga distancia sobre la butaca. Un libro de Bucay.
Viaja sola, y finge estar tan ensimismada en la lectura que no registro ningún gesto que pueda aceptar como respuesta a mi fugaz presencia.
Ni un parpadeo teatral, ni un cambio de posición estudiado, ni un gesto de mejoramiento fisonómico.
Nada.
Paso junto a ella y me pierdo en las sombras de mi asiento. Sin provocar ruidos.
Ahora acechándola, como un cazador desarmado recuerdo un texto del Galo:
-“La chica decide reunir a los dos amigos en un solo cuerpo, el suyo...”.
Ya tengo el rostro.

No leas porquerías, - Pienso - mirando el reflejo blanco de las páginas del libro abierto.
Con el tiempo te ensucian las fantasías, y no te olvides que de eso van a estar hechos tus sueños.
Dejé a la mujer sola, para dedicarme nuevamente al cielo. Todo está en orden seguramente, me dije sin poder sacar los ojos de las estrellas que fueron desapareciendo tras densos nubarrones.


- Hace algo...!

Me había gritado Soria cuando nos despedíamos, luego de nuestro último encuentro. Cuando ya estábamos separados por un largo corredor del hospital. Y levanto una mano saludando, para continuar mirándome y después sí girar, y caminar hacia la puerta por donde desapareció.
Hacer, pensé, mirando esa puerta blanca que se había cerrado. Y no atiné a salir del lugar en que estaba parado.
Aveces es mejor no hacer nada.
Hay gente que es más peligrosa por su falsa actividad, más molesta, más amenazante, que si se dejaran de “hacer algo”.
Si se dejaran de fingir, me dije, recordando el dialogo anterior a la despedida.
Recluirme un tiempo en la pasividad, quizá me marque el terreno para una verdadera actividad.
No sé.
La Plata nunca fue mi ciudad, fue un exilio que traté de negar. Vuelvo a un lugar que ya no existe, pero debajo de la piel siento un placer que me aprieta, que me da escalofríos.
Espero encontrar algo de la adolescencia, sin dudas, disfrazada por el tiempo.


Comienza a llover, y las gotas obedeciendo la gravedad corren por el vidrio hasta unirse disciplinadas en un charco que se forma en el marco de la ventanilla, y en su rechazo líquido a toda forma se escapan por las juntas del metal.
Se me cruzaron entre la oscuridad las fantasías adolescentes, cuando solo leía a Hemigway, y quería ser como él. Pescar grandes merlines en el Golfo, beber daiquiris dobles sin azúcar hasta perder el habla en el Sloppy Joe’s o en el Floridita, cazar búfalos en Kenya o minas por las calles de París.
Por un momento me recorrió el cuerpo la sensación de nadar mar adentro en plena noche, sin costas a la vista y sin saber la profundidad del agua bajo mío.
En un pequeño acto privado también me dije, que la seducción es una de las formas de cambiar el orden del mundo, pero cuando ella apagó la luz me quede dormido nuevamente.
El motor gritaba monótono, rumbo al sur.




(1) Fragmento del cuento “La lombriz” de Daniel Moyano (1930-1992) Argentino, publicado en 1964.

(2005)

Ejercicio de vuelo

Tengo que conocerla.
Le dije a mi imagen frente al espejo, mientras me afeitaba. Después me contuve de respirar, con un nimio esfuerzo, apoyando mi mano abierta y apretada sobre el pecho. Deje de respirar.
Así, diciéndolo así, se me aparece ahora como la materialización del suspenso. Y lo fue. Al menos en la pantalla que era el espejo, y en la que estaba mi rostro. Apareció el suspenso.
En plano americano.
Aguanté lo más que pude. Partía de la premisa de no saber adonde terminaba este juego.
Mantuve la apnea.
El escritor dios, sabe todo lo que pasa por la cabeza de sus personajes y sabe todo lo que pasa en la historia.
Me dije luego, ya un poco angustiado.
La cara en el espejo comenzó a abotagarse, a pasarla mal, la piel adquirió urgente un rubor avergonzado, en un lapso casi inmediato pasó a la palidez y del pálido al azulado, y mis ojos sufrían.
Me veía sufrir al mirarme a los ojos.
Los ojos brillaban saltones, se podía leer en ellos la huella del pánico. Pedían aire, suplicaban aire, y la boca se abría en gesto de vomitar, o gritar y la lengua sola salía por la boca abierta.
Hacia fuera, tocando los labios.
Como hinchada.
Hasta que no pude más verme la cara que tendría en la muerte, el gesto final y respire espantado, desesperado, con ruido, tosiendo, y aliviándome.
A bocanadas.
El rostro en el espejo cambió, por el de siempre. El brillo en los ojos continuó. Prolongó rastros de una agonía buscada, y sentí la humedad de los ojos al parpadear.
Afectado.
Sumergí después, repetidas veces la cara en el agua que cabe en las palmas ahuecadas, que suben juntas. Aplaudiendo ese poco de agua que transportaban en su hueco palmar las manos, desde el chorro de la canilla, y haciéndolo estallar contra mis pómulos y mis párpados cerrados.
Sonando, al contacto con la piel de la cara, como un cachetazo. Helado.
Mojando el espejo.
Llorando en gotas que caminaban por el espejo.

El efecto de esas palabras iba a resucitar recién al rato en mi cerebro hipóxico, cuando miré el reloj. Luché con los últimos rastros de barba armado de una maquinita inútil por el uso. Decidí terminar ya con la toalla en las manos.
Afuera, el amanecer en el horizonte era como el filo de un papel quemándose. Hasta que apareció la llama del sol, cegando, y brilló de tal manera que apagó definitivamente la noche.
Y el azul fue sublime.
El cielo azul de la mañana fue sublime. En las nubes vi moverse el día, y me olvide de la cara que tendría en la muerte.
Afuera ahora, estaba ese mundo que es la mañana.
En el que todo se mueve.



Antes de conocerla, mientras caminaba y ya imaginaba el encuentro. Vino a mis pensamientos entrecortados por el ruido de la calle, la voz de Soria diciéndome.
No sé mucho de ella, pero de verla actuar una noche en una guardia puedo decirte que: es insoportable.
Soria es impiadoso, lo sé.
Pero preciso.

Sentado frente a ella, la vi obligada a seguir con sus ojos mis labios al hablar. A intentar comprende mis palabras disimulando esfuerzos extenuantes.
Apoyaba sus pies juntos sobre los dedos en el piso de madera, elevando los tacos.
No hacia nada con las manos.
Cuando más confesiones de brujería se consiguen bajo tortura, más difícil es sostener que el asunto es pura fantasía. Le decía.
Y que la infidelidad –aveces- es una maldad.
Aveces.

Intentaba pensar (ella).
Seguir mi relato, acotar algo entre las frases. Pero solo ofrecía un parpadeo exagerado y un movimiento de su cabeza hacia atrás. Un gesto ambiguo, casi torpe.
Le hablé del estilo insoportable de Elfriede Jelinek, y de su mundo imposible. Le tenía la cabeza como agarrada entre mis manos, no la dejaba mover.
Sin tocarla.
Le acerqué mi rostro mal afeitado hasta sentirle el olor de la piel.
Olor a jabón, olor a jabón rancio.
Seguro uno es, lo que hicieron con él, le espeté. Seguro también que ignoraba a Sartre.

Ella había casi gritado, con su voz aguda, monocorde, que el matrimonio es una versión organizada de la prostitución. Soria me acercó detalles de un dialogo que tuvieron en una reunión familiar. Lo disecó, lo destripó al marido en el tiempo que le duró una copa de vino blanco en la mano. Me dijo.
Tengo pruebas temibles de que el diablo aún sigue vivo, agregué.
Y que la mentira, y todas las mentiras subsiguientes al engaño inicial pueden crear un clima insoportable.
Gradualmente, fui bajando el tono de aquella prueba de humillación.
Respiré.

Por la puerta vaivén, que se abre hacia adentro, ingresa el par de disfrazados. Dos disfrazados y un solo disfraz. Un caballo de trapo multicolor de ojos muy abiertos y una lengua de paño rojo pegada aun costado de la boca que simula una gran sonrisa, o una carcajada.
En su interior saltaban y bailaban divertidos los mascaritas.

Dos pasos para adelante, y luego dos hacia atrás.
Y el de adelante, el que veía, llevaba la cabeza también dos veces para un lado y dos para el otro.
El de atrás, agachado, le abrazaba la cintura al dueño de las patas delanteras perdiendo aveces el ritmo y desencajándose por momentos el equino artificial.

El poco público extrañado comenzó a reír, por algún tropezón. Por alguna patada.
Cantaban “Los caminos de la vida” acompañando a Vicentico, se ve con algún grabador oculto bajo el disfraz.
Repartieron en las mesas habitadas unas pequeñas tarjetas de cartulina roja, que decían:

La Sociedad Rionegrina de Aeronáutica Experimental ofrece diez mil pesos de premio al primero que consiga realizar un vuelo de un kilometro de longitud a cualquier altura, basado únicamente en el principio mecánico de aleteo continuo e impulsado por su propia fuerza. (La demostración será regida por las normas de medidas y observación de actos científicos de la Asociación)- No se aceptan reclamos –

El de adelante relinchaba, y guardaba las tarjetas sobrantes en los bolsillos de sus patas.
El otro le decía: enfilá hacia la puerta, huevón.
Se fueron dejando un olor pasajero a sudor y a tela pintada.
Leí su apatía en los gestos, en su pensamiento que aparentaba el vacío. Al decir de su mirada.
Yo veía el vacío.
Se me cruzó nuevamente la voz de Soria diciéndome, no conozco a nadie menos sexy. Y moví la cabeza afirmando, reafirmando a Soria.
En los juicios por brujería no se admiten pruebas atenuantes, o testigos de la defensa.
Me escuché (pensaba en Soria).
No creo que sepa ni de que estoy hablando. No busqué orientarla al tema donde me había nacido el odio. La rodeaba, sin llevarla a ningún lado.

Pensé en los thrillers sobre los horrores de la vida urbana. Me la imaginé ya no sentada frente a mí, si no tirándose por una ventana con pánico en la expresión del rostro.
Luego veo el interior de un departamento con la ventana abierta, decorado con afiches de películas de Almodovar y flores de plástico.
Me asomo a la ventana, y hostiles vecinos miran hacia la calle por otras ventanas iguales.
Linderas.
Ya se había juntado un gentío alrededor de la mujer estampillada contra el pavimento. Alguien se arrodillaba pegado al cuerpo inmóvil.
Había sangre en el pavimento.
Poca sangre.
Un hombro luxado hacia atrás, seguramente luxado por la posición del brazo que sostenía con correas de cuero fijas a un arnés, las alas mecánicas.
Y en los ojos abiertos la mueca del terror.
Y luego si, quienes la rodean dejan de mirarla y buscan el lugar desde donde fue la caída.
Miran hacia la ventana abierta. Hacia arriba.
Por donde yo me asomo.

Finalmente la veo pararse. Sin correr hacia atrás la silla en que está sentada, por lo cual para huir tiene que hacer un movimiento que la incomoda. Apoyar, para sostenerse, una mano en el asiento, y pasar luego las piernas por el costado de la silla.
Perdiendo postura.
Se para sin dejar de mirarme con desprecio. Aprieta los labios quizá conteniendo una nausea.
Y en los ojos se le mezcla el fantástico odio y el fantástico desprecio, que aparece en la mirada femenina cuando le es imposible hablar.
Y en los pómulos le brilla una fina capa de sudor furioso. De frío sudor furioso.
Y logra dejar la silla. Molesta.
Y no habla.
Y da media vuelta, y se retira sin volver la cabeza.
Y antes de llegar a la puerta vaivén uno de sus tacos resbala y el tobillo se tuerce, trastabilla.
Baja la cabeza para mirarse el pie. No vuelve la cabeza hacia donde yo la observo. Si, se acomoda el pelo. En el próximo paso disimula que ya es normal, y aún más apurado.
Y sale. Odiando.
Las dos hojas de la puerta se abren hacia fuera y quedan moviéndose, entrando y saliendo.
Agitadas.
Hasta que se alinean, se amigan y pactan. Inmóviles.

La seducción –me digo- es siempre más singular y más sublime que el sexo, y es a ella a la que le atribuimos el máximo placer.
El sexo –aveces- es el hiperrealismo del goce. Me digo después.
Aveces no, aveces es un acto gimnástico con un final más o menos torpe.
Más o menos –digo, percibiendo que hablo-. Y miro hacia el movimiento de la calle.
En este nuevo silencio, entre un sentimiento de pesar por haber hecho algo, escucho una pareja de ancianos dialogar casi a los gritos.
Repetir lo que ya dijeron, y olvidarse lo que dijeron.


(2005)

El fin del mundo

Porqué Zidane recibe la pelota entre dos rivales que van a golpearlo, los elimina con una gambeta, y no lo tocan?
La cede a Roberto Carlos que sube por la banda, este llega al fondo, y en un solo toque envía el centro a la media luna del área.
Y el francés de aire, impacta el balón con la cara externa del pie izquierdo. Y la bocha vuela obediente y se clava en el ángulo?
Y el arquero la mira pasar, y el estadio del Manchester queda mudo, admirándolo y odiándolo?
Porqué no mueren más criaturas atropelladas en las calles?
Miles de automóviles pasan todos los días a gran velocidad, por delante de los colegios junto a las veredas donde ellos juegan sin conciencia de peligro.
A nadie le sorprende que aviones que pesan cientos de toneladas se desplacen por el aire sin ningún problema. ¿Les parece normal que se vengan abajo con tan poca frecuencia?.
A nadie sorprende que luego de años aspirando varios paquetes de humo cancerígeno al día, sólo uno de cada tres fumadores muere a causa de este vicio?
Por qué el Quini o la lotería en sus pozos más grandes siempre le toca a algún muerto de hambre? A un tipo sin laburo, y lleno de deudas.
Cómo es posible que los matrimonios duren tantos años?
Cómo se reciben de abogados ó médicos semejantes animales analfabetos?. Cómo aprueban los examenes?
Cómo puede alguien llegar a presidente de la nación, ó gobernador de provincia sin ningún mérito que lo justifique? Y sin que el pueblo los quiera como sus representantes?
A quien le asombra leer el cuento “Todos los veranos(*)”?, y pensar que lo hizo un simple mortal? (alguien que vivía y sufría como nosotros, y que los intolerantes no lo pudieron soportar).
Porqué un tipo tan feo y aburrido, se cepilla a semejante pedazo de hembra?
Si se ha planteado alguna de estas preguntas y ha llegado a pensar en la intervención divina, estaba en lo cierto.

Dios nos creó así, imperfectos y libres, y aquello le proporcionó una diversión sin límites.
El creador desde arriba, se pasaba días enteros cagandose de risa. Divertido.
Mirando a los seres humanos tropezándose, chocando sus vehículos por maniobras imbéciles, no usando preservativos, eligiendo a sus representantes tras ser seducidos por discursos, quemándose con el fuego una y otra vez, cometiendo las mayores estupideces por amor, o ahogándose en los río por intentar impresionar minas.
Pero se dio cuenta de que si dejaba al hombre a su libre capricho, se iba a quedar pronto sin joda.
El ser humano era demasiado torpe, se encamina a la extinción en muy poco tiempo.
El impulso autodestructivo del homo sapiens no tiene límites.
No contentos con sus torpezas cotidianas, un grupo de hombres, eligen a George W. Bush como rey del mundo. Y este organiza un par de guerras por año, de consecuencias devastadoras.
Esto no podía ser.


Cuando Carlitos de la Rioja murió, el Creador se encontró en un aprieto.
Había sido un político hábil. Había lavado, aparte del abundante dinero del narcotráfico, el cerebro de millones argentinos.
Había amasado fortunas, gracias a los generosos actos de corrupción de su gobierno. Que exigía a sus adeptos silencio y votos, a cambio de promesas de salvación eterna, y vivir en el primer mundo.
Había practicado la poligamia, y la mentira sistematizada, y hecho perder la virtud a centenares de jóvenes militantes por medio de engaños.
Había ingerido y traficado con todo tipo de drogas, y subvencionado alguna que otra campaña militar en países hermanos, también subdesarrollados. Vendiendo armas que no funcionaban, a buen precio.
Había dejado un país en ruinas.
Merecía arder en el infierno por toda la eternidad.

Sin embargo, había un factor atenuante.
Carlitos de la Rioja, a su manera, había ayudado a la gente. Algunos actos de gobierno que había realizado habían funcionado y, de ese modo, había mejorado la vida de algunas personas. Los grandes capitales lo amaban, cada vez eran más ricos, gracias a su política de estado.
Estaba el caso de aquella vendedora de cemento que tras ser tocada en la frente por el reverendo Carlitos, llegó a convertirse en la dueña de grandes territorios y trazados ferroviarios nacionales, monopolizando el mercado. Y encabezó el listado de los más ricos, en las sociedades de beneficencia de Nueva York.
Comprando obras de arte carisimas. Que colgaba en su piso de la Gran Manzana, y observaba solamente ella, desde su silla de ruedas.
O aquella joven funcionaría liberal, hija de un célebre economista de gobiernos militares que, gracias a su toque divino, mejoró enormemente en su aspecto y en bienes.
Vendió empresas del estado con la misma soltura con que se negocia con el verdulero, y terminó en la tapa de las revistas cholulas en bolas, solo cubierta por un abrigo de pieles de animales en extinción.
Que su secretaría de estado debía proteger.


Carlitos fue llevado ante aquel cuyo nombre había pronunciado tantas veces en vano.
Desde su enorme trono, Dios le dirigía una colérica mirada.
Los grandes bucles de su barba blanca se perdían en el infinito. Tras un espantoso silencio, que pudo durar siglos o segundos, Dios habló y su estruendosa voz hizo temblar el universo.

- Carlitos..., has sido un auténtico hijo de puta...!

Al político de la Rioja le sorprendió el lenguaje utilizado por el Creador.

- Me arrepiento de mis actos... Señor...!, humildemente...

- Tu tono de voz no me convence en absoluto...! - Contestó Dios con frialdad.


-De verdad, de verdad...Señor...!, no puede haber nadie en el mundo más arrepentido que ioo...! - Dijo Carlitos, entre sollozos.

La voz de Dios se llenó de furia, y en el cielo aparecieron miles de relámpagos amenazadores e imágenes apocalípticas.

Dudo que jamás logres redimir la magnitud del mal que has hecho a este país..., en vida...!

- Te condeno...!, a vagar por la Tierra y ayudar a los hombres...!

- Déjeme señor..., déjeme que le explique, humildemente, ... cuales eran mis planes para mis queridos hermanos...y hermanas de mi patria...!


-¡Hágase el silencio! - dijo el Creador, enojado.

Y una vez dicho esto, lo miró con indiferencia e hizo un gesto desganado con la mano, como quien se aparta una mosca de la nariz.
El ex presidente vio pasar las nubes a su alrededor.
Veloces.
Estaba descendiendo en caída libre hacia la Tierra.
Bajo él, podía ver montañas, ríos serpenteantes, pequeñas poblaciones y campos sembrados aproximándose rápidamente.
Entró en pánico.
Se puso a mover los brazos en un intento desesperado de salvarse, hasta que se dio cuenta de que en su espalda habían aparecido dos apéndices alados.
Marrones oscuros. Con plumitas.
Carlitos de la Rioja se había convertido en ángel.


La primera buena acción del político corrupto tuvo lugar en un aula de un pequeño colegio del interior del país.
Carlitos se encontraba aleteando por el aire de la clase, cuando su mirada se fijó en un niño que estaba peleándose con un problema de matemáticas.
Jaimito, así se llamaba, era el niño más torpe de segundo grado.
El ángel leyó el sencillo problema matemático, cuya resolución necesitaba de una simple resta y le susurró varias veces el resultado a la oreja. Jaimito, con poca convicción, escribió el número en su cuaderno apretando la birome.
La maestra sorprendida, al ver que el niño había escrito la solución correcta, decidió preguntarle el resultado, para así mejorar la baja estima que el alumno tenía de sí mismo.

- Veintisiete...! - Contestó Jaimito.

-¡Muy bieeeen... Jaimiiiito! - Celebró la maestra ¡Pero muy bien!,... ¡Esa es la respuesta correcta! Te felicito...!

El resto de los alumnos de segundo grado miraban a Jaimito con admiración y él, por primera vez en su vida, se sintió realmente orgulloso de sí mismo.

- Jaimito, pasa al pizarrón para que veamos todos... cómo has resuelto el problemita...!. – Dijo la maestra.


El niño sintió tanto pavor que se meó y cagó encima, provocando la carcajada maliciosa en todos sus compañeritos.
Este no era el Jaimito de los cuentos, podía afirmarlo.


Tras varios intentos igualmente fallidos, Carlitos se dio cuenta de que ayudar a la gente no era tan simple como había creído.
En su existencia como mortal se había pasado la vida convenciendo a la gente de que él era el mejor, que lo siguieran. Que haría de la justicia su arma más importante.
Que no los iba a defraudar.
Prometía éxitos, fortunas, y futuros mejores, los llenaba de esperanzas. Sabiendo que cada vez serian más pobres e ignorantes.
Y dominados.
Hacia de sus tramposos amigos, honorables jueces de la nación. Para ayudar a sus patrones capitalistas con fallos perversos, contra los laburantes.
La gente vivía engañada, creyendo posibles cosas que no lo eran. Y así, las frustraciones los fueron minando. El hambre fue la sensación más frecuente que poseían. La desocupación ascendía meteóricamente, junto a la delincuencia, la corrupción policial y la violencia inusitada.


Juan era un periodista joven atractivo y brillante.
Trabajaba a destajo en la televisión privatizada por Carlitos de la Rioja. Ella era una hermosa joven con un cociente intelectual extraordinario. Acababa de graduarse en ciencias de la comunicación en la universidad del Salvador.
Se gustaban desde la primera vez que se vieron, pero había algo en Juan que ponía freno al romance.
Algo que ella no podía descifrar en su cabecita rubia.
Hasta que Juan se sinceró ante las cámaras, un día en que las sustancias que utilizaba le jugaron una mala pasaba.
En el momento de mayor audiencia del canal, dijo que era puto.
Y que le gustaba.
Las sustancias utilizadas diariamente se empecinaban en deteriorar su belleza y calidad intelectual, de investigador y periodista. Sus programas de denuncia y cámaras ocultas, atrapaban solamente a la numerosa audiencia homosexual. Que él aseguraba estaba en crecimiento geométrico.
Y tenía razón.
Unos meses después lo internaron por sobredosis. Y depresión asociada a las drogas. Los colegas amigos decían en programas farandulescos, lo lamentable de su caída, y que se iba a recuperar.
Pronto.
Algunos trolos, que integran indispensablemente los paneles de estos programas, mostraban tristeza. Solo en el momento que los enfocaba la cámara.
Luego se cagaban de risa.
Ella tubo una serie de romances, que fueron tapa de revistas del ambiente. Durante el verano mostró las tetas para Play Boy de Argentina. Por un buen dinero.
Igual que Juan, ingresó al consumo de sustancias. Se frenaba con tequila.
Era lo más cool.
Aumentó un poco de peso, se la escucho opinar desafortunadamente sobre temas que no conocía en almuerzos televisivos.
Juan dejó una carta, y se zambulló de cabeza desde el balcón de su hermoso departamento de barrio Norte. Sin oponer las manos a la vereda de baldosas, que en un segundo se le vino encima. A través de sus grandes ojos verdes, en el aire, veía borroso.
Los huesos del cráneo no pudieron salvar el contenido blanduzco y frágil.
Le estalló la cabeza.
Duró su agonía más o menos tres noticieros. Lo lloró sinceramente todo el mundo, sobre todo las minas y los putos. Tenia treinta y tres años.
Ella no apareció en cámara.
El ángel de alas marrones lo sobrevoló hasta último momento. Hasta cuando se anunciaba la donación de sus órganos.



Por lo general, los ángeles disfrutaban de su vida en compañía de los hombres. De vez en cuando coincidían en una plaza o en un bar, y hablaban de sus vidas anteriores, y de la satisfacción que proporcionaba ayudar a la gente.

-No creo que sean conscientes de lo que están haciendo...! – Les decía Carlitos.

-¿Qué me querés decir...?- Preguntó un joven ángel.

El ex presidente tuvo que esperar antes de contestar, porque el ángel se había levantado para señalarle a una niña de tres años que lloraba perdida, dónde estaba su mamá.

- Los estamos engañando...!, esto es chamuyo...!, de esta forma no estamos ayudando a nadie...!


Mohamed Ata Jr., se enfrentaba al mayor reto de su carrera de piloto suicida, entrenado en la real fuerza aérea británica. Con el nombre cambiado a un borrachito de Liverpool, por su organización terrorista.
El Boing 747 salía con la máxima carga de combustibles en sus tanques del aeropuerto de Los Angeles.
El pasaje con capacidad completa. En su mayoría escolares.
Ata Jr. tomó los mandos un momento antes de sobrevolar el nuevo estadio de los Lakers.
Esa noche se disputaba una semifinal de la NBA.
Una pasajera afroamericana que dominaba las artes marciales, logró reducirlo y evitar que se estrellaran contra el mega edificio repleto de gente.
El árabe se suicidó mordiendo una cápsula con veneno que mantenía en la boca, por si las moscas.
El ángel de la cabina del Boing, suspiró aliviado.

Pero en Caballito, una anciana al tratar de observar un atardecer de Buenos Aires. Desde su balcón del octavo piso. Con “Jazmin”, su mascota, en brazos.
Un chihuahua blancuzco, con cobertor de paño a cuadritos atado al cuello.
El perrito sin previo aviso, saltó al vació.
Y al desplomarse desde aquella altura y destrozarse contra el suelo, el animalito aplastó en su impacto la cabeza del portero santiagueño que barría la vereda. Silbando un tango.
Aquello sucedió bajo la presencia de un ángel de mirada severa que revoloteaba sobre la avenida.

A partir de ese momento no hubo marcha atrás.
Los dueños de restaurantes perseguían a clientes indeseables, montados en modernas camionetas cuatro por cuatro, para balearlos en plena calle.
En los restaurantes empezó a quemarse la comida.
A los animadores de televisión, les venían ganas insoportables de “ir de cuerpo”, estando en vivo.
Los cadáveres de mujeres jóvenes aparecían en estado de descomposición, en descampados cercanos a las capitales.
Luego de las festicholas drogonas de los hijos del poder, en provincias tan pobres que la causa más importante de internación en los hospitales, es la desnutrición, y sus consecuencias.
Una niña palestina subía a un autobus repleto de escolares en el centro de Jerusalen, con diez kilogramos de explosivos escondidos entre las ropas, para inmolarse.
Los pibes morían atropellados frente a las escuelas, y también de hambre y marginación, en sus chozas tucumanas, formoseñas o bonaerenses.
Los honorables senadores de la nación recibían del propio gobierno democrático, jugosas sumas de dinero americano para levantar la mano, durante la votación de leyes corruptas.
Que producirían más hambre, analfabetismo a la población, y su consecuente violencia.
Algunas mujeres, en lujosas residencias rurales. Con vigilancia privada, cancha de tenis y masajistas a domicilio. Morían accidentalmente, de seis balazos en la cabeza. Según la versión de sus familiares más íntimos.
El consumo de pegamentos aspirado dentro de una bolsa de supermercado por adolescentes, se multiplicaba siniestramente.
Como los piojos en su propia cabeza.
Delanteros infalibles erraban goles “hechos”, donde solo debían empujarla.

El fin del mundo estaba cerca, era sólo cuestión de esperar.


(*) Su autor es Haroldo Conti (Argentino - Desaparecido el 4 de mayo de 1976)

La llegada

En los gritos, en las órdenes de desembarco, en medio del ruido de las olas al romper y el ruido del agua al clavar los remos. En los mandatos terminantes, en las advertencias, en los chillidos sumándose al sonido de la madera golpeada por un mar transparente y cálido.
En las gracias a su dios, en las bendiciones, en las plegarias, las homilías y la emoción de pisar tierra firme.
Tierra nueva.

En medio del sonido de chocar los metales de las armas y estandartes que los identifican, entre el viento suave sobre una playa desierta, entre el crujido de la arena blanca al hundirse bajo las pisadas de botas extrañas. Y al hundirse bajo pies desnudos, y rodillas que se hincan con fuerza y manos que también se hunden en la misma arena y la aprietan -a esa arena- con puños crispados.
Puños de manos que vienen del otro lado del océano.
En las voces que rezan con alegría y locura, en el llanto, en el clamor de las arengas, en las exclamaciones de sorpresa por tanta belleza. Ante esas criaturas, esas aves multicolores y esos seres extraños que corren desnudos, ante el verde infinito de la selva, ante el salvaje azul pleno de los cielos que miran agradeciendo.
En las advertencias de su poder, en los alaridos del ataque, de ataque impune a indefensos o inadvertidos.
En las decisiones para matar sin culpa, sin lastima, bajo la mirada de su único dios, que les lava esa culpa con solo hablarle a una cruz, esos palos cruzados que acarrean hombres vestidos con sotanas.
En los sermones, que autorizan la espada, que dicen no matas un humano cuando matas a uno de ellos. No tienen alma, son una excrecencia de la naturaleza.
En el pensamiento famélico, agotado por la travesía. En la prédica de la ambición. En la intolerancia. En las ordenes de sometimiento, de ejecución, de falta de respeto. De indiferencia.

Y las palabras de su ambición en esta fantasía, se mezclan con este aire, que es el tiempo real, en gritados derroteros hacia también, este azar de tierras calientes.
A este Sur.

Y se agregan al titubeo de no poder describir estas, las pampas infinitas, con cielos de insoportable azul y altísimo.
Con noches donde la bóveda cribada de estrellas lo abarca todo, y muestra los cuatro puntos cardinales a la vez.
Y descubren los puntos centelleantes de los astros juntarse con el suelo, tocar la tierra, como si brotaran del suelo mismo en un oculto horizonte de estallidos, de resplandores de nacimiento.

Así, así nos llegó el idioma.

Y buscaron dentro de él, buscaron las palabras para interpretar las lejanías.
Y el idioma discutió, la nunca vista y perfecta desnudez de la intemperie. Y se fue animando en mediterraneas avanzadas marcadas por el humo, por la sangre manchando sus armas, por la masacre.
Y sintió que allí estaban todos sus sueños encerrados.
Y se quedó.


(2006)

Leñero (los dias de Juan Castillo)

Burbujea el mediodia,
en la piel de los lagartos


Como cuerdas los tendones
se prolongan en los brazos,
casi se arrancan del hueso
aguantando la barreta.

Sin querer sus ojos secos, buscan la de vino blanco.
Se para, mira a lo lejos
descarga un chorro en la tierra
y hace girar la botella,
la aprieta fuerte en la mano,
por un segundo a la vida
la siente junto al garguero, y en ese espasmo se queda.


El cielo se fue afilando,
en los bordes de su cara.


Se resfriega lentamente
la manga sobre la boca,
con los parpados cerrados
aguanta que el viento pase,
lo entierre un poco en la arena,
vaya buscando las bardas, y se encrespe en los neneos.


Un silbo se desvanece,
volando por el silencio.


Repite el trago sin gestos
esta vez mirando el suelo,
fija la gorra en la frente.

La ilusión de eternidad
que lo moja por adentro, se fue cumpliendo en su espalda.
Escupe, palma con palma
se agacha y agazapado
grita enterrando la pala.
De golpe parte el hachazo
(es un brillo centellante)
que mata al algarrobillo,
justo en la firme raiz, y en lo profundo de su alma.


Rebota la mano blanca,
del sol entre los pedreros.


Para mi amigo Walter Ocampo (El poeta fundamental de San José -Entre Ríos)

(2005)

Azul (en el contorno del mar)


Ahora sin verlo, en el recuerdo,
en la tarde tajeada por el sol,
el mar se aparecía temible y azul, y en lo distante, en lo lejano,
ese azul se perdía dentro de sus ojos,
de mirarlo.

Y en el pelo,
en la grácil catarata desprovista de colores (que goteaba emergida),
se apoyaba la arena,
que es agua ausente,
y es un silencio (para siempre).
La plena concepción del azabache.

La ausencia (esa suerte de agujero en la materia),
era el negro.
De su pelo rezumante, recién empapado,
y el dibujo del viento en el agua.
(y la Calima,
el polvo del Sahara, suspendido sobre el mar.
Como niebla)
Coronando el espacio ligero, sutil de la cara,
Y los ojazos.

Los restos de la luna le caían al barranco,
la edad nos llovía sin mojarnos.
La niña jugaba en el desierto.

El mar,
el miedo del azul, es como el cielo.
Pero abajo.


Y de pronto,
a duras penas, en la sed que quema,
hoscamente en el fondo (el oleum pretiosum se impregna de esmeralda).


Transitando la piedra,
en el pómulo rudo del que se aleja,
doliéndole el color de la piel calcinada.
Se marcha el forastero.
La perra soledad se meterá en su lecho,
se encarnará en su lengua.

Y es un solo hombre.
Hoy sin amigos (los que lo esperan cuando cruza mundo).
No se que formas extraña,
que formas le duelen en las manos,
que ceremonias ya no necesita,
las lleva grabadas.

Un hombre solo, (ahí va, con sus pobres huesos).

Quiere estar de una vez en el día siguiente.

Los hechos solo ocurren en el presente

El día, ese espacio de angustia, tiñe el barrio de un gris mortecino, vacilante, y jugando se cuelga de un pilar de ladrillos que sujeta alambrados, de un postigo orgulloso de esconder resplandores, de veredas gastadas por la gente viviendo, o del reflejo fugaz de una mirada.
Y en un hechizo (en ese superlativo instante inesperado), a ese día omnipotente, déspota orgulloso de su sol, lo conmueve (lo ataca) el viento, que viaja eternamente, haciendolo fugaz, transitorio (brevisimo), y mortalmente tocado por las penumbras, que ya comienzan a invadirlo.

Sentados en el alto cordón de la vereda. Las piernas colgadas, pendulando, apenas tocaban la calle.
Los amigos decidían las fábulas, marcado - aveces - con la punta de un pie en el ripio, (y así) definiendo sus ideas en algún dibujo, que sintetizaba (torpemente) estructuras difíciles de obtener con la palabra.
Habían logrado superar, más rápido de lo que sus pobres cerebros aspiraban, la obsesión del paso del tiempo y de la muerte, captando (para su regocijo) que la belleza siempre existe, incluso en el espanto, incluso en el agobio.
No hablaban de la vejez (la maldita), que aun no les tocaba la piel de la cara, ni el poder de sus ojos (ni sus ganas). La veían como a una mujer lejana a la que no tenían acceso, y podían utilizar toda la vida para conquistarla. La adolescencia latía por sus arterias salvajemente (roja), en un ir y venir endemoniado.

La ventolera en un parpadeo dejó de soplar, pero el polvo que había arrastrado cubría con una roñosa túnica los muebles y las hojas de los geranios, que en macetas amontonadas, se asomaban por la vidriera de la peluquería. Logrando que todo fuera del mismo color.

No había distracciones para temas banales o cotidianos (ni respiro), seguro se acercaban a verdades trascendentes en su análisis.
Trataban de descular, - no sin esfuerzo -, la Teoría Geometríca Táctil de Tlon y sus aplicaciones fulbolisticas elementales, a utilizar en el potrero.
De ahí la necesidad de simplificar como hipótesis al lenguaje común esa frase sencilla pero mefistofélica : El hombre que se desplaza modifica las formas que lo circundan.

El humo de la alta chimenea que brota entre el tejado de la estación del ferrocarril, intentaba elevarse inútilmente, reptando a duras penas hacia el cielo acerado y cada vez más negro, para por fin soldarse con el horizonte de cerros pelados, estériles y viejos como el mundo, que ahora eran solo sombras.

Luego de golpear varias veces con el taco de la zapatilla, clavándolo en la arena finisima que se amontonaba al reparo de la vereda, progresando en un pozo, apareció entre el gris arenoso un destello plateado (fulminante), cegador. Y en un relámpago desapareció nuevamente en el mismo movimiento, sumergido (tragado), en ese polvo cósmico, que el viento junta constante, tozudo, cuando sopla desde el sur del continente (rabioso).
Los dedos de Puntin (crispados) lo desenterraron urgente, de un arañazo, hasta dar (voraces) con un cono de metal reluciente, del tamaño de un dado.
Con esfuerzo (disparatado) lo levantó en el puño cerrado, para luego dejarlo en el centro ahuecado de su otra mano. El peso era inaguantable, inadmisible (absurdo) para el tamaño, le dolía sostenerlo y espantado lo dejó caer con alivio (nuevamente) sobre el gris sideral amontonado sobre las baldosas, en un estallido sin ruido, (al chocar, en el impacto, volaron infinitas partículas microscópicas), lo ocultó con una rápida maniobra de su pie izquierdo, como una palada salvadora.
El objeto quedó cubierto por una montañita de arena inocente, sus ojos quedaron fijos, absortos, enfocando la montañita (cautivados). Suspiró profundo dos veces, borrando el cagazo ... y lo miró a Carucha, como quien se acobarda.

Tenían que planificar los movimientos hasta tener certera eficacia, y suficiente firmeza en sus palabras, para luego de resolver la hipótesis de que: los hechos solo ocurren en el presente. Algo sonaba a proyecto mágico.
Iniciar la demostración desde una posición estática, les resolvería muchas horas de ecuaciones futbolisticas irrepetibles. Comenzarían la demostración a partir de una jugada de tiro libre (es decir la Teoría Geométrica de Tlon con pelota parada). Querían mover la bocha desde un terreno conocido. No eran giles.
La evidencia practica en la demostración de estos teoremas debe ser irrefutable, sin discusión, categórica, inapelable, de la gran puta.
Aquí tiene que cumplir un papel culminante la picardía, la infamia leve, sintetizado en el aditivo del engaño, de lo insólito, de lo asombroso, de la burla leal, de la seducción que da ... el amague.
Esa forma de amenazar, de intimidar, de prepotear al rival, de fanfarronear con el cuerpo, con el gesto de la gambeta, con una mirada intencionada, con una rodilla que se flexiona hacia un lado y sale para el otro. Con esa explosión de encantamiento que es el contrincante dejado en el camino y que la pelota siga obediente (pegada) en el empeine.
Había que investigar hasta que en el presente (solo en ese destello efímero que es el presente), se produjera el efecto buscado.
Que la burla tuviera el resultado de un amague colectivo, de una gran chanza, con la sincronización total del grupo (todos los jugadores), como un ballet, modificando los espacios de la cancha, creando lugares nuevos por donde desplazarse sin marcas, sin roces. Camino siempre a lo mismo..., camino al gol. A la culminación perfecta del encanto.

- Si tenes la barata posibilidad de disfrutar con lo que te imaginás, con lo que soñás, con lo que ves cuando cerrás los ojos, o cuando quedás con la mirada fija en un punto distante pero sin ver nada, solo mirando para adentro... - Dijo Puntin.

- A la realidad ..., a esa puta legitimidad de la verdad, que te pasa en ese momento, ... la tenes dominada, sometida a tu fantasía y hasta la podes cambiar si te pesa demasiado...! - Concluía.

Sin verlo (mientras hablaba) dirigía sus ojos hacia el lento desplazamiento de un hombre viejo y pesado, que avanzaba por la vereda donde ellos estaban sentados (fabulando).
Las infinitas posibilidades de su origen lo rodeaban como un aura oloroso (intenso) a tabaco y naftalina, y un humo intrigante (intrigante para mí) perseguidor de sus ropas antiguas.
Era una prolongación del Asia Menor (de Babilonia o Alejandría) en la Patagonia, nunca nadie se interesó por su remota ascendencia de Hititas, o de Persas, era solo el turco de la tienda (de acá a la vuelta). Turco mugriento se comentaría por ahí, hostilmente.

- Los que dicen que sienten pena por lo que a vos te ocurre ..., esos son los peores ...! - afirmaba en tono sabio y contundente- ... son los más jodidos...! ... seguro están usando tus desgracias para sentirse mejor ellos, para atenuar sus propios quilombos y pesares...

- Desconfiales nene..!. Se por que te lo digo. -Y le pegaba una chupada al toscano que eternamente vivía en sus labios (humeante).

De su inteligente palabra pensante salieron variados anatemas nunca refutados (al menos oficialmente), y confesiones de sabia trascendencia y oficio, que seguramente influyeron en mi vida y en mi orden moral (si es que lo tengo).
Jamás abandonó su línea de charla callejera (aunque aveces incursionó - sin proponérselo - en terrenos que nunca debería haber pisado), y es el dueño de un latiguillo histórico (refiriéndose a las mujeres), que quedó esculpido en mi memoria de pibe, y que me repetía cada vez que podía, como para que no se me borre.

-... Todas son lo mismo...!!. - Decía con una sonrisa amarga.

También me enseñó que el amor es un estado de miedo constante a que te abandonen. Y que la pasión es el sentido de la vida.

Quien se quedó critica al que se fue
y todo el mundo sabe lo que pasa,
No se si yo me quedo o si me ire,
ya me canse de mi barrio y mi casa.
(M. Bigarrena)


a Jorge L Borges (1999)

Una tarde en la canchita de la iglesia

Habia un momento en la siesta, imposible de precisar cuanto tiempo duraba, en que nada se movía en esa extensión conocida del barrio.
Incluso el viento contenía la respiración, después de una inspiración profunda, para luego imponer un soplido implacable, repentino, casi mágico, y mover nuevamente la imagen fotográfica del pueblo. Dandole vida.
Nuestras figuras se recortaban solitarias, despreocupadas, sobre los andenes del ferrocarril de todos los días.
Vacios por la siesta.
Con “Fastidio” Ruano caminábamos hacia la iglesia, cruzando entre los vagones por debajo de los enganches, con la pistola en la mano, amartillada, como 007 persiguiendo espias rusos en una estación de carga londinense, durante la Guerra Fría. Era notable que lo hacíamos sin esfuerzo.
Fastidio era chiquito, gurrumin, casi una miseria, la ropa parecía siempre quedarle grande para sus pobres huesos cubiertos apenas por la piel.
No jugaba al fobal, el iba a la canchita solo a intranquilizar la vida o a romper las bolas como decía Carucha. No podía mantenerse quieto, ni dejar de tirar piedras, de colgarse en mis hombros, ni parar de hablar, constantemente.
En los partidos lo usábamos como “efecto distracción”, esto lo aprendimos de una película de guerra, en la matinee de los domingos, donde John Wayne con sus Boinas Verdes les hacia una maniobra similar a los japoneses atrincherados, tratando de tomar una colina en la jungla de una isla del Pacifico Sur, y después los mataba a todos, como hacen siempre los norteamericanos de las películas, y al final le meten un “The end” con una marchita militar tristona, y las letras, todas en ingles, siguen pasando, mientras las olas de un mar muy celeste van rompiendo contra una playa, minada de palmeras y cadáveres.
Lo nuestro era similar pero menos jodido, estrategias de barrio o tácticas de potrero mejor dicho.
Fastidio hacia calentar a alguien con sus boludeces y era un tipo menos para el rival, casi como si jugara para nosotros.

Yo creo que era medio raquítico. Mi vieja cada vez que lo veía, decía:

-Este chico no debe comer bien!.

Lo que si había que reconocerle - cualidades innatas y entrenamiento constante - era el mejor tirador de piedras del barrio y del pueblo, casi seguro.
Con sus bracitos lastimosos no podía levantar toscas muy grandes, ni pesadas. Siempre elegía chiquitas y playas, y no se porque, en un acto casi reflejo para precisión o cábala las escupía de un lado y ese lado lo ponía hacia arriba antes de arrojarlas.

Se que hice mal en ponerle “Fastidio”, pero era una molestia, como una mosca que te zumba frente a la cara.

- Mirá, gracias a vos...! -Me decía la madre.

-El sobrenombre que tiene Alfredito...! - Creo que le calzaba perfecto.

La tarde pintaba como todas, indiferente, solo pasaba. Nosotros sentados al reparo del paredón que cruza justo detrás del arco que da a la calle, dejábamos que se fuera lentamente. Las caras al sol. El viento no existía.
La iglesia a un costado parecía estar ausente. Esperábamos que alguien trajera una pelota. El cura dormía la siesta, imperturbable, como Dios manda.
Carucha de un salto se trepó por el parante que sostiene las redes y con poco esfuerzo se sentó en el travesaño del arco, quedo haciendo equilibrio con las piernas colgadas.

- No viene nadie...!, - Gritó, mirando hacia la playa del ferrocarril. La canchita era solo un resplandor caliente.
Fastidio se agarró con las dos manos del palo y trató con toda su poca fuerza de moverlo para que Carucha perdiera el equilibrio.

- No rompas las pelotas Ruanito...!, no ves que ni lo moves...? - Chillaba aun mirando hacia los vagones, mientras se sostenía por las dudas, cerrando las piernas con fuerza contra el travesaño.

- Alguno se anima...? a un duelo a ver quien mea más lejos...! - Desafió al grupo, que prolijamente se apoyaba contra el paredón igual que mejicanos frente al Saloon, en los pueblos del Lejano Oeste, desde arriba del arquito.
Puntin como Jhonny Wistmuller suspendiéndose de las lianas sobre un acantilado profundisimo donde cae una catarata para llegar hasta donde un forajido esta atacando y por violar a Jane, de un salto se colgó del parante y antes que nos diéramos cuenta ya estaba sentado sobre el travesaño, pero del otro extremo.

- Dale..! - Le dijo. El grupo los miró sin entusiasmo.

Carucha ya tenía la bragueta abierta, y se agarraba el cuerito que le sobra al pito entre los dedos, cerraba un ojo como haciendo puntería. Con la otra mano se afirmaba bien al palo. Soltó los dedos y el chorro salió disparado hacia arriba, buscando distancia finito y desparramado, no llegó muy lejos.
Impaciente, volvió a apretarse con los dedos mucho más fuerte, y ahora si, con un esfuerzo importante de los musculos de la panza, largó un fino chijete que mojó la línea del área chica. Sonrió satisfecho, guardó el arma cerrando el cierre del vaquero, se sopló la punta del dedo y mientras descansaba lo miró fanfarrón a Puntin, que estaba tranquilo con los ojos fijos apuntando a donde había llegado la meada del rival.
En un movimiento fantástico nuestro mejor jugador se paró arriba del tirante de madera como Burt Lancaster sobre las cuerdas del velamen de su galeón pirata al momento del abordaje y sin trabajo para mantener el equilibrio, con las piernas ligeramente abiertas, con un chorro espléndido y definitivo pasó casi por tres cuartas la línea marcada en el suelo, que apenas se distinguía.
Carucha cambio el gesto de la cara, en un puchero de calentura.

- Me cagaste, hijo de puta... !
Mientras caía en cuclillas, vencido, después de saltar como el Hombre Araña en plena persecución de malhechores.

- Measte de parado..., así cualquiera gana...!

Después, mucho después, cuando la voz de Carucha dejó de oírse, por el portón de atrás donde el cura guarda la Estanciera, apareció una sombra rechoncha.
El gordo lentamente caminaba hacia nosotros. Los muslos le rozaban uno con otro en la entrepierna, sobre las paspaduras, y el pantaloncito corto le apretaba la piel hasta casi formar parte de ella.
Entre las manos, apoyado contra el pecho, traía un fobal nuevito, como un tesoro inalcanzable, ni un raspón se le veía.
Los cachetes rubicundos y un brillo de sudor le cubría la frente y el cuello. El gesto de agrande, de soberbia se le notaba solo en los ojos, con los dientes se mordía el labio superior y parecía reírse.
Al identificarlo el grupo salió disparado hacia el centro de la cancha en medio de un remolino de tierra, ahora éramos la caballería yanqui que llega a salvar a los pocos sobrevivientes que quedan refugiándose debajo de una carreta en llamas, rodeados por un ataque de apaches renegados.

- Dale lechón...! -Le gritó Puntin, levantando un brazo en plena carrera.

- Tirá el fulbo...!, así pateamos un rato mientras elegimos...

Al gordo le cambio el gesto en un soplido. Como recibiendo una piña en la nariz. Se mordió el labio inferior, ahora con rabia y los cachetes se le fueron transformando en dos manzana rojas casi violetas.
El odio hizo que los inexpresivos ojitos le brillaran en el fondo de la cara. Satánicamente. Giró sobre sus pasos y se fue comenzando un trotecito ridículo.

- Lechón... ? - Gritó, rotando la cabeza para vernos a todos parados justo en el circulo central.

- Lechón...!, la concha de tu hermana..! - Siguió enfurecido.

- Ahora vamos a ver con que mierda juegan...? manga de hijos de puta...! - Y con el mismo trotecito grotesco se perdió por el portón que había entrado. Besando la pelota.

- No podes ser más pelotudo...! - Le dijo alguien de pasada a Puntin, que no sabia para que lado mirar. El sol seguía empecinado en quemar la iglesia.


(1998)

Como Sean Penn


El Flaco tiene la cara de Sean Penn.
La cara que pone cuando mira como comprendiendo algo, y le hacen un primer plano, y vos le ves en el tono de los ojos que el tipo está carburando. Que está metido en el personaje.
Y a la vez aprovecha y le pega una pitada al faso, y el humo le jode un poco en los ojos, y hace un gesto como cerrándolos pero no los cierra. Y la cámara le marca este gesto.
Es decir lo aprovecha.
Esto es lo que le veo yo, ese guiño de turro, de estar de vuelta, de manejar la situación.
Aparte el Flaco es mi amigo del alma y yo lo endioso un poco, lo meto en Hollywood.
Será porque lo quiero, porque los dos somos hinchas del Rojo y desde primero inferior que andamos juntos.

Ahora no le erramos un sábado a los bailes, desde que cumplimos los quince.
Eso si de inglés el Flaco, ni una palabra, en eso no se parecen en nada. No sabe ni decir yes.
No sé si Sean Penn sabe algo de castellano pero seguro que algo caza, y como las cosas sigan así no sólo los actores, si no todos los yankis van a hablarlo.
Va a ser el idioma oficial.
Se están llenando de latinos.

Esa noche pateábamos de regreso al barrio por las calles vacías. Otro bailongo que habíamos hecho agua, todos rebotes. Dos temitas y me voy a sentar porque estoy cansada.
Y ni hablar de los lentos, apenas una agarradita de manos. Ni que fuéramos leprosos.
El frío de la madrugada del domingo nos pegaba en los brazos y caminábamos como abrazándonos solos.
Fregándonos con las palmas.
Eso que mi vieja me dijo cuando salía, por qué no me llevaba un pulover.

-El retorno de los derrotados se llamaría esto, si fuera una película...!

Dije yo, y el flaco me miró como quién?
Sí, como Sean Penn.
Y fruncía el entrecejo, y abría un poco la boca y sonreía solamente con los ojos, moviendo la cabeza para un lado y para el otro..
Con cara de degenerado.

Aceleramos la marcha con ganas de llegar cuanto antes al calor del hogar, al calor de nuestras camas. Así que casi corríamos, apurando las últimas cuadras.

- Cogeremos antes de morirnos...?

Pregunté, mirando la claridad que empezaba a nacer sobre los techos de las casas.
Y Sean Penn, levanta la ceja derecha y me clava su fría mirada.
Y le leo en los ojos que no tiene respuesta.

(2005)

Para Aldo.

domingo, junio 12, 2005

Travesía

Travesía
La muerte no es la nada, sino que la nada es.
No hay lo contrario a la vida, su contrario no hay.
(Macedonio Fernández)



La cazonera cabeceando cercana a la costa, más allá de la barra, esperó la marea alta.
Como dormida.
Luego entró al río, ayudada por la fuerza del mar penetrando.
De la fuerza impresionante del mar, y del viento soplando del sudeste. Que encrespa las olas, las hace volar, las transforma en lluvia cuando blanquean al romper, y junta espuma gruesa, amarronada, en la playa.
Espuma espesa.
Que rueda en la arena, y vuela.
En copos de algodón mugriento, vuela.
Y se pierde entre los médanos, hasta volverse nuevamente sal.
El Haroldo vacila, se escora, se clava en las aguas peleando, batiéndose. Lo maltratan las olas. Enfurecidas.
Y sale.
Ahora levanta la proa sobre la línea blanca de las rompientes.
Se hunde.
Y vuelve a salir.
Y se hunde, y sale. Empujado por el viento.
Y cruza sin novedad los de bancos de arena.
La barra endiablada de la desembocadura.
El Patrón desde la timonera suspira. Aliviado. La botavara fija por los cabos a la borda cruje.
El barquito restalla, saliendo del oleaje del mar.
Los cordajes gritan agarrados, ajustado los nudos.
Ya en el canal, ya en río, el viento del sudeste silba contra la mayor y el foque. También furioso.
Tensa el velamen, lo hincha, haciendo panza en las lonas.
Orza el casco.
Y la quilla afilada se sumerge y sale a la superficie, y corta salpicando el agua verdosa.
Mezclada.
Del mar y el río en abrazo, besándose.
Y el Haroldo avanzando, se escora a barlovento, hacia la borda de estribor. La que da a una barranca pelada, que las mareas desmoronan. Comiendo desde abajo.
La barranca norte, la que da a Patagones.
Salado el soplido lo empuja.
En la trasparencia del Curruleuvú.
Que con la subiente inunda rápido los sauces de la ribera, desnudando de tierra las raíces. Dejándolas peladas, al aire.
El Patrón en su refugio de la timonera se afirma en el moler del mando, y no pierde de vista a Perromalo, que va apoyado en la proa.
Cual mascarón.
Con la plomada atada a un cabo en la mano, siguiendo el rumbo del canal. Buscando lo profundo entre la restinga que junta la corriente.
Como hipnotizado.
El joven con la boina calzada hasta las orejas permanece allí de pie. Sin moverse.
Al rato largo le parece que viajara suspendido sobre el agua.
Como un ave.
Sin tocarla.
Levanta la cabeza, y pasea la mirada en redondo. Solo lo distrae el movimiento de los pájaros que vuelan en la costa. Mientras enrosca en un brazo la amarra, prolijamente, al extraerla de las profundidades.
Respira el olor del río. Y apoya el codo libre sobre los ojos, para cubrir el sol que en la tarde le pega a las aguas hiriendo a quien las mire.
El Haroldo, la pequeña cazonera de un palo avanza en el río Negro. Ahora en singlar seguro.
Siguiendo el canal.
Acomete hacia el oeste por la boa de agua, indeciso. Por el reptar del cause majestuoso que lo resiste, amurallado de sauzales.
La cubierta es un caos de bolsas vacías, de madres con brazoladas de alambre y anzuelos pelados, de carnada podrida, cabos, y cajones con la cosecha mezclada de cazones, y corvinas negras.
Un tiburón de buen tamaño cuelga sangrando en la popa, sobre un charco, con el bichero clavado, tieso, en un ojo.
En la banda sur, una veintena de flamencos chapotea despreocupada entre cangrejales. El grupo de aves brilla como brasas quemándose, bajo el sol.
Agachados, sin moverse casi.
Picotean entre el barro. Y miran. Alertas.
Sumergen el largo pico, y la cabeza.
Y miran nuevamente.
Buscando.
El paso del Haroldo que se acerca, los alarma, levantan los cuellos, se inflama el plumaje, y emprenden vuelo tras una corta carrera.
Se elevan todos juntos, en rápido torbellino de alas.
En el aire giran.
Cambian el rumbo.
Ahora van hacia la otra costa.
Y pasan majestuosos, planeando, con las alas abiertas sobre la barcaza, cubriendo de colores rosados el cielo más azul del verano.
El muchacho busca con los ojos entre el ramaje que toca el espejo de la corriente en movimiento. Se escuchan voces de niños o mujeres excitadas por el goce del agua.
Hay chapoteos, y el agua que estalla.
El agua salpica.
Al moverse la embarcación las descubre en un claro. Son cuerpos desnudos que saludan gritando.
Otros observan escondidos en las sombras. Habitan cuevas que han cavado en la barranca.
El Patrón saca la cabeza por el ventanuco esforzándose en descubrir las siluetas disimuladas entre la vegetación y las lomadas, pero el reflejo del río lo deja ciego, y vuelve la cabeza, y se acomoda la gorra.
Y sabe que está cerca el puerto.
Tras los recodos el viento fue amainando, por el reparo de las bardas, y la arboleda.
Y de a ratos las velas sin la brisa cuelgan dormidas, y el Haroldo deriva sereno.
Frenado.
El río ya en la pleamar, parece un lago alargado. Un espejo reflejando el cielo, del verde al verde de los sauces que agitan sus labios con hojas, saludando.
De aguas dormidas.
Perromalo sigue en la proa con la vista fija, imaginando el destino. Fantaseando. Se saca la gorra, y le pasa la mano al pelo húmedo.
Se rasca.
Le arde el sol en la cara. Le arde el sol y el viento de la travesía en la piel de la cara.
Y le duelen los ojos de mirar sobre el brillo.
En el rolar del barquito el río se hace cada vez más ancho, y en un descuido, al cambiar el rumbo.
Al voltear la botavara.
Frente a la proa, aparece lentamente saliendo de la maraña de sauces un muelle de madera. Una punta que avanza. Como una daga que corta afilada la superficie, aplanándola.
Renegrido, el atracadero, rebasa entre las aguas quietas.
Y tras la arboleda tupida de la costa norte, impenetrable a los ojos. En la barranca empinada, se derrama un caserío, coronado en la parte más alta por las paredes y la torre de piedra del fuerte.
Ranchos blanqueados con cal resaltan entre calles en bajada, y yuyales.
Es el Fuerte del Carmen.
Imponente cuando se lo ve de lejos.
En el avance del Haroldo se comienza a dibujar la figura de un vapor de gran porte fondeado entre las sombras del poniente.
Junto al caserío.
Cercano al muelle.
A Perromalo no le dan los ojos, tratando de ver en la distancia. De descubrir movimientos.
Se seca los pies descalzos con las manos, se saca la mugre de la cubierta pegada entre los dedos.
Con las uñas.
Se calza las botas sin dejar de mirar el poblado que se agranda.
Distingue un bote a remo saliendo de la orilla sur. El agua que rompe la quilla en su derrota es transparente.
Lo mira al Patrón que sigue en el mando, en silencio.
Gira la cabeza, apoya el pie contra la borda, y tira la cuerda que fija la botavara.
El cabo chilla en el tirón.
Lleva un cuchillo pequeño escondido en la caña de la bota.
Atracado el Haroldo en una sola maniobra, arriada las velas y atadas las amarras. Los dos hombres descargan la cosecha de cazones, hasta un carro que tira una mula.
Del carro se desprende el intenso olor del pescado cuando se pudre.
Los hocicos largos, puntiagudos y las bocas abiertas. Los dientes pequeños y filosos de los escualos le lastiman los dedos. Al acarrearlos, arrastra el cuero áspero de los peces, por la madera del muelle.
El Patrón sin hablarle acomoda las líneas y los cabos mezclados en la cubierta. Baldean con agua del río la mugre de la pesca. La sangre reseca, los restos del mar.
Pasa a buscar bacalao, por el saladero...! - Dice el Patrón.
El muchacho se va diciendo que sí con la cabeza. No tiene donde ir, pero encara la calle en subida que llega a la plaza de la iglesia y el fuerte, con paso decidido.
Como si tuviera un destino cierto.
Vaga entre el rancherío.
Luego, donde termina el poblado, ya en las quintas, se llena los bolsillos de manzanas. Y busca en silencio un lugar solitario, sin perros que ladren.
Sin gente.
Y se tira a dormir bajo unos sauces solitarios. En los restos aun en pie, de un rancho de adobes, derrumbado.
Una tapera, que ahora es refugio de gatos famélicos. El lugar emana el olor a orina, de esos animales sin dueño. Que desconfiados huyen.
La vida está jugosa en las manzanas. Perromalo cierra los párpados buscando descanso.
Y lo encuentra en el sueño.
Así, como alguien que aparece corriendo entre las jarillas. Abriéndose paso con las manos, en un chasqueo de dedos.
El viento norte se enciende.
Cargado del calor de cruzar el desierto. Como un fuego invisible. De volar sobre el antiguo País del Diablo y el Entre Ríos del Sur. Sobre rastrilladas pampas.
Aparece quemando el aire.
Ahoga a quien lo enfrenta, y obliga a no mirarlo de frente.
Insoportable, acarrea torbellinos de arena, en su camino de enredarse y bailar entre chañares.
Carga polvo y arena.
Que lastiman la piel. Que pica.
El final del día entonces, se parece a un mar embravecido.
Quemándose. Insoportable.
El muchacho decide caminar por la costa, río arriba.
Evitando el viento.
Sube a una lomada donde en la cima el ventarrón lo ataca con tanta violencia que tiene que agacharse. Desde ese lugar puede ver donde el Curruleuvú se divide en dos brazos. Flotando hacia el mar. Dejando una isla poblada también de sauces en el medio.
Desde la parte más alta de la loma.
En cuclillas desafía la fuerza del viento, y mira en la distancia el horizonte inhóspito del Sur.
Interminable.
Es una línea oscura que tiembla.
Que se le escapa de los ojos.
Y mira la arena que entregada al viento viaja hacia el Sur, hacia la nada. Invitándolo.
Y en remolinos, convertida en espíritus que danzan, que juegan a irse, que lo llaman a volar, avanza.
Se desplaza veloz, sobre el desierto.
Territorio solo del indio.
Mirando en la distancia, se pregunta por que había vivido hasta ese momento, en que él solo, desafiaba la ventolera y soñaba con volar sobre la nada.
Como el viento Norte.
Siempre algo se espera, por eso se vive.
Siempre se espera más.
Mira hacia el territorio indio, y siente que la soledad lo protege.
Y lo protege el silencio.
El silencio, y la soledad lo emancipan. Lo liberan.
Y ahí está, solo y desnudo.
Y no necesita de nadie.
Mirando el inmenso país ondulante, que pardo se recuesta de este lado del confín del horizonte.
Hasta donde dan los ojos.
Como un dardo lanzado de la nada, un súbito punto cruza distancias azules.
En el grandioso mar de arriba.
Una sombrita que vuela. Aletea y sube.
Y el viento lo ayuda.
Un halcón lanzado en caza, remonta hasta tan alto en la tarde que cuesta verlo.
Que se pierde en la distancia vertical.
Desaparece.
El muchacho abre los brazos imitando las alas del carroñero cuando planea, y cierra los ojos. Y luego baja hasta la costa, dando grandes saltos.
Arrancado nubes de tierra, en las frenadas de sus botas.
Arrastrando con las manos, y clavando los tacos, que impiden que caiga.
Que ruede en el declive.
Se para por fin delante del derrumbe, junto a una barranca que le crece pasto tierno.
El agua del río se va encrespando. Se pica. Se oscurece.
Al peinarla la brisa.
Un telón de álamos plateados se ilumina y se apaga, por los golpes del viento.
Se ilumina y se apaga.
En la otra ribera.
Enfrente.
En la distancia.
Una tropilla ruidosa de matungos flacos, se acerca al río buscando beber. Se abren paso topando entre el ramaje que los hacia invisibles, y se descubren retumbando los cascos.
Las patas en el aire.
En la atropellada ingresan a la corriente rompiendo el espejo que corre, forman espuma, salpican, chapoteando sedientos, resoplando, hasta que les llega a la panza. Y se frenan. Y beben.
Los acompaña un joven aborigen, bien montado. En pelo.
Con un arreador en la mano.
Que no usa.
El indio y su tropilla despedazan la nada. Como un aparecido.
Perromalo los observa en silencio.
En ese silencio, que es su soledad, se inclina sobre la transparencia que corre.
Y bebe, bebe hasta saciarse.
Y se moja el rostro sumergiendo un instante la cabeza, la cabeza y las manos, aliviándose del largo día.
De pronto algo cambia en las aguas, la calma se vuelve opaca y densa. El río descansa en todo el ancho del atardecer.
Y el viento se vuelve de su único color.
El invisible.
Camina ahora hacia el poblado, río abajo esquivando los arbustos enmarañados que le crecen en la costa.
Escucha en el andar solo su aliento, jadeando. Y las ramas que lo raspan.
Se pierde entre la vegetación que crece entre el barro.
Lo cubre el verde, completamente.
Hasta que aparece en un claro ante dos mujeres que desnudas se bañan, escondidas en aguas poco profundas.
Furtivas.
Al verlo, chillan como bandurrias asustadas. Chillan molestas, y juntan piedras del lecho.
Belicosas.
Alborotadas.
El muchacho sin pensarlo huye corriendo entre los yuyales, de los alaridos, y los piedrazos.
Al rato solo escucha los insultos gritados.
Y sin quererlo camina sobre una huella de animales que lo lleva al caserío.
Nuevamente lo rodea el silencio. Y el jadeo.
Ahora agitado.
No le falta mucho al día para morir. El atardecer lo fue calmando, apagando el viento.
Y la noche desde el oeste, viene untando de sombras lo que toca.
Apagando lo que brilla.
Y el hambre grita. El hambre le grita en las tripas como una espina clavada.
Decide pasar por el saladero a buscar su paga de cazón salado. Su paga prometida. No encuentra a nadie que responda sus golpes contra los portones. Da unas vueltas al galpón.
Espía entre las rendijas.
Del interior sale el olor intenso del pescado. Salándose. No espera más.
Se marcha ya entre sombras.
Sin rumbo.
Con el hambre intacto.
De un rancho vecino al saladero, sale una joven. Casi de su edad. Lo mira al pasar, fijamente. Altanera.
Se chocan los ojos rapaces.
Salvajes.
Ariscos. Buscones.
Hay dos niños con ella, a uno lo tiene en brazos.
Al otro, al que le tira de las ropas, le brilla la cara embadurnada de mocos.
Detrás.
El tizne del humo saliendo, se marca en la puerta de la guarida. Como dientes.
Perromalo volvió a mirar ya alejándose, hacia los ojos arrogantes, pero la puerta se había tragado enteras a las tres figuras.
Entre los resplandores de una fogata.
Secreta.
El muchacho avistando la noche en el fulgor del agua que corre, en la zona de la costa más poblada, se detiene frente al muelle.
Al único muelle.
Apoya la espalda junto a la ventana abierta, y gasta saliva en masticar con ruido el trozo de galleta que le queda en el bolsillo.
De a pedazos.
La noche en el río es el reflejo de luces de faroles en el agua.
Traga con esfuerzo. La última galleta seca.
Apoya la espalda, la nuca engorrada, y la suela de su bota en la pared de ladrillos del hotel.
Y come.
Junto a la ventana del salón comedor del hotel. Envidiando el olor que viene de adentro.
El hotel de Aguirre, que enfrenta al río a unos pocos pasos.
Entreverada entre los palos del muelle, la marea se mueve en un ir y venir inquieto.
Indeciso.
Juntando ramas caídas, pajuelas y palitos secos.
Dejando cuando se va, una traza de resaca en la orilla. La marca de que hasta allí llegó.
Perromalo mastica la galleta haciéndola durar en la boca. Y la traga con paciencia, y todo el tiempo del mundo.
Dos perros entran en la negrura del agua jugando a morderse, a pelear, sin hacerse daño.
Se escucha el chapoteo y los ladridos.
Como un eco.
Luchan entre el barro y vuelven a la orilla persiguiéndose, y se pierden entre las sombras de la arboleda.
Se alejan.
Los ladridos van desapareciendo en la oscuridad.
Perromalo mastica hasta no quedarle nada del pan seco en la boca. Aunque lo busque con la lengua.
Lo distraen voces que en aumento se fueron transformando casi en gritos. Salen del interior del comedor.
El tono es de enojo. Se altera el murmullo habitual, cotidiano, del salón en el horario de la cena.
Pobladas casi todas las mesas. Mas iluminadas por faroles que cuelgan sobre ellas, que el resto del ambiente.
Las cabezas giran, los ojos miran descarados. Sorprendidos.
A los dos hombre que discuten los separa apenas unos centímetros del aire del bar, y la copa en las manos.
El aire cargado del bar junto a las mesas.
Parroquianos que se hospedan en el hotel dejan por un momento de comer.
Quienes se acaloran hablando son extranjeros. De aspecto y de palabra. Se insultan en español que mezclan con sus lenguas.
En el billar algo alejado, se alarga la ceremonia de untar con tiza la punta de suela del taco, mirando de reojo.
Tratando de escuchar.
Un morocho con una cicatriz que le deforma siniestramente la cara, corre una cuenta del marcador con la punta del dedo.
Agregando una carambola, sin dejar de observar.
Junto al hombre mas bajo, el de piel aceitunada y poblado bigote. De apariencia árabe.
Hay una mujer joven.
Visten con una elegancia que contrasta con el lugar. Esperan el vapor que los devuelva a Buenos Aires.
La dama ríe burlona, y se apoya en el brazo del hombre que insulta. Provocador.
Su risa rebota en el ambiente, ahora casi en silencio. Su risa teatral, irónica, suena junto a la cara del hombre de barba rubia, que escucha en silencio.
Con la copa en la mano, a medio tomar.
El inglés en suave gesto, estudiado, apoya la copa en la barra. Aun con restos de vino. Dejando libres sus manos. La piel de la cara y el cuello, entre la barba, se le torna colorada.
De indignación.
La cara del inglés imita el color del colodrillo de los pavos. Larga aire por la nariz ruidosamente, casi resopla.
- Nadie me trata de esa manera ...! – Se escucha, entre comensales que se contienen de respirar.
La mujer en el espacio de silencio que dejo entre los presentes la amenaza, volvió a reír, sonoramente. Un alarido histérico.
El viajero ingles no toleró la burla.
Resopló ahora, con fuerza.
Un tono de furia se le colgó en los ojos.
Y.
El cachetazo, a mano abierta, en la cara de la dama sonó como una rama seca que se quiebra. Atravesó el salón, entre las mesas. Azotó el silencio obtenido de palabra, y rebotó junto a la mesa de billar, y salió por las ventanas del hotel.
Y cruzó la calle embarrada, pisoteada por los carros, esquivó los troncos gruesos de los sauces junto al río, y rebotando sobre el agua llegó hasta la otra costa, que dormía.
El árabe pálido, sin hacer un movimiento se sostuvo de la barra. Descompuesto.
Perromalo, a través de la ventana abierta de par en par por el calor de la noche, observó como dos comensales solícitos, muy caballeros. Sacaban a la dama en cuestión del interior del mantel que colgaba hasta el suelo en una de las mesas.
La sentaban con deferencia exagerada, entre sus lagrimas, y alaridos de dolor.
Desalineada la dama, revuelto el peinado. Se cubría, buscando alivio, con ambas palmas de sus manos, el perfil impactado.
El inglés desafiando, salió del salón sin mirar hacia el gentío que se había amontonado entorno de la pareja bien vestida.
Por la puerta principal también abierta, buscó la calle. En la calle pasó junto al muchacho apoyado en la pared, sin verlo.
El árabe lo sigue con los ojos, encendidos, brillando más que el reflejo de los faroles en las botellas acomodadas una junto a otra del bar.
Excesivamente abiertos.
Los bigotes en su mueca, ahora parecen proclamar una falsa ferocidad. Una mentira. Al rostro lo vulnera un gesto de odio.
Pero sigue mudo.
El muchacho mirando el río entre la noche y al inglés que se pierde en las sombras, se agacha y luego se sienta en la vereda de ladrillos.
Sabe que a él no le es posible volver.
El solo va.
El no sabe de donde viene. Es como un cachorro perdido, sarnoso y muerto de hambre que todos apedrean. Y cuando se le acerca una mano amiga solo atina a morderla.
Ahora en la oscuridad, en el sereno, le caen encima las estrellas. Se duerme acurrucado en el reparo de la vereda.
Y le bajan sobre los párpados chaparrones de astros remotos, y de sombras.
Y la jornada avanza en sueños.
Y en cortos ladridos de perros lejanos.
Aquella noche, Perromalo soñó con el halcón. Y con su vuelo imposible.
Majestuoso señor de los aires, clavado en el cielo.
Colgado en la nada.
Y en el sueño, desde lo alto, sostenido en la brisa, vio desde los ojos del ave una senda que se apartaba del río.
Buscando el desierto.
El sol lo arponeó con las primeras luces, y sobre el agua entre los vapores del río, que junta la mañana, pudo ver las pupilas cuadradas de las ventanas del poblado de La Merced, que aparecían lentamente en la costa opuesta.
Decidió cruzar.
El cielo al rato, estaba brillante y despejado, aunque en el horizonte hacia el sur se amontonaban las nubes.
El botero, hombrecito charlatán y exótico, le permitió subir a la embarcación a remos que lo dejó entre juncales y barro.
Del otro lado del río.
Caminó sin rumbo entre el caserío.
Las viviendas de adobe tenían la marca de las crecientes acuñada en las paredes. Trazas marrones una sobre la otra, que se empalman con el mismo color de las calles.
De entre los árboles sale un carro que se entierra en los huellones, dejados por el ir y venir de los quinteros, en la greda. El carro se entierra, y se hamaca, hacia un lado y hacia el otro, llevando canastos que se sostienen y explotan, rojos, de tomates.
Quien lo guía pita un cigarrito armado, que aprieta en los labios, y putea al pingo que también se empantana. Y grita.
Desde el pescante.
Al rato.
De pasar el carro, pasó un cura. Pasó una bandada de torcazas, rápidas como flechas. Que después, paran todas juntas en un sauce, desapareciendo.
Luego, pasó una semana.
Pasó el hambre, y volvió.
Perromalo descubrió la iglesia, y que en la iglesia, en los fondos, los curas daban de comer a otros como él.
Tan miserables. Y ahí se refugió en las noches, y se llenó la panza.
Y lo atrapó una tarde la imagen en yeso de un hombre casi desnudo, clavado a unos palos cruzados. Sangrando, en las manos y los pies. Y en la frente, donde lo herían las espinas de una corona.
Lo atrapó la imagen, apenas iluminada por velas encendidas. En las penumbras.
Y le quedó grabada, en sus ojos de halcón.
Y volvió cada noche, a la construcción inconclusa de la iglesia. Enorme, con dos torres. Frente a la plaza, con el atrio lleno de perros echados.
Que erran hambrientos, que vagan cual el recién cruzado.
Perros, y arena que trae el viento, y la deja amontonada en los reparos.
Junto a la iglesia, continua el tapial de un edificio, que ocupa los otros dos lados del paseo.
Y el muchacho sigue, por las calles esquivando los barriales.
Unos caballos atados frente a un rancho alargado, de ventanas enrejadas, mostraban una de las varias pulperias desperdigadas entre las quintas.
En los fondos, entre basurales, corrales y pisaderos de adobe, había acampado un grupo de indígenas.
Perromalo se les acercó, con cautela y con maña.
Como pidiendo plaza.
Al toldo principal.
La perrada se le vino al humo apenas detectaron su llegada. Olfateándolo con insistencia, pechándolo en espantadas y aullando, con ladridos agudos.
Como de hambre. Hasta acostumbrarse a su presencia, y a su olor. Luego rápidamente se aburrieron, y lo dejaron.
Se sentó en el suelo, a distancia prudente, como un cuzco acobardado. Y no dijo nada, esperó callado.
Nadie del grupo de indios le puso mucha atención.
Lo miraron de reojo.
Aguardó en silencio a unos pasos, cauto, observando la actividad de levantar un campamento, y juntar pertenencias.
Miró alistar la tropilla, que lo esquivó al moverse. Miró Juntar los animales desde un corral de ramas. Miró desarmar los toldos, emprolijar lazos, y arrollar las pilchas.
Supo por la forma de envolverlo entre cueros curtidos, y de velar, que transportarían un cadáver. Seguramente de un niño, por el tamaño. Lo ataron con cuidado, como en una ceremonia, al lomo de un caballo blanco.
Blanco el pingo, como nieve. Quienes lo ataron, acarician con cariño y tristeza los cueros.
No eran más de diez, entre ellos tres mujeres.
Una de ellas se mantuvo sentada, sin moverse, junto a un braserío que se esfumaba, y que en la noche anterior seguro fue fogata.
Era una anciana. El pelo blanco. Estaba cubierta por una antigua matra pampa, ya sin colores, y rotosa.
Ella lo miró. Lo contempló sin gestos.
Ella lo miró, y luego lo llamó como se llama a un cachorro, golpeando con la palma de la mano varias veces en su rodilla.
El muchacho se le acercó casi con cautela, y se sentó.
A unos pasos de la vieja, que lo miró un rato detenidamente. A los ojos.
A sus ojos penetrantes.
Luego se volvió hacia un toldo, y gritó algo indescifrable a quien parecía comandaba el grupo. Y regresó a su silencio de mirar los restos del fuego, consumiéndose.
Perromalo esperó. No sabía qué. Pero esperó.
Los indios adivinaron su rostro de hambre, y mirándose entre ellos, casi sin palabras dejaron que se les uniera. Usaban una lengua que el no entendía. Hablando muy rápido, y sonando cada palabra como una orden terminante.
Estaban por partir.
Le otorgaron cabalgadura, entre el polvo en movimiento de la salida. Un zaino bellaco y bien comido, enfrenado con un tiento trenzado.
En pelo.
Una joven, le acerca un trozo de charqui. Es potro. Semeja un cuero seco.
Y una sonrisa.
El muchacho limpia la quereza con las uñas, y masca el charqui, cuando salen del poblado hacia el desierto.
Masca y traga de poco, lo hace durar en la boca.
Entre el polvo, arriaban diez caballos y dos vacas cimarronas de cuernos largos. Algunos cargados por los vicios.
El blanco, su carga fúnebre. Va de tiro.
Perromalo se toca el cuchillo que se abulta en la caña de la bota, y mira hacia el correr del agua. Que ya no se ve.
La brisa aún casi río lo alcanza dando tumbos sobre su piel expuesta.
Oculto por lo ondulado del terreno.
Ve solo la parte más alta de los sauces de la costa. Como una línea echada que desaparece a cada vuelta de cabeza.
Luego mira largamente hacia donde ya no hay verde. Donde los ojos se pierden en la inmensidad de la distancia, y es todo igual, o más gris, o blanquean como espejos los salitrales, brillando al sol.
Hacia el sur.
Donde el monte cada vez más tupido se va arrugando en ondonadas, que caen a pique sin avisar. Y suben. Donde las bestias de golpe bajan el cogote, se encabritan, se frenan, y hay que agarrarse con fuerza de las crines para no ir a parar entre alpatacos asesinos.
Y sufrir sus espinas como puñales. Que laceran poco a poco las pobres pilchas del venido del mar, con arañazos que buscan la carne.
Desnudándolo.
Y los días pasaron. Y las lluvias, no las de agua, las lluvias de arena, borraron sus pasos.
Y después también vino el agua, y sobre las huellas cubiertas por el polvo creció nuevamente el pasto duro. Y la planicie continuaba ondulándose, y reapareciendo tras cada lomada.
Y los días fueron pasando, y cayendo sobre su cabeza. Clavándose en el pellejo. Junto con el frío, y la brisa ahora soplando desde el sur.
Helada.
Que se siente en la piel, y también se huele. Y duele respirarlo, el frío duele respirarlo de frente.
Duele en la nariz, y en la boca.
Y él estaba ya halcón sobre el desierto. Abriendo y cerrando las alas.
Cerrando las alas y mirando toda la extensión del horizonte de ese mar sin costas.
Del mar de arena y basalto.
Con sus ojos laterales.
De rapiña.
El cielo hacia el sur se cargó de nubes negras y rápidas, deformadas por el viento, y se acercó a la planicie como una mano oscura.
Gigante. Que golpea incrustando, aplastando las ultimas luces contra los matorrales.
Persiguiendo los reflejos del día.
Hasta matarlos.
Cerrando los senderos.
Dejando los ojos ciegos. Inservibles.
Amarillos.
Fue hundiendo entre la arena de la noche a la tropa penitente, que marchaba a duras penas, como sombras.
El desierto ahora, cambiando de lugar, se levantó en remolinos.
Los indios detuvieron la marcha.
Hábilmente echaron a las bestias contra el suelo a empujones, con fuerza.
Entre gritos.
Los mantenían así abrazándolos y mordiéndoles ferozmente una oreja, y los pingos se fueron aquietando con el toque mañoso de las manos, con caricias, y al cubrir con un poncho los ojos.
Al resto los manearon.
El tropel resoplaba levantando la cabeza, y pateando al aire. Hasta que poco a poco se calmaron.
Quedaron inmóviles.
Como dormidos.
Después se refugiaron de la tormenta y el frío, ocultándose contra la panza de los caballos.
Ganando su calor.
Y cubriéndose con lo que podían.
Hasta con los perros.
La vieja quedó sola entre el polvo y la oscuridad, que reventaba en ráfagas.
Acurrucada en su matra pampa, bajo un quillango de chulengos. Calla en el aire helado que la envuelve.
Calla la intemperie.
Luego, mira buscando con los ojos perdidos, y ya no calla.
La cuchillada oscura de la boca, se abre mugrienta, profunda, y escupe un grito alargado.
Monótono.
Y alza la cabeza entre la maraña blanca de sus pelos, que se mueven como una llamarada fría, y eleva también sus brazos, que escapan del cuero que la cubren.
Y desnudos se elevan, entre el aire denso de la arena que vuela, buscando tocar la noche, sobre ella.
Perromalo parado, solo, entre la noche que le golpeaba en la cara ahogándolo, al reparo del matungo, le temía al desierto.
Podía sentir que una vez fue barca, que voló sobre aguas verdes, transparentes, y que ella misma, la barca de su cuerpo, lo trasladó a este olvido.
Temía.
Al desierto, y al futuro que trataba de ver con sus ojos de halcón entre la ventisca.
Temía por saber que allí, en el tiempo por venir, en el futuro.
Entre otras cosas.
Está la muerte.
El viento y la tierra, es la máscara que usa el desierto para ocultar a sus habitantes.
Tehuelches.
Y decir que no existen.
Entre la tierra salen. Encarnados en lagartos, con la mirada indiferente del zorro.
Y el andar incansable, y furtivo del puma.
Entre la tierra vuelven.
Casi desnudos, cubiertos por cueros de animales. Caminan flotando. Callan, o hablan callando.
Usando un murmullo.
Ellos han sabido refugiarse ahí, en el sigilo, y de allí salen mimetizados con el monte.
Salen, y vuelven.
Son hijos del día.
Están hechos de arena.
Ahora Perromalo, el viajero acarreado por el agua. Bajo el cielo de la noche, en la tormenta, ya es parte del desierto.
Aquella noche hubo desvelo de perros entre las penumbras, ruido de animales que se alejan aturdiendo el suelo con galopes. Tropezando.
Espantados.
Relinchos, y voces apagadas, que el viento lleva y trae.
Indescifrables.
No hubo luna, y un color plomizo pintó el desierto cuando en el cielo empezó a clarear.
Y en las luces del día se fue perdiendo la tormenta, hasta no ser más que un mal sueño.
Que duró lo que duran las tinieblas.
Perromalo estaba echado sobre un cuero, simulando dormir. No podía entregarse plenamente al cansancio.
Algo lo alejaba hacia la vigilia, pero el cuerpo descansó de la montura. Y el silencio fue útil para mantenerse alerta, aún con los ojos cerrados.
No podía estirar las piernas. Sentía aún, el caballo moverse entre ellas, como si cabalgara.
Como un tajo.
Sintió una racha helada en la mano. El arañazo de una hoja de faca, y algo entrar bajo el cuero que lo embolsaba. Veloz.
Lagartija.
Pensó, sin abrir los ojos. Y la sintió avanzar.
Le caminó en la piel del brazo, y el pequeño látigo gélido se quedó en el calor del sobaco.
No se movió, hasta que dejo de sentirlo.
Luego el sueño le apareció secretamente. Inevitable. Invadiéndolo.
Y el sol calentando entibió su cobijo.
Y el día remó, avanzando.
Hasta que lo despertó la vieja, con su sola presencia, y dio un respingo cuando encontró su rostro observándolo tan cerca del suyo.
Clavándole los ojos ensombrecidos, que en el centro los cubría una mancha blanca.
Como leche derramada en el agua.
Los indios se habían marchado entre las sombras y el amanecer. Llevando los animales.
Estaba solo con la anciana, y el cuerpo pequeño sin vida, envuelto en trapos y cueros.
Ahora cubierto por piedras y arena, y terrones de sal, al reparo de una barda.
Entre los molles lo había enterrado la machi.
Y junto a la tumba, en las matas había atado trozos de hilos de colores, y greñas blancas de lana de guanaco.
Pelo de chivos.
Y crenchas humanas.
Estaban sin caballos. Solos en la planicie.
Un galgo lo miraba indiferente, con la lengua afuera.
De flaco casi transparente.
Jadeando. Legañoso.
Y ahí el muchacho también se dio cuenta que la mujer casi no veía, al verla tropezar con los restos de un fuego.
Con la torpeza de los ciegos.
Los calambres de dormir acurrucado se le fueron ablandando al pararse, y en la garganta la sed apareció como un gusto ardiente.
Que lo fue abrasando, cuando tragó la saliva que la noche le juntó en la boca.
Chenque..., menuco...!
Gritó la vieja, sentada en el suelo. Tenía el abdomen horriblemente hinchado.
Como un sapo al sol.
Apenas se movía. Su cuerpo vulnerado por la suma de miserias se secaba sin vueltas. Como un fruto arrancado de una rama, y luego olvidado sobre la arena caliente.
Su piel era un cuero pálido, ya del color del salitre.
Un cuero seco.
Olvidado.
Caminó.
La sed lo hizo ponerse en marcha. Siguió el viraje de enfrentar el viento, al sentirlo fresco en la cara.
Caminó hasta dar con un zanjón que acumulaba barro secándose, y restos de agua. Pisoteado por las bestias. Era un barrial con charquitos de agua espesa.
Bebío lo más que pudo. Escupiendo la tierra que le queda entre los dientes.
Gualichoooo...!
Le escuchó gritar a la vieja nuevamente. Un alarido desgarrador. Pero al mirar hacia atrás ya la había perdido entre el monte cerrado.
Se la comieron los matorrales.
Ya no era nada.
Solo un grito que se apagaba.
Lejano.
Que se confundía con el silencio. Hasta no saber si el quejido aún persistía, o eran los piquillines moviéndose. Arañándose entre ellos.
Vivos.
Miró en sol justo sobre su cabeza. Entre nubes grises. Y siguió un sendero sin huellas frescas.
Otra vez buscando en río.
El perro lo siguió un trecho de lejos, acercando el hocico puntiagudo a la arena.
Luego se volvió.
Como sin rumbo.

(2004)